Saint John Perse - Anábasis
Saint John Perse - Anábasis
Saint John Perse - Anábasis
Un potro nacía bajo las hojas de bronce. Un hombre puso bayas amargas en nuestras
manos. Extranjero. Que pasaba. Y he aquí que llegan rumores de otras provincias; a mi
gusto... «Yo te saludo, hija mía, bajo el mayor de los árboles del año.»
Pues el sol entra en León, y el extranjero puso el dedo en la boca de los muertos.
Extranjera. Que reía. Y nos habla de una hierba. ¡Ah, cuántos vientos en las
provincias! ¡Cuánta facilidad en nuestras rutas, que me deleita la trompeta y la ágil
pluma en el escándalo del ala! «Alma mía, niña grande, tenías maneras que no eran
nuestras.»
Un potro nació bajo las hojas de bronce. Un hombre puso bayas amargas en
nuestras manos. Extranjero. Que pasaba. Y he aquí gran ruido en un árbol de
bronce. ¡Betún y rosas, don del canto! ¡Truenos y flautas en las alcobas! ¡Ah,
cuánta facilidad en nuestras rutas! ¡Ah, qué de historias en un año! ¡Y el
extranjero, a sus anchas por los caminos de la tierra!...
Estableciéndome con honor, durante tres grandes estaciones, yo auguro la bondad del
suelo donde he fundado mi ley.
Las armas y el mar son bellas de mañana. La tierra sin almendras, entregada a
nuestros caballos, nos ofrece este cielo incorruptible. Y al sol no se le nombra pero su
fuerza reina entre nosotros y el mar en la mañana, como una presunción del espíritu.
¡En el punto sensible de mi frente, donde el poema se establece, inscribo este canto de
todo un pueblo, el más ebrio de todos, en los talleres donde se construyen carenas in-
mortales!
II
En los países frecuentados hay los silencios más hondos, en los países
frecuentados por los grillos a mediodía.
Saltamos sobre el traje de su Hija, todo de encaje, con dos cintas de color vivo.
(¡Ah, la lengua del lagarto, qué bien sabe atrapar las hormigas en el lugar de las
axilas!)
Y quizá aún no haya terminado el día, cuando ya el hombre arda en deseos
por la mujer y por su hija.
III
¡Vamos, Sol, nos has dejado perplejos! ¡Tales mentiras nos has dicho!...
Provocador de pleitos, de discordias, nutrido de insultos y de escándalos, ¡oh
Contradecidor! ¡Haz estallar la almendra de mi ojo! Mi corazón pía de gozo bajo
la magnificencia de la cal; el pájaro canta: «¡Oh, ancianidad...!»; los ríos en sus
lechos, como gritos de mujeres, y este mundo es más bello que una piel de carnero
teñida de rojo.
¡Ah, más amplia es la historia de estas ramas sobre nuestros muros, y el agua más pura
que en sueños; gracias, gracias le sean dadas por no ser sólo un sueño! ¡Mi alma está
llena de engaño, como el mar ágil y fuerte, bajo la vocación de la elocuencia! El olor
penetrante me circunda. Y la duda se alza sobre la realidad de las cosas. ¡ Pero si un
hombre gusta de su propia tristeza, que se le exponga en el día, y mi consejo es que se
le mate, porque si no habrá una rebelión)
«Trazad las rutas por donde parta la gente de todas las razas, mostrando ese color
amarillo del talón: los príncipes, los ministros, los capitanes de voz amigdalina; los
que han hecho grandes cosas y los que ven en sueños esto o aquéllo... El sacerdote
ha presentado sus leyes contra el deseo de las mujeres por las bestias. El gramático
elige el sitio para sus discusiones al aire libre. El sastre cuelga de un añoso árbol
un traje nuevo de bello terciopelo. Y el hombre enfermo de gonorrea lava su ropa
en el agua pura. Se arroja al fuego la silla del enclenque y el olor llega hasta el
remero que está en su banco, y le resulta deleitable».
el orín y la sal de la tierra, son tratados como el zurrón del grano dado a los pájaros.
Y mi alma, mi alma vela ruidosamente ante las puertas de la muerte. Pero decid al
Príncipe que calle: tendido en el extremo de la lanza, en medio de nosotros, este
cráneo de caballo!
IV
Así marchan las cosas y tengo a bien decirlo. Fundación de la ciudad. Piedra y
bronce. Los fuegos de espinos en el alma desnudaban esas enormes
piedras verdes y aceitosas como pavimentos de templos, de letrinas;
y el navegante en el mar, atraído por nuestras humaredas, vio que la tierra había
cambiado de imagen, aun en las alturas (grandes quemazones de hierba, vistas de
mar adentro, y esos trabajos de captación de aguas vivas en la montaña).
Así fue fundada la ciudad, y puesta a la mañana bajo las labiales de un nombre
puro. ¡Los campamentos se pierden de las colinas! Y nosotros, que estamos
allá, en las galerías de madera, la cabeza descubierta y los pies desnudos en el
frescor del mundo,
¿de qué tenemos que reírnos, pero de qué tenemos que reírnos, en nuestro sitio,
por el desembarco de mujeres y mulas?
¿Y qué decir desde el alba de toda esa gente que viene a velas desplegadas?
¡Llegada de harinas!... Y los navíos, más altos que Ilion bajo el pavo real
blanco del cielo, habiendo franqueado la barra, se detienen
en ese punto muerto donde flota un asno muerto. (Se trata de juzgar a ese río
pálido, sin destino, de color de saltamonte aplastado en su savia.)
¡En el fresco estrépito de la otra orilla, los herreros son maestros de sus fuegos! Los
chasquidos del látigo descargan en las nuevas calles, carradas de males en potencia.
¡Oh, mulas, nuestra tiniebla bajo el sable de cobre! Cuatro cabezas reacias al nudo del
puño, forman un vivo corimbo en el azul. Los fundadores de asilos se detienen bajo un
árbol y comienzan a pensar en la elección de los terrenos. Me enseñan el sentido y
objeto de las construcciones: frente ornado, frente liso; galerías de laterita, vestíbulo
de piedra negra y piscina de clara sombra para las bibliotecas; construcciones muy
frescas para los productos farmacéuticos. Y luego llegan los banque-
ros que silban en sus llaves. Y ya por las calles un hombre cantaba solo; y de esos
que peinan en su frente la cifra de sus dioses. (¡Eterno crepitar de insectos en ese
barrio de detritos!)
...Y no es este el lugar para contaros nuestra alianza con la gente de la otra orilla;
agua ofrecida en odres; préstamo de caballos para los trabajos del puerto y los
príncipes pagados en moneda de peces. (Una niña, triste como la muerte de los monos,
hermana mayor de gran hermosura, nos ofrecía una codorniz en un zapato de satín
rosa.)
...¡Soledad! Huevo azul que pone un gran pájaro marino, y las bayas en la mañana,
henchidas de limones de oro...! ¡Fue ayer! ¡El pájaro voló!
Mañana las fiestas, los gritos, las avenidas plantadas de árboles de vaina y los
encargados de la limpieza de las calles, arrastrando a la aurora grandes pedazos
de palmas muertas, restos de alas gigantes... Mañana las fiestas, la elección de
magistrados del puerto, los ejercicios de vocalización en los suburbios, y bajo la
tibia incubación de la tormenta,
la ciudad amarilla con un casco de sombra, con sus calzones de muchachas en
las ventanas.
...En la tercera luna, los que velaban en las crestas de las colinas levantaron
sus tiendas.
V
Para mi alma, mezclada a problemas lejanos, cien fuegos de ciudades avivados por el
ladrar de perros...
«No he dicho a nadie que espere... Os odio a todos, con dulzura... Y ¿qué decir del
canto que sacáis de nosotros?»
Duque de un pueblo de imágenes que hay que conducir a los Mares Muertos. ¿Dónde
encontrar el agua nocturna que lavará nuestros ojos?
Los Reyes Confederados del cielo desatan la guerra sobre mi tejado y, dueños de las
alturas, establecen allí su campamento.
¡Que yo sólo vaya con las brisas nocturnas, entre los príncipes panfletarios, en
medio de la lluvia de las Biélides!...
¡Alma unida en silencio al betún de los muertos! ¡Nuestros párpados cosidos con
agujas! ¡Loada sea la espera bajo nuestras pestañas!
¡La noche da su leche, debéis estar alertas! Y que un dedo de miel recorra los
labios del pródigo: «...Fruto de mujer, Oh mujer de Saba...!
Traicionando el alma menos sobria y asaltado por las puras pestilencias nocturnas,
me opondré en pensamiento a la actividad del sueño; iré con las ocas salvajes en el
indefinido olor de la mañana...!
—Ah!..., cuando la estrella anochecía en la barriada de los sirvientes, ¿sabíamos
ya que tantas nuevas lanzas
perseguían en el desierto los silicatos del Verano? «Aurora tú contabas...»
¡Abluciones en las orillas de los mares muertos!
Los que han dormido desnudos en la estación inmensa en masa sobre la tierra —
se levantan en masas y gritan ¡que este mundo está insano!... El anciano par-
padea en la luz amarilla; la mujer despereza, tirándose los dedos;
y el potro pringoso mete el hocico peludo en la mano del niño, que aún no piensa en
pincharle un ojo...
VI
Abundancia y bienestar, ¡Felicidad! También, por largo tiempo, nuestros vasos en los
que el hielo podía cantar como Memmon...
Vino después un año de vientos del oeste, y en nuestros techos asegurados con piedras
negras, toda una teoría de Telas vivas entregadas a la delicia del viento marino. Los
caballeros a lo largo de los cabos, atacados por águilas luminosas, nutriendo con las
lanzas las catástrofes puras del buen tiempo, publican una crónica ardiente, acerca de
los mares...
¡En verdad, una historia para hombres, canto de fuerza para hombres, como el
vibrar del viento del mar en un árbol de hierro...! ...Leyes promulgadas en otras
riberas, y alianzas logradas por mujeres, en el seno de pueblos disolutos; grandes
países vendidos en almonedas bajo la inflación solar; las altas mesetas pacificadas y
las provincias puestas en venta, en el olor solemne de las rosas...
Aquellos que al nacer no han sentido esa brasa ¿qué hacen entre nosotros?
¿Acaso es posible que tengan algún comercio con los vivos?
«Es asunto vuestro, no mío, el dominar la ausencia...» Para los que estábamos allá,
provocábamos en las fronteras accidentes extraordinarios y llevábamos la acción
hasta el límite de nuestras fuerzas; nuestros goces con vosotros fue un goce
verdadero...
«Conozco esa raza establecida en las laderas... Jinetes sin caballos, de labores
agrícolas.
bre logrado como uva en la vid... Acudid a decirles claramente: nuestros hábitos de
violencia, nuestros caballos sobrios y veloces sobre la semilla de la rebelión, nuestros
cascos rozados por el furor del día... En los países agotados en los que hay que
cambiar las costumbres y organizar tantas familias como redada de pájaros silbadores
nos reconoceréis por nuestro modo de actuar: juntadores de pueblos bajo vastos
cobertizos; lectores de bulas en alta voz, y bajo el imperio de nuestra ley veinte pueblos
que hablan todas las lenguas...
«Y ya conocéis la historia de sus gustos: los capitanes pobres en rutas inmortales; los
notables llegando en grupos a saludarnos; toda la población viril del año con sus
dioses sobre unos palos, y los príncipes destronados en las arenas del norte, con sus
hijas reiterándonos su acatamiento, y el Amo que dice: yo tengo fe en mi suerte...
«O si no les contaréis las cosas de la paz: en los países enfermos de bienestar, olor de
foro y de mujeres núbiles, monedas amarillas, timbre puro, manoseadas bajo las
palmeras, y los pueblos que caminan sobre fuertes especies —dotaciones militares,
gran tráfico de influencias a través de las fronteras, el homenaje de un poderoso vecino
sentado
a la sombra de sus hijas y los mensajes cambiados en laminillas de oro, los tratados de
amistad y límites, los acuerdos entre pueblos para la construcción de diques de riberas
y los tributos recaudados en los países entusiastas! (Construcción de cisternas, de
granjas, edificas para la caballería —los embaldosados de un azul intenso y los
caminos de ladrillo rosa —el amplio despliegue de telas, los dulces de rosas con miel
y el potro nacido en los bagajes del ejército —el amplio despliegue de telas y en el
cristal de nuestros sueños, el mar que oxida las espadas; y una noche, el descenso en
las provincias marítimas, hacia nuestras tierras de ocio y hacia nuestras doncellas
perfumadas que apaciguarán de un soplo esos tejidos...) »
VII
El verano, más vasto que el imperio, cuelga en las mesas del espacio varias
graduaciones de climas.
La tierra vasta, en su superficie, hace girar repleta su pálida brasa bajo las cenizas.
Color de azufre, de miel, color de cosas inmortales, toda la tierra con pastizales se
incendia con la paja del invierno anterior —y de la esponja verde de un solo árbol, el
cielo saca su jugo violeta.
¡Lugar de rocas de mica! No hay ni un solo grano puro en las barbas del viento. Y la
luz es como aceite. Desde la hendidura de los párpados, me uno al filo de las cimas;
cede la piedra con manchas extrañas que semejan branquias y de los enjambres de
silencio en las colmenas de luz; y mi corazón se preocupa por una familia de
acridios...
Camellos quietos en la esquila, llenos de cicatrices
malvas, que las colinas avancen bajo los
bienes del cielo agrario —que caminen en silencio
sobre las pálidas incandescencias de las llanuras,
y se arrodillen finalmente en la humareda
de los sueños, allí donde los pueblos se extinguen
entre el polvo muerto de la tierra.
Esas son las grandes líneas calmas que se hunden en el azul de los viñedos
improbables. En más de un sitio la tierra madura el violeta de las tormentas, y
esas humaredas de arena que se elevan en los cauces de los ríos muertos cual
colgajos de siglos en viaje…
En voz más baja para los muertos, en voz más baja en el día. Tanta dulzura del
corazón del hombre ¿es posible que no logre encontrar su
medida?
Al oriente de un cielo tan pálido como un lugar sagrado sellado con la ropa
de un ciego,
calmas nubes se forman, en las que giran los cánceres del alcanfor y el cuerno...
¡Humaredas que un viento nos disputa...! ¡Toda la tierra espera con su barba de
insectos, la tierra concibe maravillas!
Y a mediodía, cuando el enebro hace estallar
los simientos de las tumbas, el hombre cierra los párpados y refresca su nuca en las
edades. Cabalgata de sueños en vez de polvos muertos. ¡Oh vanas rutas que despeina
un viento que llega hasta nosotros! ¿Dónde encontrar, dónde encontrar los guerreros
que cuidarán los ríos en sus bodas?
Al rumor de las crecientes que invaden la tierra, toda la sal terrestre se estremece
en los sueños.
VIII
Leyes sobre la venta de los jumentos. Leyes errantes. También nosotros. (Color de
hombres.) Acompañábamos las altas trombas en viaje, clépsidras en marcha sobre la
tierra, y los chubascos solemnes de sustancia maravillosa, entretejida de polvo e
insectos, perseguían a nuestro pueblo en las arenas, como un impuesto de capitación.
(¡De acuerdo con nuestros corazones fue consumida la ausencia!)
No es que la etapa fuera estéril: al paso de los animales sin acoplamiento (nuestros
caballos puros ante los ojos de los mayores), muchas cosas fueron realizadas en las
tinieblas del espíritu —muchas cosas agradables en las fronteras del espíritu —
grandes historias de seleucidas en el silbido de las Frondas, y la tierra entregada a las
explicaciones...
Otra cosa: esas sombras —las prevaricaciones del cielo contra la tierra... ¿Jinetes
entre tales familias humanas, donde el odio cantaba a veces como un abejaruco,
levantaremos el látigo sobre las castradas palabras de la dicha? —Hombre,
calcula tu peso en trigo.
«....Te anuncio épocas de gran calor y viudas que gritan la desaparición de sus
muertos.
Los que envejecen en la práctica y culto del silencio sentados en las alturas contemplan
las arenas y la exaltación de la luz en las radas foráneas; mas el placer renace en el
flanco de las mujeres, y en nuestros cuerpos de mujer hay como un fermentar de negras
uvas y no hay tregua con nosotras» «...Te anuncio tiempos de gran bonanza y felicidad
de hojas en nuestros sueños.
Los que conocen las fuentes están con nosotros en este exilio; los que conocen las
fuentes quizás nos digan a la noche
qué manos exprimirán la viña de nuestros flancos y llenarán nuestros cuerpos de
saliva?
(Y la mujer se acuesta con el hombre sobre la yerba; se levanta, ordena las líneas
de su cuerpo y el grillo vuela con su ala azul)».
sobre el techo de su casa, quien hace en el suelo un lecho de hojas aromáticas, quien se
acuesta y reposa, quien piensa en los diseños de cerámica verde para los estanques de
aguas vivas; y el que ha hecho grandes viajes y sueña con partir nuevamente; el que ha
vivido en país de grandes
lluvias; el que juega a los dados, a la taba y al cubilete, o el que ha extendido en el
suelo sus tablas de cálculo; el que tiene ideas personales sobre el uso de una
calabaza, el que arrastra un águila muerta, con una carga de ramas sobre la huella
de sus pasos (y la pluma se regala, no se vende, para guarnecer de plumas a las
flechas) el que recolecta el polen en una vasija de madera (y mi goce, dice, está en
ese color amarillo); el que come buñuelos, gusanos de palmas y frambuesas; el que le
agrada el sabor del estragón; el que sueña con un pimiento, o sino aun el que mastica
una resina fósil, el que acerca un caracol al oído; el que espía el perfume de un genio
en las grietas recientes de la piedra; el que piensa en un cuerpo de mujer, hombre
libidinoso; el que ve su alma en el reflejo de una hoja de espada; el hombre versado
en ciencias, en onomástica, el hombre que tiene influencia en los consejos, el que
nombra las fuentes, el que ofrece sitiales
bajo los árboles y lanas teñidas para los sabios, y en las encrucijadas hace colocar
grandes vasos de bronce para calmar la sed; mejor, el que nada hace; tal hombre y
el que tiene sus hábitos ¡y tantos otros más! Los cazadores de codornices en los
repliegues del terreno; los que recogen en los matorrales los huevos salpicados de
verdes, los que descienden de su caballo para recoger cosas, ágatas, una piedra de
color azul pálido que se talla a la entrada de los barrios
(En forma de estuche, de tabaqueras y broche,
o de bolas
para que los paralíticos las hagan girar entre
los dedos); los que silbando pintan al aire libre
pequeños cofres; el hombre del bastón de marfil,
el hombre de la silla de paja de palma,
el ermitaño adornado con manos de mujer y el guerrero
licenciado que ha clavado su lanza en el umbral
para atar en ella a un mono... ¡Ah! todo género
de hombres, con sus usos y costumbres y de
repente, con su ropaje nocturnal, aparece el Decidor
de Cuentos, que supera todo problema de
preeminencia y se coloca al pie del terebinto...
¡Oh, genealogista del lugar! ¿Cuántas historias de familias y filiaciones hay? — Y que
el
muerto domine al vivo, como está escrito en las tablas del legista, si no he visto
todas las cosas
Pero, sobre las acciones de los hombres en la tierra, muchos signos en viaje,
muchas semillas viajando y bajo el pan ácimo del buen tiempo en un gran soplo de
la tierra, toda la pluma de las mieses...!
hasta que llegue la hora del crepúsculo, en que la estrella femenina, cosa
pura, apostada en las alturas del cielo...
Tierra arable del sueño. ¿Quién habla de construir? He visto la tierra distribuida en
vastos espacios y mi pensamiento no está lejos del navegante.
CANCIÓN
Mi caballo detenido bajo el árbol lleno de tórtolas, doy un silbido tan puro que no hay
promesas de riberas que cumplan esos ríos. (Las hojas vivientes en la mañana son
imagen de la gloria.)
Mi caballo detenido bajo el árbol que arrulla, doy un silbido aun más puro... Y paz
para aquéllos que van a morir y no han visto ese día. Pero se han tenido noticias de mi
hermano el poeta. Escribió nuevamente algo muy dulce. Y algunos lo han sabido...
EXILIO
Las llaves a las gentes del faro, y el astro sometido al suplicio de la rueda en la
piedra del umbral:
VIENTOS
ESCRITO EN LA PUERTA
Mi orgullo es que mi hija sea muy bella cuando mande a las negras,
mi alegría, que descubra un brazo muy blanco entre las negras gallinas;
*
Y primero le doy mi foete, mi calabaza y mi sombrero.
y el agua de mi cubeta está ahí; y oigo el agua de la fuente en la casa del agua.
ELOGIOS
¡Palmeras! Entonces
un mar más crédulo y frecuentado de invisibles partidas,
escalonado como un cielo bajo vergeles,
se atragantaba de frutos de oro, de peces violetas
y de pájaros. Entonces, perfumes más afables,
penetrando las cimas más fastuosas,
expandían ese soplo de otra edad,
y por el solo artificio del canelero del jardín de mi
padre —Oh ficciones!
glorioso de escamas y armaduras un mundo turbio
deliraba.
XVIII
O bien tengo una alianza con las piedras de azules vetas: dejadme así, vosotros,
sentado, en la amistad de mis rodillas.