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Azuela-Apunte Gaby Mena 3

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Los de abajo de Mariano Azuela ha sido calificada como una novela de la Revolución y también

como una revolución en la novela.

Ambos calificativos pueden considerarse adecuados: el texto es una especie de testimonio crítico de
algunos aspectos del proceso revolucionario mexicano y, a la vez, representa una innovación de la
estructura y el lenguaje respecto de la novelística anterior.

Los de abajo es una novela extraña y distinta para su época. Tiene personajes cuyas experiencias
son relatadas en general cronológicamente por ellos mismos o por un narrador, quien de paso
expresa sus opiniones y juicios; tiene un desarrollo -también básicamente cronológico- de tiempos
que abarcan cerca de dos años y su correspondiente desarrollo de los espacios que recorren y
ocupan los personajes.

Sin embargo, esta novela no tiene propiamente un argumento, de acuerdo con el concepto
tradicional de un texto narrativo. La transformación de los personajes no ocurre como consecuencia
de uno o más hechos específicos, ni dirigen hacia una meta conocida (por ellos mismos, por el
narrador o por el lector). Precisamente el hilo conductor del texto es el desconocimiento de esa
meta. En otras palabras, los personajes pelean una batalla tras otra, arriesgando la vida, pero no
saben por qué sus enemigos lo son ni qué ocurrirá si se logra el triunfo. Los de abajo, pues, es una
novela sobre la Revolución mexicana porque narra una parte del proceso revolucionario, y al mismo
tiempo es un cuestionamiento de ese proceso en tanto que «revolución» o cambio de
circunstancias.

Es notable que Azuela manifieste su escepticismo tan pronto, como si la derrota de Villa hubiese
representado el caos explícito que vendría después entre los distintos dirigentes, todos
supuestamente revolucionarios, y que marcaría la historia del país hasta nuestros días. En una
conferencia explicativa de su novela, el mismo Azuela se apropia de una expresión del personaje
Alberto Solís para definir la lucha revolucionaria 1:

La revolución es el huracán, y el hombre que se entrega a ella no es ya el hombre,


es la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval... (l-XVIII).

Esta imagen del proceso revolucionario que no puede ser controlado por sus participantes se
mantiene hasta el final del libro, cuando Demetrio echa una piedra al barranco y dice:

Mira esa piedra cómo ya no se para ... » (3-VI).

1
Cf. M. Azuela, «Los de abajo», conferencia dictada en El Colegio Nacional, en el Dossier del
presente volumen.
Por otra parte, es interesante señalar que, si bien Azuela ya había escrito otras novelas y
consideraba Los de abajo como un texto del mismo género, en la primera edición había añadido el
subtítulo de “Cuadros y escenas de la revolución actual”.

Eso tiene que ver con que la novela fue publicada originalmente en forma de fascículos, por lo que,
aparte de la estructura unitaria de la novela, cada capítulo consta de una pequeña narración con
principio y final y es un “cuadro” o una “escena”. Pero para la edición de 1920, el autor corrige la
primera versión, teniendo en cuenta el género de novela, y elimina partes o agrega capítulos hasta
conformar la estructura (tan matemática) de tres partes de veintiuno, catorce y siete capítulos,
respectivamente.

A partir de ello, intentaremos dilucidar en la medida de lo posible la polémica que el texto ha


suscitado desde su primera edición, respecto de su postura ideológica: Los de abajo ¿es un texto
reaccionario o revolucionario?

Trama

Demetrio Macías es el centro de la novela, personaje principal a quien se unen los demás -hombres
y mujeres-, dirigentes en la lucha y en la toma de decisiones y el punto central de la atención del
narrador, así como del lector. La novela –de temáticacircular- comienza con la separación de
Demetrio de su mujer y su hijo hacia el barranco, donde se une con sus amigos para la primera
batalla del libro. Los dos capítulos de la novela repiten, con algunas variantes que luego veremos,
estas mismas escenas para describir la última batalla de Demetrio Macías casi dos años después.

Demetrio tiene un enemigo fuerte, el cacique de la zona, don Mónico. Demetrio le ha escupido en
público y don Mónico se quiere vengar por medio de los soldados federales, acusándolo de
maderista. Así, pues, las circunstancias convierten a Demetrio en enemigo de los federales. Aquí
empieza la novela; los antecedentes se narran en un relato insertado después (1-XIII). De tal
manera, Demetrio no sabe en realidad lo que es la Revolución; sólo sabe que los federales (de
Huerta) apoyan al cacique.

Durante la primera batalla, aunque triunfa la gente de Demetrio, resultan dos muertos y Demetrio
queda herido. Esto lleva al grupo a una ranchería en donde todos los habitantes que se presentan
en primer plano son mujeres. Allí son bien recibidos, puesto que la gente de la ranchería odia a los
federales por ladrones y abusivos y depositan todas sus esperanzas en los revolucionarios.

Es también en ese momento (1-V) cuando aparece un nuevo personaje, esencial como punto de
comparación y contraste, a unirse a Demetrio Macías: Luis Cervantes. Este es un «Curro», un
muchacho que ha estudiado medicina y ha practicado periodismo, un personaje urbano de clase
media que anteriormente había sido antirrevolucionario. Este personaje al principio es el modelo del
conocimiento teórico de la Revolución, que se contrapone constantemente a la práctica de los
campesinos que luchan. Su lenguaje -como luego veremos- es absolutamente distinto, pero
también lo son sus ideas y sus actitudes frente a las circunstancias.

A partir de la aparición de Luis Cervantes, y hasta el final de la novela, se plantea lo que será el hilo
conductor del texto: el grado de conciencia de la causa de la Revolución, el motivo y la meta de las
batallas y muertes. Cervantes habla de abstracciones, mientras que el resto de los personajes lo
escuchan con admiración y total desconcierto.

_Correligionario, mi jefe ... , es decir, que persigo los mismos ideales y defiendo la
misma causa que ustedes defienden.

Demetrio sonrió:

-¿Pos cuál causa defendemos nosotros? ... (1-V).

-La revolución beneficia al pobre, al ignorante, al que toda su vida ha sido esclavo, a
los infelices que ni siquiera saben que si lo son es porque el rico convierte en oro las
lágrimas, el sudor y la sangre de los pobres.

-iBah!..., ¿y eso es como a modo de qué? ... ( ... )

-Yo he querido pelear por la causa santa de los desventurados ... (1-VII).

-( ... ) Somos elementos de un gran movimiento social que tiene que concluir por el
engrandecimiento de nuestra patria. Somos instrumentos del destino para la
reivindicación de los sagrados derechos del pueblo. No peleamos por derrocar a un
asesino miserable, sino contra la tiranía misma. Eso es lo que se llama luchar por
principios, tener ideales (1-XIII).

Luis Cervantes brindó «por el triunfo de nuestra causa, que es el triunfo sublime de
la Justicia; porque pronto veamos realizados los ideales de redención de este nuestro
pueblo sufrido y noble, y sean ahora los mismos hombres que han regado con su
propia sangre la tierra los que cosechan los frutos que legítimamente les
pertenecen». (1-XVlll).
Demetrio mismo dice: «La verdad, yo no entiendo estas políticas ... » (2-XIII), aun cuando ya es
general y debe tomar decisiones frente a las nuevas circunstancias:

-Bien, ¿y de parte de quién se va a poner?

Demetrio, muy perplejo, se llevó las manos a los cabellos y se rascó breves instantes.

-Mire, a mí no me haga preguntas, que no soy escuelante ... La aguilita que traigo en
el sombrero me la ... Bueno, pos ya sabe que no más me dice: «Demetrio, haces
esto y esto ... ¡y se acabó el cuento!» (2-XIV).

Durante la primera parte, los enemigos son claramente los federales. Pero cuando triunfan los
revolucionarios, los enemigos son los orozquistas, los carrancistas, los «catrines». Y el enemigo
cercano y permanente son los caciques.

Tiempo y espacio

La novela transcurre a lo largo de casi dos años. La primera parte narraalrededor de un año; la
segunda, alrededor de cuatro meses; la tercera, unos días.

La primera parte abarca desde alrededor de mediados de 1913 hasta la toma de Zacatecas en junio
de 1914. Pero el tiempo no está distribuido equitativamente enlos veintiún capítulos. La estructura
temporal de la novela se adecúa al subtítulo original «Cuadros y escenas de la revolución actual»,
así como la distribución en el espacio gráfico.

Cada capítulo narra un día o un pedazo de día con un episodio completo, con muy pocas
excepciones (como 1-X). Algunas veces hay una continuidad de un capítulo al siguiente, pero las
elipsis temporales y los cambios de espacio suelen aprovechar las divisiones del espacio gráfico. Así,
por ejemplo, los dos primeros capítulos duran un día y medio, el III dura unas horas que se
continúan hasta el IV, los siguientes once y medio abarcan aproximadamente tres semanas y otros
dos capítulos y medio abarcan dos días. Sin embargo, en el capítulo XII Anastasio le dice a
Cervantes que lleva ya ocho meses en la lucha. En el capítulo XV se da una elipsis temporal y en el
XVIII, cuando Demetrio y su gente llegan a Fresnillo, nos enteramos que han transcurrido dos
meses a partir del capítulo V (según le comunica Cervantes a Solís). Entre el capítulo XVIII y el XIX
de la primera parte hay otra elipsis temporal en Fresnillo, para llegar a junio de 1914 y hasta la
toma de Zacatecas (el 23 de junio).
En realidad, Pascual Orozco y su gente se levantan oficialmente el 25 de marzo de 1912 contra
Madero, porque que no había respetado el Plan de San Luis como se había comprometido a hacer;
pero Orozco es vencido a principios de junio de 1912 en Bachimba y se rinde oficialmente en
agosto del mismo año, antes de exiliarse. El desfasamiento de fechas en Los de abajo (capítulos
VIII y IX de la segunda parte, que se ubican ya en 1914) tiene una posible explicación: debido a un
acuerdo entre Zapata Y Orozco, en el norte a los zapatistas con frecuencia se les llamaba
orozquistas.

La segunda parte comienza días después -podemos suponer que todavía en junio de 1914- con la
condecoración de Demetrio como general, debido a su participación en la toma de Zacatecas desde
el cerro de la Bufa. Aparentemente están otra vez en Fresnillo. Entre los capítulos I y II no se
especifica continuidad, pero no hay más de unos días de distancia. Los capítulos II, III y IV son
continuos y después se da otra elipsis temporal; del V al VIII también hay continuidad con una
pequeña retrovisión (flashback) de un día en el VII. No se sabe cuánto tiempo hay entre las dos
partes del capítulo VIII, ni entre el VIII y el IX, ni entre X y XI. Al final de la segunda parte también
hay una elipsis temporal mientras Demetrio y sus amigos más cercanos están en Aguascalientes (la
Convención de Aguascalientes se llevó a cabo el 10de octubre de 1914).

La tercera parte de la novela comienza poco después de mayo de 1915 y abarca unos días: el
camino de la sierra, pasando por Juchipila, hasta Limón y nuevamente al barranco del principio.
Esta tercera parte, al contrario del resto de la novela tiene pocas indicaciones temporales (que
habían sido en general respecto de la hora del día), con excepción de la fecha de la carta de
Cervantes a Venancio, y los cálculos retrospectivos: hace un año de la toma de Zacatecas, hace casi
dos años que se ausentó Demetrio de su casa.

El desarrollo temporal de la novela es cronológico, y las pocas retrovisiones -los antecedentes de


los personajes relatados a Cervantes o entre sí (yo robé, yo maté)-no tienen mayor interés
estructural en este aspecto.

Pero la recurrencia espacial más importante se da en los últimos dos capítulos de la novela respecto
de los primeros tres. El penúltimo capítulo recrea el primero: Demetrio está con su mujer y su hijo y
se separa de ella para irse a luchar al barranco.

En el último capítulo, Demetrio recuerda su primera batalla estando en el mismo lugar, la misma
sierra. Sin embargo, hay una enorme diferencia espacial: en el principio de la novela, Demetrio y
sus hombres están en lo alto de la sierra y ganan la batalla contra los federales que están en el
fondo del barranco, mientras que al final muere en su última batalla -después de la muerte de sus
más queridos compañeros- con los enemigos en la cumbre de esa misma sierra. El juego de la
oposición entre arriba y abajo se presenta reiteradamente a lo largo de la novela. En aquella
primera batalla, Demetrio repite dos veces la misma orden: «A los de abajo... A los de abajo» (1-
III); en la batalla en que triunfan contra los federales (1-XVII), los revolucionarios deben pelear
desde lo alto y escalan un muro de la capilla, donde Demetrio lleva la delantera y piensa «obra de
Dios»; para lograr la defensa del cerro de la Bufa, la única manera es escalarlo para atacar desde
arriba y, a pesar de la dificultad que esto implica, Demetrio ordena: «Arriba, muchachos!...» (1-
XXI); y en la última batalla, dadas las mismas circunstancias, Demetrio ordena: “A quitarles las
alturas!” (3-VII), pero ya es demasiado tarde. Por su parte, Luis Cervantes, que entiende de
política, se refiere a los dirigentes políticos ambiciosos y «bribones» como celos de arriba» (1-XIII).
Y no hay que olvidar que la casa de Demetrio está en el fondo del cañón:

Cuando después de muchas horas de ascenso volvió los ojos, en el fondo del cañón,
cerca del río, se levantaban grandes llamaradas. Su casa ardía ... (1-1).

La circularidad de la novela se subraya con el juego conceptual que da título a la obra: celos de
abajo» son primero los federales y al final Demetrio y sus hombres; pero a lo largo de la novela,
está presente otro barranco que es la escala socioeconómica de este país: los de abajo son los
pobres que son los campesinos, los “indígenas” y los soldados -sean revolucionarios o federales-,
los que dan la vida y, sin embargo, son como “la hoja seca arrebatada por el vendaval” o como la
piedra que “ya no se para” hasta llegar al fondo (una metáfora refleja el arriba y la otra el abajo).

La novela está escrita con gran variedad de tiempos verbales: el discurso directo suele estar en
tiempo presente, salvo en los recuerdos y en las predicciones, y el indirecto suele estar en pretérito
o copretérito (aunque de pronto aparecen oraciones en presente y algunas faltas de concordancia,
que se pasaron en la corrección de la edición de 1920).

Hay otros dos aspectos importantes en lo que se refiere a la construcción temporal de la novela. En
primer lugar, dos premoniciones que determinan las acciones futuras del relato: una mañana,
después de un sueño intranquilo, Demetrio piensa “a mí me va a suceder algo” (2-X). En ese mismo
capítulo, Demetrio tiene un problema con Camila debido a un chisme de la Pintada; pero esa
premonición tan general puede aplicarse a todo el resto del relato, ya que todo lo importante se da
en el penúltimo capítulo de la novela, cuando la esposa de Demetrio le pide a éste que ya no se
vaya, porque “el corazón me avisa que ahora te va a suceder algo”; y, en efecto, Demetrio se va y
muere.

Por otra parte, Azuela utiliza mucho el recurso de los indicios (según la terminología de Barthes );
es decir, que va presentando datos en distintos contextos que parecerían no ser importantes, para
después desembocar en una conclusión que ya es inevitable. Ejemplos sencillos son el recuerdo y el
deseo de Camila por parte de Demetrio que concluye en la unión de ambos personajes, o el
altercado entre Pancracio y el Manteca a raíz de un juego de baraja (1-XII) que en el asesinato
mutuo de ellos por la misma razón (3-I). Todos los personajes, la colección de tipos y gestos que
menciona Azuela, están construidos de esa manera, con indicios dispersos a lo largo del texto. Sin
embargo, hay que uno que sobresale en este sentido: Luis Cervantes. Aparentemente, al principio
Cervantes es un “idealista”, «convencido» de los de los principios y causas de la lucha
revolucionaria; al final de la novela, Cervantes parece haberse transformado y resulta ser un
oportunista y “logrero”.

Pero si atendemos a los indicios con más detenimiento, vemos que el personaje siempre ha sido
igual, con su misma ambición, codicia y cobardía.

Independientemente de su relación con los otros personajes, Cervantes es calificado en varias


ocasiones como “pico largo” y «parlanchín». Por otra parte, el primer diálogo en que aparece (1-V)
se dirige a los rebeldes diciendo: «¿qué clase de brutos son ustedes?», y cuando se enfrenta al
1efe, tratando de ganar su buena voluntad, con ironía se anticipa su miedo:

-Yo he procurado hacerme entender, convencerlos de que soy un verdadero


correligionario…

-¿Corre ... qué? -inquirió Demetrio, tendiendo una oreja.

Nuestra deuda profunda con Azuela es que gracias a él se han podido escribir novelas modernas en
México porque él impidió que la historia revolucionaria, a pesar de sus enormes esfuerzos en ese
sentido, se nos impusiera totalmente como celebración épica. El hogar que abandonamos fue
destruido y nos falta construir uno nuevo. No es cierto que esté terminado, dice desde entonces,
desde 1916, Azuela; es posible que estos ladrillos sean distintos de aquellos, pero no lo es este
látigo del otro. No nos engañemos, nos dice Azuela el novelista, aun al precio de la amargura. Es
preferible estar triste que estar tonto.

En calidad de médico de tropa tuve ocasiones sobradas para observar desapasionadamente el


mundo de la revolución. Muy pronto la primitiva y favorable impresión que tenía de sus hombres se
fue desvaneciendo en un cuadro de sombrío desencanto y pesar. El espíritu de amor y sacrificio que
alentara con tanto fervor como poca esperanza en el triunfo a los primeros revolucionarios, había
desaparecido.

Azuela sobre su novela2 (fragmentos)

CÓMO ESCRIBÍ LOS DE ABAJO

Mariano Azuela

Con el nombre de «Cuadros y escenas de la Revolución» he ordenado muchos apuntes recogidos al


margen de los acontecimientos político-sociales desde la revolución maderista hasta la fecha. De tal
serie forman parte los episodios de mi relato Los de abajo, escrito en plena lucha entre las dos
grandes facciones en que la ambición dividió a los revolucionarios, a raíz de su triunfo sobre
Victoriano Huerta. Satisface entonces uno de mis mayores anhelos, convivir con los genuinos
revolucionarios, los de abajo, ya que hasta entonces mis observaciones se habían limitado al
tedioso mundo de la pequeña burguesía. Formando parte, como médico, de las fuerzas
revolucionarias de Julián Medina, compartí con aquellos rancheros de Jalisco y Zacatecas -ojos de
niño y corazones abiertos- muchas de sus alegrías, muchos de sus anhelos y muchas de sus
amarguras. Ahora han desaparecido casi todos ellos y quiero dedicar estos renglones a esa casta
indómita, generosa e incomprendida que, si sabía sonreír para matar, sabía también sonreír para
morir.

En Guadalajara nos llamaban convencionistas; pero un día amanecimos en Lagos y nos dijeron que
ya éramos villistas. Así como se le cambia la etiqueta a una botella. Bien documentado empecé mis
apuntes. Dos capítulos en Lagos, otros dos en Tepatitlán. El general Medina no se sentía
seguramente muy a gusto cerca de Francisco Villa y le prometió recuperar Guadalajara con el
puñado de sus hombres. Villa le dio armas y parque, y Medina consiguió su objeto: atravesar
rápidamente el corazón de Jalisco e internarse en las barrancas de Tequila y Hostotipaquillo. Pero
en el combate de Guadalajara cayó gravemente herido Manuel Caloca.

Un muchacho de quince años que se había ganado su grado de coronel como los machos. En
angarillas lo condujimos desde Tepatitlán, atravesando la sierra por los cañones de Juchipila, hasta
Aguascalientes. Zona infestada de carrancistas, paisaje espléndido, desfiladeros donde se camina
llevando las bestias de las riendas, a pie; hambre, sed y zozobra. La novela se hacía sola. A al
terminar una jornada, había que seguir más adelante por vericuetos inextricables. Tres rudas
2
Texto de la conferencia dictada por Azuela en el C Colegio Nacional en 1945. Apareció con el título
«Azares de m¡ novela Los de abajo» en Universidad de México , vol. I, N° 2, noviembre de 1946,
pp. 1-4. Incluido en Obras completas, tomo III, pp. 1077-1089.
semanas de travesía. De ochenta llegamos catorce a Aguas. Aquéllos eran hombres: donde uno
decía «aquí me corto», ahí se quedaba. Con su libertad, como había llegado. Dejé a Caloca en el
hospital militar de Chihuahua y me dediqué a dar forma a mis apuntes. Cuando los entregué a El
Paso del Norte, de El Paso, Texas, me ofrecieron diez dólares semanarios durante el tiempo que
durara su publicación en el folletín. Jamás en mi vida he saboreado dinero como aquél

Las manifestaciones exteriores que me dieron los actuales dueños de la situación, lo que ante mis
ojos se presentó, fue un mundillo de amistades fingidas, envidias, adulación, espionaje, intrigas,
chismes y perfidia. Nadie pensaba ya sino en la mejor tajada del pastel a la vista. Naturalmente no
había bicho que no se sintiera con méritos y derechos suficientes para aspirar a lo máximo. Quién
alegaba su tiempo de servicios, quién sus gloriosos hechos de armas; uno se lamentaba de haber
abandonado a su familia en la miseria, otro un trabajo que lo estaba enriqueciendo y los menos
hacían valer su amistad o parentesco con los más altos jefes. La fraternidad que unió a los primeros
luchadores había entrado en los dominios de la historia y de la leyenda. Había división entre los
jefes, los subalternos no se creían menos que aquéllos, las suspicacias fundadas o infundadas
mantenían en alerta a todo el mundo.

Mi situación fue entonces la de Solís en mi novela.· «Por qué -le pregunta el seudorrevolucionario y
logrero Luis Cervantes- si está desencantado de la revolución, sigue en ella?»

«Porque la revolución -responde Solís- es el huracán, y el hombre que se entrega a ella no es ya el


hombre, sino la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval.»

(…)

Los que lo llaman relato no saben ni la media de la misa, si con ese título intentan decir que que
escribí como el que hace crónica o reportazgo.

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