Prueba CL 2023 Matutino - Texto 1
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[1] La hipoacusia es la discapacidad congénita más común, tres veces más frecuente
que el síndrome de Down, con una incidencia general estimada que oscila entre uno y
dos casos entre 1.000 nacidos vivos. El diagnóstico precoz e intervención temprana
permiten un desarrollo social y educacional normal en el niño, previniendo severas
repercusiones lingüísticas y psicosociales. Intervenciones antes de los 6 meses
permiten que niños hipoacúsicos tengan un normal desarrollo del habla y del lenguaje,
a la par de sus compañeros normooyentes.
[2] La estrategia de realizar tamizaje auditivo universal es la única alternativa
realmente efectiva en la pesquisa de la hipoacusia congénita y su aplicación se ha ido
generalizando a nivel mundial a partir de la década de 1990. Antes de la introducción
del tamizaje auditivo universal, la edad promedio de diagnóstico de una hipoacusia
congénita era de 2 años y medio. En el caso de hipoacusias leves, estas podían
incluso pasar desapercibidas hasta la edad escolar. Tanto diversos estudios como la
práctica clínica han demostrado que a edades más tempranas de la implantación
(menos de 2 años) se producen mayores niveles de rendimiento, mientras que edades
posteriores de implantación se asocian con mayores probabilidades de retrasos en el
lenguaje.
[3] Intentos de comprender mejor las fuentes de variabilidad en el habla y el desarrollo
del lenguaje después de la implantación coclear han conducido al descubrimiento de
otras áreas del funcionamiento neurocognitivo que se verían afectadas de manera
adversa. Kronenberger y sus colaboradores reportaron retrasos en tres grandes
dominios de la función ejecutiva en niños con implante coclear (IC): 1) La memoria de
trabajo, 2) La velocidad de fluidez (velocidad de procesamiento durante las
operaciones cognitivas que requieren atención controlada con esfuerzo) y 3) La
concentración-inhibición (la capacidad de mantener un nivel constante de atención
para controlar las respuestas). Un período de sordera profunda durante los primeros
períodos críticos del desarrollo cerebral, combinado con una pobre experiencia
auditiva, puede afectar amplias áreas de dominio general del desarrollo
neurocognitivo. Como resultado, la privación de experiencias auditivas tempranas y
actividades puede influir en el desarrollo de las funciones cognitivas y neurobiológicas
más básicas y elementales, extendiéndose mucho más allá de la lengua oral.
[4] Por otro lado, entre las grandes diferencias existentes en niños implantados, un
factor importante que moldea el desarrollo de ellos es el entorno familiar en el que se
desenvuelven. La mayoría de las investigaciones sobre el tema han hecho hincapié en
el papel de la familia en el tratamiento, apoyo en el hogar, tamaño de la familia, nivel
de educación, estatus socioeconómico y varios factores maternos incluyendo el apego
y la sensibilidad. El grado de estimulación a los 12 meses determinaría en forma
importante el desarrollo lingüístico, marcando diferencias importantes en edades de
implantación tan pequeñas. Esto confirma la gran importancia del entorno y en
particular de la familia en la rehabilitación del niño implantado; grados más altos de la
estructura y organización dentro de la familia parecen promover un mejor vocabulario,
mientras que las familias que funcionan a través del control estricto y reglas
rígidamente establecidas pueden de hecho tener el efecto contrario en el desarrollo del
vocabulario. Niños en edad preescolar tienen menos problemas con el control
emocional cuando las familias reportaron niveles más altos de apoyo y niveles más
bajos de conflicto.
[5] Tanto la sensibilidad materna y la estimulación de los padres pueden ser
responsables de variabilidad en estos resultados. Usualmente, la estimulación recibida
suele ser muy alta en el comienzo debido a que los padres se encuentran muy
motivados y con altas expectativas por el IC, pero con el paso del tiempo no todas las
familias logran el mismo nivel de estimulación. La pérdida de la audición de un niño lo
afecta a él, así como a su familia. La crianza de niños sordos o con problemas de
audición presenta desafíos únicos a largo plazo que puede colocar a los padres en un
mayor riesgo de niveles elevados de estrés. El estrés de los padres se puede definir
como una reacción psicológica adversa a las demandas de ser padre. Este tipo
específico de estrés surge cuando las percepciones de las exigencias de la paternidad
de los padres superan sus recursos, lo que pone en riesgo los resultados del
desarrollo del lenguaje.
[6] El entorno familiar es dinámico y puede ser modificado con la educación y la
terapia; los equipos de rehabilitación deberían recomendar que las familias buscaran
educación y/o asesoramiento en estrategias específicas con intervenciones tempranas
para modificar su dinámica familiar y apoyar sus necesidades y así facilitar los mejores
resultados posibles para sus hijos. Nótese que la familia puede crear condiciones
óptimas de múltiples formas: facilitándole la integración social, implicándose en las
actividades de rehabilitación, o solucionando los problemas técnicos asociados al IC.
Por todo ello, la familia es tan importante. Pero también por algo más: nadie más
puede realizar esas funciones.
[7] Otro tema conflictivo y en boga que podría determinar la variabilidad de respuesta
entre niños implantados es el aprender lenguaje de señas. Expertos coinciden en que
un niño debe ser expuesto a un lenguaje accesible de forma regular y frecuente antes
de los 5 años de edad para desarrollar la competencia lingüística completa. Estudios
indican que los niños con implante coclear educados con algún tipo de lenguaje de
señas tienen niveles significativamente más altos de vocabulario que aquellos
educados exclusivamente por vía oral. Informaron que una transición de la señal para
la comunicación hablada era dependiente de la edad de la implantación. Los niños
implantados antes de los 18 meses de edad fueron capaces de hacer la transición. Si
la implantación se produce después de 30 meses de edad, la probabilidad de
transición de la señal a voz es significativamente menor. Se sugiere la lengua de
señas temprana, por corto tiempo, como un puente para el lenguaje hablado, pues
sería beneficioso. De esta manera, la comunicación multimodal de inicio temprano
muestra ser el enfoque más natural los primeros años. El uso de un lenguaje de signos
facilita el aprendizaje de la lengua a través del uso de medios no auditivos. El niño es
capaz de asociar lo que él o ella escucha a través del implante con las
representaciones formadas del desarrollo, portando un idioma de apoyo a la lengua
hablada.
[8] La elección de educación integrativa tras el implante coclear se asocia con una
mayor inteligibilidad de la voz y mejores puntuaciones de lectura. Con la implantación
coclear precoz y la intervención educativa especial a los 2 años de edad, muchos
niños sordos jóvenes están listos para asistir a escuela normooyente, exhibiendo habla
y habilidades del lenguaje que se aproximan a las de los compañeros de audición
normal.