El carretero venía ya hacia ella, empalmada la navaja.
Agarrar el moño, un corte al sesgo y, ¡zas!, se vería lo que quedaba del peinado insolente, insultador para las otras muchachas.
Emilia Pardo Bazán
Ya le atraparía en el fondo de la mina, por revueltas oscuras, y allí, sin más arma, sin
agarrar un cacho de pizarra siquiera, con los puños...
Emilia Pardo Bazán
¡Cómo el que bebe y no goza está loco, cuando se puede levantar esto y agarrar un pecho y el dispuesto prado tocar con las dos manos, y danzar olvidando desgracias!
Qué haría, cuánto he hecho y lo que me espera hacer para adueñarme al fin de esta fatídica palabra. Entre los griegos, el destino es una cosa intangible. Algo que no se puede agarrar. Los griegos tenían razón.
Por lo que veo, una de las reglas parece ser la de que cada vez que un caballero golpea al otro lo derriba de su caballo; pero si no le da, el que cae es él..., y parece que otra de esas reglas es que han de agarrar sus mazas con ambos brazos, como lo hacen los títeres del guiñol..., ¡y vaya ruido que arman al caer: como si fueran todos los hierros de la chimenea cayendo sobre el guardafuegos!
Y nos han contado como los persigue la policía, como hay un crimen y en lugar de agarrar a los responsables que son los gobernantes los apañan a ellos, y hay que mocharse con la tira para que no la metan a la cárcel, para que no los golpeen más, para que no los violen, para que no los traten como si fueran animales apestosos.
¿Por qué es necesario que Laura, Ana María, Irma, Elisa, Silvia y tantas y tantas mujeres indígenas hayan tenido que agarrar un arma, hacerse soldados, en lugar de hacerse doctoras, licenciadas, ingenieros, maestras?
Se dice que habiendo raptado a una joven chica de una noble familia de los alrededores (la familia vive aún en el país), la hizo agarrar por los cabellos y la dejó morir lentamente de agonía, para castigarla por su resistencia.
-¡Coger brujas -me dijo una vez- es de lo más fácil! ¡Nu'es más qui
agarrar un puñao de mostaza y regala por toíto el cuarto: a la noche viene la vagamunda!
Tomás Carrasquilla
Él, que era alto, sentado, con una pierna cruzada sobre la otra, enseñando la lengüeta de la bota, y ella, que era bajita, de pie a su lado y apoyando la mano, una mano fina que no parecía hecha para agarrar, sino para posarse como paloma, en el hombro de su marido.
Que mis hijos y mis nietos se vean en este estao. ¿Ahora se acuerdan? Está bien. Hay que agarrar no más... Vale más tarde que nunca, ¿no le parece?... COMISARIO.
Me entregó un gran trasero asqueroso cuya piel parecía pergamino; había que amasárselo, manoseárselo, apretárselo con todas las fuerzas, pero cuando llegué al agujero nada le parecía bastante violento; había que agarrar los pellejos de aquella parte, frotarlos, pellizcarlos, agitarlos fuertemente entre mis dedos, y sólo con la energía de la operación derramaba su semen.