Leer A Bretch IMPRENTA
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A BRECHT
Hans-Thies Lehmann
ESTUDIOS TEATRALES
Consejo Editorial
Federico Irazábal
Claudio Pansera
Nerina Dip
Carlos Pacheco
Equipo Editorial
Carlos Pacheco
Graciela Holfeltz
Germán Frers
Laura Occhiuzzi (Corrección)
Gabriel D´Alessandro (Diagramación)
Teresa Calero (Distribución)
ISBN 978-987-3811-40-1
Para Helene V.
No hace falta ser profeta para predecir un renovado interés por Brecht en
los próximos años. Por un lado, ya no falta mucho para que se cumplan 70 años
de la muerte del poeta, de modo que a partir del 1º de enero de 2017 Brecht
estará “libre”. Si bien es cierto que la política de autorización de los herederos
ya es más flexible que antes, es de prever que aflore una mirada imparcial sobre
Brecht más allá de la recepción ortodoxa.
Por otro lado, en términos sociales y políticos hubo mucho movimiento.
Cambió la mentalidad política. Se abrieron nuevos frentes políticos, una inten-
sificación de crítica y autocrítica de las democracias (occidentales) se combina
con la sensación de que se niega la responsabilidad propia de Europa y de
occidente ante las catástrofes en el hemisferio sur. En esta situación, diferente de
la anterior, cada vez se ve con mayor claridad que vuelven a cobrar actualidad
categorías hace tiempo olvidadas como capital y circulación monetaria, poder
bancario y explotación. La confianza residual en las llamadas elites está desmo-
ronada en mayor o menor medida. Se acepta cada vez menos la realidad de la
riqueza obscena de un grupo reducido, que implica un poder inconcebiblemen-
te grande para este, que no está sujeto a ningún tipo de control ni legitimidad.
Se puede observar a nivel mundial que las formas de la representación entraron
en crisis. Con una frecuencia cada vez mayor, grandes masas humanas expresan
en las calles sus reclamos. No es impensable que la indignación que generan
abusos puntuales pudiera convertirse en indignación política frente al sistema. A
la vez puede observarse que esta indignación puede desembocar con la misma
ligereza en reacciones abúlicas o en crítica ilustrada. Pero lo que caracteriza al
teatro brechtiano es precisamente que allí nunca se trata de abusos o fenómenos
escandalosos del capitalismo, sino del capitalismo mismo, de la manera en que
se da la convivencia humana en una sociedad donde las personas solo se en-
cuentran siempre esencialmente como competidores, no –para mencionar uno
de sus conceptos clave– como ayudantes.
Hans-Thies Lehmann 7
Compilación
i Dado que en Argentina algunas piezas de Bertolt Brecht se conocen con títulos que varían de la
traducción original al español es que se ha decidido citarlas tal como se las denomina en nuestro
país: La ópera de los tres centavos (‘La ópera de cuatro cuartos’), La resistible ascensión de
Arturo Ui (‘La evitable ascensión de Arturo Ui’), El alma buena de Sezuan (‘El hombre bueno de
Sezuan’), Galileo Galilei (‘Vida de Galileo’). Exceptuamos las citas en las Notas dado que responden a
publicaciones realizadas en España (N. del E.).
Recuerdo
Todo comenzó con una frase. Un día, a comienzos de los años 1960,
aún en mi época escolar, descubrí una frase en el lomo de un libro de uno de
aquellos delgados volúmenes sueltos, en amarillo pálido, de las obras de Brecht,
que–antes de la publicación de la edición gris clara de Suhrkamp, en veinte
tomos– nos presentaban a Brecht, en la ventana de una biblioteca o librería del
centro de Bremen, y quedé electrizado:
Que corresponda
lo que hay
a aquellos
que a ello hagan bien.
Hans-Thies Lehmann 9
Los problemas que hoy interfieren en una lectura de Brecht son de tres
tipos. Uno es de naturaleza política y puede describirse como un dilema: si se
quiere hacer justicia a los textos, el estudio de estos lleva por regla general a
una problematización, un devenir ambiguo o dudoso de su enunciado que en
apariencia suele ser de una claridad casi deslumbrante. En ese aspecto, Adorno
vio con tanta mayor precisión que mucha filología brechtiana: “(…) es difícil
averiguar qué quiere decir el autor en Galilei o en El alma buena de Sezuan, por no
hablar de la objetividad de las obras que no coinciden con la intención subjeti-
va”5, explica, y continúa: “La efectista pregunta de la dramaturgia de la Repú-
blica Democrática Alemana ‘¿Qué quiere decir el autor?’ basta para asustar a
los autores dominados, pero fracasa ante las obras de Brecht, cuyo programa era
al fin y al cabo poner en movimiento procesos de pensamiento, no comunicar
eslóganes; de lo contrario, no se podría hablar de teatro dialéctico”.6
Ahora bien, ¿no se encuentra, según la opinión difundida, precisamente en
esta univocidad del enunciado el sentido político y el peso de los textos? En-
tonces, ¿habría que fingir ceguera para con la polisemia y salvar la dotación de
sentido político? ¿O se da rienda suelta al conocimiento filológico y se arriesga
como mínimo la apariencia de querer despolitizar al poeta quizás más direc-
tamente político de la historia reciente? La respuesta que aquí se ensaya a este
dilema, ya que no su solución, consiste en la tesis de que lo realmente político
del arte debe buscarse en la forma, no en lo que afirma su contenido. “Lo real-
mente social en la literatura es la forma”.7 Se sigue de aquí que la interpretación
Hans-Thies Lehmann 11
Galería de fotos
Pero hagamos un rápido recorrido por la galería de las facetas con las que
se topa el lector de Brecht con tan solo conocer su obra de manera somera.
Está el joven Brecht de apariencia anárquica, que dejó pasar en Augsburgo el
expresionismo y la revolución –Tambores en la noche– y escribió algunos de sus
poemas más hermosos, muchos de ellos reunidos en 1927 en Devocionario del hogar.
Después está el segundo Brecht, el de la Nueva Objetividad, al que se conoce
de una famosa serie fotográfica con un look de rockero en campera de cuero, el
pánico del burgués, aquel para quien nada era sagrado y, sin embargo, en una
encuesta de una revista literaria entre autores que preguntaba qué libro había
ejercido la mayor influencia sobre ellos, respondió con la famosa (y verdadera)
frase: “Se van a reír, la Biblia”. Después está Brecht III, al que La ópera de los tres
centavos, de la noche a la mañana, colmó de fama mundial, pero que –en lugar de
simplemente dejarse llevar por esa ola de éxito– se compromete políticamente y
escribe piezas para el movimiento de la música escolar y el movimiento obrero.
A mediados de los años 1920 estudia marxismo con Karl Korsch y otros, y toma
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La solución
Teatro de la alteridad
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Sujeto
Los seres humanos ya no están vivos, las cosas pierden el poder de funcionar
para los seres humanos como portadores de significados humanos: “Ahora, desde los
EE.UU., llegan cosas vacías, indiferentes, cosas aparentes, imitaciones de la vida […]”
escribe Rilke el 13 de noviembre de 1925.15 En su caso, y en el de otros, en el lamento
por la vaciedad de las cosas resuena el lamento por el yo, el lamento por el ocaso de
la subjetividad. Brecht cancela con un golpe de fuerza esta expresión de duelo, la
traslada, ya casi irreconocible, a la seca objetividad de su lengua. En la vaciedad, la
mutabilidad, la fugacidad no ve solo una pérdida digna de lamentar, sino también
las chances para un sujeto nuevo, y rápidamente esto significará para él un sujeto
potencialmente revolucionario. Si no contrapone a la nueva realidad superficial de las
masas algo así como la insistencia en el valor del individuo, tampoco recae en el pathos
neobjetivista o en el “culto de la dispersión”. Brecht inscribe las ciudades y sus habi-
tantes en un mismo “dispositivo” para, mediante su reflejo recíproco, volver experi-
mentable la constitución de un sujeto en el proceso (Julia Kristeva). Por eso, Walter
Benjamin pudo decir con justa razón que Brecht era “el primer poeta de importancia
que tenía algo para decir de las personas urbanas”.16
El sujeto humano no es para Brecht algo que es, sino algo que deviene. No
pertenece al orden del ser, sino al orden del acontecimiento, en el sentido de que no
solo no ostenta una identidad fija y por ese motivo también siempre está en condi-
ciones de comenzar de nuevo y hacer lo inesperado, lo incalculable. Brecht tomó de
la teoría marxista, así como del conductismo, el conocimiento de que las condiciones
del entorno determinan al hombre. Así es como escribe sobre Galy Gay, el personaje
del título de Un hombre es un hombre: “El exterior cambiante lo induce constantemente
a una reagrupación interna. El yo continuo es un mito”. Sin embargo, sus dramatis
personae son tales que no se arrojan a las buenas obras porque estas son buenas, sino
en el fervor del desafío. “Me arriesgo”, explica el piloto. Es como si estos personajes
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Brecht y su siglo
Leemos a Brecht como una figura emblemática del siglo XX. Podría afirmarse
que fue el siglo del teatro como arte. Inventó la idea de la puesta en escena. Apare-
ció un tipo de artista que no actúa ni como escritor ni como intérprete, pero sí como
una suerte de pensador de la representación como tal y que establece una mediación
muy compleja de las relaciones entre texto, obra, espacio y esfera pública.17 Brecht
es emblemático para el siglo XX también en el sentido de la pregunta por lo que se
denomina “el hombre nuevo”. El hombre nuevo era una obsesión del siglo de Bre-
cht. Por un lado, desde la derecha, porque pensadores de la derecha política estaban
a la busca de un hombre nuevo, que en el fondo era presentado como un hombre
viejo, reencontrado, restituido, de algún modo, repatriado. El hombre “auténti-
co” original está perdido, oculto, viciado y ha de resurgir mediante un proceso de
purificación. Con más o menos violencia se espera que el hombre sea reconducido a
su origen perdido. Mientras esta variante de la búsqueda del nuevo hombre lo ancla
en totalidades míticas como raza, nación, sangre y suelo, en la izquierda la pregunta
por este es diferente, pero igual de radical. Aquí se trata de que el hombre nuevo
surja de la modernidad, que pueda ser producido y que precisamente sin reaseguro
en algún tipo de origen, más bien por la fuerza del olvido, viva la entrega a lo nuevo.
En el caso de Brecht, encontramos su imagen ambivalente no solo en el “hombre
de la masa” y en la figura imaginaria de la juventud de Augsburgo, el “hombre de
fuego y agua”, sino también en aquella “apestada generación” del fragmento Fatzer,
que fue vomitado por la época de la guerra y del que se dice que “al hundirse, arras-
tró consigo / al mundo envejecido”.18
Nietzsche
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Brecht está vivo, sin duda. ¿Pero cuál de ellos? Está vivo el Brecht sin el
cual Heiner Müller no habría sido imaginable. Aquel sin el cual el teatro alemán
tendría otro aspecto: generaciones de directores de posguerra de los años 1960
hasta los años 1990 se empaparon de la intelectualización que hizo Brecht
del teatro, las técnicas del distanciamiento, ruptura y alteración de ilusión y
empatía. Brecht está presente en todo el estilo del nuevo teatro alemán, incluso
cuando los directores no se remiten a él o incluso –por lo general recriminándo-
le simplificación y carácter didáctico– lo rechazan. Peter Stein y Klaus Michael
Grüber eludieron a Brecht; y, así y todo, sin el impulso brechtiano no pueden
entenderse ni el intelectualismo de Stein, ni Frank Castorf, Einar Schleef,
Christoph Marthaler, Nicolas Stemann, Falk Richter, ni grupos como Rimini
Protokoll, andcompany&Co, She She Pop ni muchos otros. Aunque –como
todos los buenos discípulos, como también Heiner Müller– hagan todo diferente
al maestro.
René Pollesch afirma de su teatro lo que también se puede decir de Brecht:
“En mi caso no hay personajes, sino un texto que es pensado en común”. Los
protagonistas de Brecht hasta cierto punto deben entenderse como figuras; al
menos en las piezas didácticas, como “figuras” en sentido retórico. No son más
de lo que son por su contexto, no tienen identidad, son constelaciones que, sin
límite certero, pasan al campo de su contexto; tal como se insertan en un texto
las figuras retóricas.
Si se lo compara con el teatro de otros países, la fortaleza, a veces también
el punto débil del teatro alemán es su marcada tendencia a la reflexión, la frial-
dad, la distancia, la crítica y a un elevado escepticismo respecto de una entrega
a la embriaguez de los sentimientos, que en ocasiones puede llegar hasta la fobia
a las emociones. No hay sentimiento sin que de inmediato haya que neutralizar-
lo. La cualidad del teatro intelectualmente exigente es una herencia específica-
mente brechtiana, una herencia de la que hay que decir que se remonta mucho
más atrás en la historia del teatro alemán. Porque en Alemania, ya en el siglo
XVII, por diversos motivos, fue más la burguesía ilustrada que la aristocracia
la que sostuvo el teatro. Porque, y no solo mediante el teatro escolar jesuítico,
la relación entre escuela y teatro en Alemania siempre fue particularmente
estrecha. ¿O acaso incluso nuestro clasicismo no se encuentra bajo el signo de
programas pedagógicos educativos (“educación del género humano” en Lessing,
“educación estética” en Schiller)? No es algo para criticar o volver objeto de
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Otoño californiano
1
En mi jardín
solo hay vegetación perenne. Si quiero ver otoño,
tengo que desplazarme hasta la casa de campo de mi amigo en
las colinas. Allí
durante cinco minutos puedo ver un árbol
despojado de sus hojas, y sus hojas despojadas del tronco.
2
Vi una espléndida hoja otoñal arrastrada
por el viento calle abajo, y pensé: ¡Qué difícil
predecir el rumbo futuro de esta hoja! 28
Hans-Thies Lehmann 27
En Fatzer dice en una ocasión: “Es bueno que por azar hayamos llegado a
un sitio del mundo donde pudimos reflexionar cinco minutos. Ahora podemos
regresar a casa”.
Aquí, entonces, el yo puede detenerse cinco minutos y “ver un árbol
despojado de sus hojas, y sus hojas despojadas del tronco”. Lo que ve el yo es el
despojo como estado general del mundo, despojo por guerra o comercio. Los
países se ven despojados de sus copas frondosas porque los mejores tienen que
huir. Los exiliados, dispersos, sin embargo, no son más que fronda a rastrillar, ya
no son perceptibles como hojas aisladas. ¿O sí?
En la hoja otoñal espléndida [grande] aislada se reconoce rápidamente la
contrafigura del yo poético que es impulsado por el viento de las circunstancias,
sin posibilidad alguna de determinar por sí mismo el camino, “calle abajo”. Ahí
está, entonces, visto de cerca, como destino individual, aquella “hojas despo-
jadas del tronco”, que habría deseado ver en la primera parte del poema (o en
el primero de los dos poemas publicados con el título “Otoño californiano”).
Pero es probable que no se trate solo de la persona, la hoja también representa
lo escrito que en ese viento a la deriva pierde su rumbo y actúa sin dirección,
no sabe si va a llegar a su destinatario, ni a cuál, en todo caso. En ese punto
más bajo de la experiencia, sin embargo, se produce un viraje con las siguientes
palabras, que casi no pueden ser más típicas de Brecht, que probablemente no
podrían haber sido escritas por otra persona de esa manera: “[…] y pensé: ¡Qué
difícil / predecir el rumbo futuro de esta hoja!”
¿Qué fórmula podría ser más espartana, concisa y a la vez tan
poética para expresar la pasión de lo racional aún en pleno fracaso? Frente a la
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2016
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Anti-serio, gris
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No creo que llegue a tener nunca una filosofía tan completa como
las de Goethe o Hebbel, que debieron tener memorias de revisor
de tranvía en lo que respecta a sus ideas. Yo olvido siempre las
mías y no logro decidirme a memorizarlas. Ciudades, aventuras
y rostros naufragan asimismo entre los pliegues de mi cerebro
en menos que canta un gallo. ¿Qué haré cuando sea viejo? ¡Qué
penosamente viviré con mis recuerdos diezmados y mis ideas
desvencijadas, que no serán sino tullidos arrogantes!3
Sí, esa gris imagen beckettiana de las ideas en decadencia es algo imagina-
ble. Pero además están las palabras, está la fuerza de la lectura reiniciada, que
siempre consideró y también hoy considera que en un gran autor las ideas pue-
den perderse, pero que el campo de experimentación de palabras sigue siendo
un campo de fuerzas que genera nuevas ideas.
“No sé a quién andarán buscando, pero no es a mí”.4 El otro es siempre
e irrevocablemente otro que se sustrae a toda fijación. Ambigüedad, doble
sentido, paradoja y máscara a primera vista, estos motivos, que indican la
supresión del yo y del sentido, forman parte de los enseres primigenios de la
filología brechtiana. Entre tanto, hasta el día de hoy se reducen en gran medida
estas escisiones interiores a una problemática moral (por ejemplo, la prédica del
accionar socialmente responsable en el caso de oportunismo personal, cubier-
to de un manto de astucia pragmática). O a la paradoja entre compromiso y
poesía. ¿Pero qué pasa si el rostro y la máscara no pueden separarse, si el rostro
se arrancara junto con la máscara, como se lee en Büchner? ¿Qué si la grieta
No hay lógica que permanezca al margen del juego del texto. Solo la
lectura, no el texto, carece de las coordenadas. Una red de referencias, que la
filología tiende rápidamente a disecar para obtener la –muy hipotética– garantía
de la comprensión.
No olvidemos lo que se olvida cuando decimos Brecht. Es un discurso que
siempre reincide en el constructo de un ser que –en apariencia– con su firma
declaró “propio” el texto, siempre reincide en el fetiche de la firma. (Y, por cier-
to, del género. ¿Puede determinarse la instancia, el no ser, que escribe el texto,
con la misma seguridad como masculino o femenino como la persona empírica
del autor Brecht?). Juego mental. ¿Cuánto se ganaría o perdería si por un tiem-
po simplemente fuera, por así decirlo, tabú el sustantivo “Brecht” –al igual que
“Goethe” o “Shakespeare”– si cada vez en lugar de hablar de esta instancia en
gran medida imaginaria y construida, solo se hablara del texto concreto?
El “otro Brecht” como tema ¿sería, entonces, en primer lugar, un no tema,
si se trata de un Brecht que por definición no se puede definir? En los hechos,
en la praxis, un no tema, una referencia al problema de la tematización mis-
mo. El otro Brecht significa a la vez una reflexión sobre el modo de la lectura
y de la puesta en escena. Si comprender significa fijar significado, reconstruir
su génesis, entonces la pregunta por el siempre y necesariamente otro también
plantea la pregunta por una forzosa no comprensión en la comprensión misma.
El otro Brecht no significa otro terreno, otro lugar, un aspecto ignorado o hasta
ahora menos atendido que habría que completar porque hay una laguna en la
investigación. Significa resaltar una otredad en sí mismo, que con un concepto
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Lo negro
Hay algunos que lo vieron al otro Brecht, Hans Henny Jahnn, por ejem-
plo, que conoció a Brecht en 1923. Para aquel entonces, Brecht preparaba junto
con Arnolt Bronnen en Berlín una representación de Pastor Ephraim Magnus.
Aparentemente, desde entonces Jahnn siguió el trabajo de Brecht “con gran in-
terés”. En 1933 ambos exiliados volvieron a encontrarse en Dinamarca, y luego
en 1950 en Berlín.6
Inmediatamente después de la muerte de Brecht, Peter Huchel pidió a
Jahnn un texto sobre Brecht para Sinn und Form, la revista literaria y cultural diri-
gida por él. Jahnn le escribió (respondiendo a su recordatorio) el 9 de noviembre
de 1956 que había trabajado en el artículo “A bordo de un buque carbonero
errante” en el Mar del Norte y el Mar Báltico. La edición de las obras de Jahnn
incluye el manuscrito en el que se basó el texto publicado en aquel entonces. En
este último dice:
Las palabras del misionero en En la jungla de las ciudades nunca fueron reti-
radas en los trabajos futuros: “El ser humano es demasiado resistente. Ese es su
mayor defecto. Puede hacer demasiadas cosas consigo mismo. Se destruye con
demasiada dificultad”. Tampoco se va a poder arrebatarle esos otros versos, que
tratan del pobre B. B., e imputarle que habrían sido superadas o desvalorizadas
por el paso de la historia universal:
Todo aquel que tenga una mínima experiencia en redactar ideas y sen-
saciones, para quien la esencia de la formulación no le es ajena, reconoce de
inmediato que el “nada digno de mención” junto con la comprobación “que
somos interinos” constituye el verdadero enunciado […], en esa representación
el segundo verso de la estrofa tiene un origen posterior al cuarto, por más que
haya sido escrito antes de que el último haya puesto en papel su cruel verdad
con perfección sin igual.8
La “cruel verdad” de Brecht siempre volvía a esconderse en la precisa
levedad, la “perfección sin igual” de sus frases que exploran, en el laberinto del
lenguaje, con una precisión del orden de lo mágico, el sendero del ademán del
menor de los esfuerzos. Garra y gracia, tal como lo deseaba, habitan su lenguaje:
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¡Calla!
¿Qué –crees– cambia más fácil
Una piedra o tu opinión al respecto?
Yo siempre he sido el mismo.11
O:
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El otro
(Esto me dijeron).16
Hans-Thies Lehmann 43
Culpa es deuda: algo fue quitado, algo fue aceptado, una cuenta quedó
abierta. Y, de hecho: el punto cero oculto del texto es la circunstancia de que este
sujeto sospechoso que solo quita, desde el principio aceptó algo… de los padres:
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1991 / 2016
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De la muchacha ahogada
1
Cuando se ahogó y descendió flotando
Desde los riachuelos a los ríos mayores
Resplandecía extrañamente el cielo de ópalo
Como si tuviera que calmar al cadáver.
2
Algas y musgo se aferraban a ella,
Con lo que fue haciéndose mucho más pesada.
Fríos los peces nadaban por sus piernas,
Animales y plantas lastraron hasta su último viaje.
3
Y el cielo por la tarde era como humo oscuro
Y mantuvo pendiente por la noche la luz con las estrellas.
Pero amaneció pronto, para que así también
Siguiera habiendo para ella mañana y tarde.
4
Cuando su cuerpo pálido se pudrió ya en el agua,
Sucedió (muy despacio) que Dios poquito a poco la olvidó:
Hans-Thies Lehmann 51
52 TEXTO Y EXPERIENCIA
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54 TEXTO Y EXPERIENCIA
También en los últimos cuatro versos hay una construcción análoga. Aun-
que en un primer momento el “sie” [la/los] es aquello a lo que también se refie-
re en “su cuerpo”: “Cuando su cuerpo pálido se pudrió ya en el agua, / sucedió
(muy despacio) que Dios poquito a poco la olvidó”. No obstante, el pronombre
también puede concebirse como anticipador, refiriéndose a la enumeración
siguiente. Dios “los” olvidó, a saber:
Hans-Thies Lehmann 55
También hay una vieja metáfora que habla de pieles que a uno se le
escapan flotando ii.2Este campo semántico es productivo para el poema. Permite
vincular un movimiento del tránsito y de la disolución de identidad con una idea
de una constante pérdida que aquí, como tantas veces en Brecht, está inscripta
en la figura del olvido.
Añadamos también un comentario sobre el “cielo de ópalo”. No solo
connota de manera inmanente un juego de colores con reflejos blanquecinos
o azulados del cielo, sino probablemente sea también una alusión al poema de
Rimbaud sobre Ofelia, donde el yo poético se dirige a la muerta con las pala-
bras “O pâle Ophélia!”.5 El último verso de la primera estrofa sugiere que es
como si ese cielo, quizás el de la trascendencia, se sintiera compelido a reparar
algo en la muerta, mediante un milagro (¿de la resurrección, de la eternización
a través de la poesía?). (Solo en ese lugar surge, más que apropiada, la idea de
que la muerta pueda sentir ira por su destino.)
En la segunda estrofa, el giro curioso “se aferraban a ella” marca una mezcla
de –o algo intermedio entre– fundirse y permanecer externo, peso y familia-
ridad que a la vez no deviene identidad: “Algas y musgo se aferraban a ella, /
con lo que fue haciéndose mucho más pesada”. El hecho de que nuevamente
se utilice un comparativo responde a la tendencia por disolver todo lo que es en
etapas transitorias.6 Y el juego en el que se disuelve toda instancia puntual, toda
identidad, se prolonga en los últimos cuatro versos.
Por cierto, los rasgos faciales de los ahogados se deforman primero de tal
modo que estos se vuelven irreconocibles: signo de que fue un individuo, cuya
indivisibilidad no fue respetada por el elemento. De ahí que la desaparición del
ii La expresión “irse flotando las pieles” equivale a “perder las esperanzas” (N. de T.).
56 TEXTO Y EXPERIENCIA
Hans-Thies Lehmann 57
El poema “De la muchacha ahogada” puede leerse como gran metáfora del
olvido. Si para poetas como Rainer Maria Rilke, Stefan George o los expresionistas
la temporalidad, por lo general, no representa sino la pérdida, y el olvido, solo la
afirmación del poder destructivo del tiempo, el motivo en Brecht se encuentra en
un contexto sorpresivamente diferente: el olvido adquiere una dimensión producti-
va, y a la inversa, la producción misma aparece bajo el signo de lo pasajero. En el
texto, el olvido es puesto en relación con la putrefacción. El proceso de descompo-
sición es productivo, lo que ya está implícito en la ligera sugestión de un embarazo
(“con lo que fue haciéndose mucho más pesada”). El hecho de que la putrefacción
no solo constituye un fin, sino que es un proceso vital, que incluso de la podre-
dumbre misma surge vida, es algo que ya detectó la biología del siglo XVIII. Las
ciencias naturales modernas reconocieron la descomposición como producción,
era común considerar la podredumbre como estadio de transición hacia una
nueva vida. Así, la biología, con su descubrimiento de las estructuras específicas de
58 TEXTO Y EXPERIENCIA
—Ahí sí que pasa de todo. Por así decirlo, se nos sale toda el agua.
¡Esa ingente cantidad de agua, figúrese! Y el resto de sustancias,
sin vida, se conservan muy mal, se pudren, se descomponen en
combinaciones más simples, en combinaciones orgánicas.
—Podredumbre, descomposición… —dijo Hans Castorp— viene
a ser una forma de la combustión, eso es la combinación con el
oxígeno, según tengo entendido.
—Así es, oxidación.
—¿Y la vida?
—También. También, joven. También es oxidación. La vida es
una mera oxidación de las proteínas de las células, es de ahí de
donde procede ese agradable calor animal, que a veces se siente
en exceso. Sí, vivir es morir, esa es la cruda realidad; une des-
truction organique, como dijo no sé qué francés con esa ligereza
innata que los caracteriza. Por otra parte, la vida huele a eso. Si
pensamos otra cosa, es porque nuestro juicio está deformado.10
Hans-Thies Lehmann 59
60 TEXTO Y EXPERIENCIA
Hay que liberarse del gran gesto de lanzar una idea, de lo “aún
no acabado”, y habría que llegar a lanzar la obra de arte, la idea
confeccionada, el gesto mayor del “más que acabado”. ¡Otra vez
desmoronándose, otra vez empalideciendo, moribundo, amoro-
samente elusivo, ligeramente adaptado, no con el mayor de los
cuidados concentrado, prensado, sudado, garantizado!13
Hans-Thies Lehmann 61
62 TEXTO Y EXPERIENCIA
5
Muchos nos dejan sin que los detengamos. Les dijimos todo y ya
no hubo nada más entre ellos y nosotros, nuestros rostros se en-
durecieron en la despedida. Pero lo importante no lo dijimos, sino
que lo ahorramos con lo necesario.
6
Oh, por qué no decimos lo importante, sería tan fácil y seremos
condenados por eso. Fueron palabras ligeras, justo detrás de los
dientes, que se nos cayeron al reír y nos asfixiaron en nuestra
garganta.18
Hans-Thies Lehmann 63
Para comprender el significado global del motivo hay que recordar que
la madre de Brecht se llamaba nada menos que Sophie, el nombre que Brecht
otorga aquí a la amada. Dechant, sin embargo, se llama la amada, porque el de-
seo de la mujer se puede separar tan poco del imago de la madre como el doble
coro en el coro eclesiástico, el dechant (dis-cantus), de la voz principal.
El poema de la primera mitad del año 1920 parece no haber sido rozado
por ningún tipo de experiencia de acontecimientos políticos. Comparte con la
mayoría de los demás poemas de Brecht de aquella época el hecho de que sus
temas provienen, o parecen provenir, del ámbito de lo privado o de un mundo
literario propio. El interés de esta poesía se ve más interpelado por la Ofelia
de Rimbaud que por la realidad social de las luchas de clases de posguerra. Se
trata de un texto sobre la amada, sobre sexualidad, y no en última instancia de
un poema que habla de la muerte de la madre. ¿Es posible pensar, sin embargo,
que la esfera privada y literaria haya provisto el único contexto de mediación
entre producción poética y experiencia de la realidad social? Un vistazo al
escenario político del año 1920 deja en claro que era un momento en el que
64 TEXTO Y EXPERIENCIA
Aquí yace
Karl Liebknecht
El luchador contra la guerra
Cuando le dieron muerte
Nuestra ciudad aún estaba en pie.
Hans-Thies Lehmann 65
Völker continúa relatando que Brecht, el día después del asesinato de Rosa
Luxemburgo, participó de asambleas en Múnich.28 ¿Por qué le damos valor a
estos hechos? Porque el poema “De la muchacha ahogada” contiene un homenaje
oculto a Rosa Luxemburgo. No porque la muerte en el agua, que le tocó, haya
sido el modelo inmediato para el poema de Brecht. Sabemos que todos sus moti-
vos surgen de múltiples maneras en constelaciones siempre nuevas, fuerzan para
sí configuraciones siempre nuevas. Pero en el Archivo Bertolt Brecht se encuentra
un original tipografiado en el que el poema se titula: “De la muchacha asesinada a
golpes”. Y esto no se sigue ni de la recepción de Brecht de Shakespeare o Rimbaud,
ni tampoco en relación con el motivo de la amada o la muerte de la madre.
En cambio, un recuerdo de Münsterer, un amigo de la juventud, refiere a
la relación del poema con la muerte de Rosa Luxemburgo:
66 TEXTO Y EXPERIENCIA
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68 TEXTO Y EXPERIENCIA
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1978/2016
70 TEXTO Y EXPERIENCIA
Hans-Thies Lehmann 71
72 TEXTO Y EXPERIENCIA
1
Marie Farrar, nacida en abril,
Menor de edad, sin señas particulares, huérfana, raquítica,
Hasta el momento presuntamente sin antecedentes,
dice haber asesinado un niño de este modo:
Declara que ya en el segundo mes
En casa de una mujer, en un sótano,
Intentó expulsarlo con dos inyecciones
Supuestamente dolorosas, pero no salió.
Pero a vosotras, a vosotras os ruego que no os enfadéis
Pues toda criatura precisa ayuda de todos.
2
Sin embargo, declara haber pagado de inmediato
Lo arreglado, haberse ceñido aún más la ropa,
También haber bebido aguardiente con pimienta molida,
Pero todo ello solo le produjo un fuerte efecto purgante.
Su cuerpo estaba visiblemente hinchado,
Sentía también fuertes dolores, sobre todo al lavar los platos.
Incluso declara que aún crecía entonces.
Rezó a la virgen María, llena de esperanza.
También a vosotras, a vosotras os ruego que no os enfadéis
Pues toda criatura precisa ayuda de todos..
4
Aquel día, declara, muy temprano,
Mientras fregaba las escaleras, sintió como
Si las uñas le arañaran el vientre. Sentía sacudidas.
Aun así logró mantener en secreto el dolor.
Todo el día, mientras tendía coladas,
Se rompió la cabeza; hasta que al fin cae en la cuenta
De que se le cumplió el tiempo de parir, y de inmediato
Se le apesadumbró el corazón. Volvió a casa bastante tarde.
Pero a vosotras, a vosotras os ruego que no os enfadéis
Pues toda criatura precisa ayuda de todos.
5
Vinieron a buscarla cuando estaba recostada.
Había nevado y tenía que volver.
Duró hasta las once. Fue un día muy largo.
Hasta la noche no pudo parir con tranquilidad.
Y parió, según declara, un hijo.
El hijo era igual que los demás hijos.
Pero ella no era como las demás,
Aunque no hay razón alguna para que yo la ofenda.
Tampoco vosotras, vosotras os lo ruego, no os enfadéis
Pues toda criatura precisa ayuda de todos.
7
Con sus últimas fuerzas, según declara, y como
Su habitación también estaba helada,
Se arrastró hasta el retrete y también allí (cuándo,
Ya no lo sabe) parió sin aspavientos
Hacia el amanecer. En aquel momento
Estaba, afirma, muy desconcertada, se había quedado
Ya medio congelada, apenas podía sostener al niño
Pues en el retrete del servicio entra la nieve.
Tampoco vosotras, vosotras os lo ruego, no os enfadéis
Pues toda criatura precisa ayuda de todos.
8
Entonces entre la habitación y el retrete, –antes afirma
Que aún no había pasado nada–, empezó el niño
A gritar y aquello la enfadó tanto, afirma,
Que lo golpeó sin cesar con ambos puños
Ciegamente, hasta que se calló, declara.
Y a continuación se llevó al muerto
Y lo metió en la cama con ella el resto de la noche
Y por la mañana lo escondió en el lavadero.
Pero vosotras, vosotras os ruego que no os enfadéis
Pues toda criatura precisa ayuda de todos.
Siempre, desde los poemas más tempranos hasta las grandes piezas de la
época del exilio y de la posguerra, se vuelve a hallar el tema de la madre en la
obra de Brecht. La madre que pierde a sus hijos, ya sea por culpa propia (Madre
Coraje), ya sea por la lucha política (La madre y Los fusiles de la señora Carrar) es uno
de sus motivos recurrentes. Shen Te, el alma buena de Sezuán, fracasa en su
doble rol no en última instancia por el embarazo; en El círculo de tiza caucasiano
se tematiza la buena y la mala madre. A la vez, Brecht expone en innumerables
textos el tema del nacimiento y el embarazo.3
En esta balada, un infanticidio es objeto de un relato angustiante y minu-
cioso. Se narra el asesinato de un niño por su madre “entre la habitación y el re-
trete” después de un aborto fallido. Aborto es asesinato, tal era la recriminación
contra mujeres que abortaban, que se deshacían mediante un abortus criminalis
de su posible “parición”, como Marie Ferrar, la “madre soltera”. El poema des-
pierta compasión con esta “débil réproba”. En nueve estrofas se cuenta de duros
nueve meses, intentos de aborto, miseria social, dolores del embarazo, un parto
en circunstancias horrorosas y, al final, de la muerte a golpes del niño recién
nacido, el hecho que es revestido por la sociedad con la palabra “asesinato”,
condena y muerte de la infanticida.
Extrañeza y shock se filtran en la consternación por esta historia de una
maternidad que fue imposible, a saber, por el hecho de que no se dé la menor
intervención de un sentimiento. La ausencia de todo indicio de sentimiento
maternal por parte de Marie Farrar parece inconcebible. Y, sin embargo, el
Pocas cosas llaman tanto la atención en una primera lectura como la con-
frontación de dos modos de hablar en estrofa y estribillo, que se corresponden con
“horizontes” opuestos: policía – religión, tribunal terreno – tribunal celestial, mun-
do sin ayuda – pedido de ayuda. Indaguemos primero la estilización del informe
en un lenguaje burocrático, que registra con indiferencia. Esta estilización es el
pilar de uno de los temas que predominan en la balada. Mediante su estructura
formal transmite la idea de un poder imperturbable: policía y objetividad conflu-
yen, ley y tribunal aparecen como instancia absoluta frente a la cual Marie Farrar,
el individuo aislado, es impotente, insignificante, “contingente”. Así, el texto lleva
al extremo a través de su lenguaje la confrontación de sujeto aislado y máquina del
Estado. Este lenguaje genera distanciamiento. La precisión que parece caracteri-
zarlo, sin embargo, es aparente, porque la exclusión de toda valoración distorsiona
con total evidencia la realidad que aparenta solo registrar de manera neutral.
De la violencia oculta en este lenguaje se trata en el texto, porque en este
viven todos. Sin notarlo, hablamos en fórmulas que pasan por realidad porque
parecen garantizar la comprensión. Cualquiera puede convertirse en agente del
poder en la medida en que no se resista a sus fórmulas lingüísticas “encráticas”.10
En el texto, la distorsión de lo relatado comienza ya con una ínfima ambigüedad
que hace sonar la confesión del asesinato como una fórmula de coartada: Marie
Farrar, según el expediente en lenguaje burocrático: “[…] dice / haber asesinado un
niño de este modo”.
La fórmula usual en los descargos (p.ej.: Dice no haber tenido intenciones
de asesinato). Hace que el crimen de la mujer dirigida por las circunstancias hasta
la insensibilidad absurdamente aparezca como su deseo y voluntad i. Así, el texto
arremete en clave de parodia contra un giro desapercibido del lenguaje burocráti-
co. Echa luz sobre una ficción oculta en este lenguaje (y en la instancia jurídica): la
i La fórmula estandarizada equivalente en alemán emplea el verbo “wollen”, que literalmente signifi-
ca “querer”. La formulación de los versos 3 y 4, “will ein Kind ermordet haben” puede leerse también
como “quiere haber asesinado un niño” (N de T)..
ii En alemán, los términos “hören”, oír, y “aufhören”, cesar, están emparentados etimológicamente (N. de T)..
Queda en evidencia que los autores del hecho, los que actúan, como Marie,
brutalmente, son trazados como víctimas. Toda violencia ya es siempre un esla-
bón en una cadena de violencia. En un primer momento, el caballo se asombró
del cambio de la gente (“antes tan buenos conmigo y hoy tan hostiles”) y de la
pregunta por el motivo llega al pedido de ayuda para sus asesinos y carniceros. Pero
después sigue un giro más: “¡Por favor, ayúdenlos! ¡Y háganlo pronto! / ¡Si no les
pasará a ustedes algo que no van a creer posible!”
Lo que el caballo no consideraba posible y, sin embargo, le sucedió es lo que
se advierte a los lectores. El motivo es la insistencia en el propio deseo de vida, no
la piedad, a no ser que se trate de aquella “piedad consigo mismo” que Brecht lue-
go exigirá tanto de madres como de padres:
Nada más lejano a él que aquella “falsa generosidad” de la que hablaba Pau-
lo Freire. La falsa generosidad, para funcionar, requiere de la imagen de la víctima
que en su padecimiento real tiene que servir de pretexto para la retórica de la
compasión de aquellos que la pasan mejor, padecimientos anímicos que sirven
para solearse en la luz de la propia respetabilidad. Por ese motivo, la lección de
Brecht posee una similitud no casual con la del pedagogo Freire:
Los músicos responden: “La desvalida adoptó al desvalido” .36 Aquí se consuma la
inversión del poema de Farrar, y la didascalia que le sigue parece traer a la memo-
ria el mundo frío de Devocionario del hogar: “Grushe Vajnadze se agacha junto a un
arroyo semihelado y saca agua con la mano para su hijo”.37 A diferencia de los
poemas tempranos, aquí es posible una intervención, en el agua a través del hielo
semiderretido, aquí se rompe la cadena de la violencia. Puede haber una decisión de
convertirse en auxiliador, pese al propio desvalimiento (o mejor: justamente por eso),
y hacerle caso a la exhortación de la obra “¡Ayudad a los desvalidos, desvalidos!” .38
1978/2016
Del pobre B. B.
1
Yo, Bertolt Brecht, soy de los bosques negros.
Mi madre me condujo a las ciudades
Cuando estaba en su vientre. Y el frío de los bosques
Dentro de mí estará hasta que me extinga.
2
En la ciudad de asfalto estoy en casa. Desde el principio
Provisto de los últimos sacramentos:
De periódicos, tabaco y aguardiente.
Desconfiado y vago y contento al fin.
3
Soy amigable con la gente. Me pongo
Un bombín en lo alto según su costumbre.
Digo: son animales de olor muy especial
Y digo: no importa, yo también lo soy.
4
En mis mecedoras vacías por la mañana
Siento a veces a un par de mujeres
Y las contemplo con tranquilidad y les digo:
Aquí tenéis a alguien en quien no confiar.
6
Al alba mean los abetos en el gris amanecer
Y sus bichos, los pájaros, empiezan a gritar.
A esa hora en la ciudad bebo mi copa,
Tiro la colilla del puro y me duermo desasosegado.
7
Especie delicada, estamos sentados
En casas que pasaban por indestructibles
(así hemos construido los altos edificios de la isla de Manhattan
Y las finas antenas que sustentan el océano Atlántico).
8
De estas ciudades solo quedará ¡el viento que las atraviesa!
La casa le alegra al tragón: la vacía.
Sabemos que somos interinos y que, tras de nosotros,
No vendrá nada digno de mención.
9
En los terremotos que vendrán espero
No dejar que apague la amargura mi puro de Virginia,
Yo, Bertolt Brecht, arrojado a las ciudades de asfalto
Desde los bosques negros, dentro de mi madre, a una temprana edad.1
Se verá que aquí la situación es otra, casi en todos sus aspectos. El pronós-
tico y el ocaso no se comprenden tan así nomás, y aunque uno no pase por alto
los “norteamericanismos” del poema, a este sujeto le falta mucho para ser un
“norteamericano promedio”. Aquí, ya en el año 1922, Brecht articula elementos
casi neobjetivistas de la posición del hombre de ciudad, tal como luego se delinea-
rá en el Libro de lectura para citadinos que tenía en mente. Este tipo de elementos son
un estilo seco, la aceptación natural del frío mundo de las relaciones cosificadas,
la amabilidad con la que se reconoce que cuando uno se precipita a la desgracia
los demás no tienen la culpa. Tampoco el Brecht que colocó la mutabilidad de
lo malo en el centro de su pensamiento no sucumbió nunca al impulso de pedir
cuentas al primer responsable que estuviera a su alcance. Precisamente el Brecht
marxista, que sabía que los terremotos “portan sombreros”, siempre volvió a
representar el modo en que el individuo se ve confrontado a frío y violencia como
efecto de una larga cadena causal.
En los bosques hace frío, y no puede hacer más frío en las ciuda-
des. El poeta tuvo ya tanto frío en el vientre de su madre como en
las ciudades de asfalto en las que tendría que vivir. […] El poeta
habla como si ya en el vientre de su madre hubiese sido expósito.5
Así como aquí se muere sin que otros se preocupen al respecto y sin que uno
mismo se preocupe por ellos (o por la muerte o por Dios), también el pobre B. B.
puede contemplar a sus mujeres “sin preocupación”: no se preocupa por ellas, la
distancia consiente apacibilidad y una falta (amable) de cuidado.9
A la ambivalencia de frío bueno y malo se le suma otra duplicación en forma
de frío interno y externo: uno lo lleva adentro el pobre B. B., el otro lo afecta desde
afuera. Frías son las ciudades, afuera, donde uno puede calentarse un poco con algo de
aguardiente o con el fueguito de un puro de Virginia. Fríos son los bosques y frío es el
yo desde adentro, desde los bosques: “[…] el frío de los bosques / Dentro de mí estará
hasta que me extinga”. Esta frialdad, ¿es indiferencia o desamparo, cinismo o protección
salvadora? ¿El frío se detiene en la extinción? ¿Después de ella? ¿Morir o muerte son
estados de calidez? Porque podría ser que el sujeto tenga que perder lo que le es propio
–la procedencia de los bosques–, que tenga que extinguirse como “yo” para alcanzar el
calor. ¿Pero quiere alcanzarlo? ¿Qué significado tiene la frialdad de la que da testimonio
la extinción? La extinción de un miembro, su necrosis, su entumecimiento, salva, desde
un punto de vista biológico, a todo el cuerpo del frío con la aplicación de frío, con el
entumecimiento de determinadas partes del cuerpo y el abandono del circuito sanguí-
neo. Esta extinción de miembros es una especie de muerte provisoria, transitoria. Casi
muerto, el miembro ya no requiere más de los cuidados del organismo en su conjunto.
Es poco probable que el estudiante de medicina Brecht no haya conocido este significado
de la extinción, la necrosis. ¿Pero de qué cuerpo sería el pobre B. B., entonces, un brazo,
una pierna o algún otro miembro?
Estas preguntas muestran que no basta con el esquema de los opuestos sim-
ples o dobles. Los significantes, más bien, enlazan una compleja red de referencias
que tiene diversos planos, que vive de las alusiones. Así, la consonancia de “Wald”
[bosque] y “Asphalt” [asfalto] dirige la atención a una relación que no designa ni
oposición ni identidad. Lo que se puede constatar es, en lo que respecta al frío do-
minante, un juego complejo con el adentro y el afuera. Por un lado, el yo se sitúa
en los bosques, de donde, por lo visto, es sacado, luego se sitúa en el interior del
vientre materno. El frío es parte de los bosques, es decir, del espacio en el que se
2
El poema se divide en tres partes, cada una de tres estrofas. Las primeras
tres llevan un “Yo soy/estoy” en el primer verso, las tres siguientes una indicación
temporal (por la mañana, por la tarde, al alba), las últimas tres hablan de ocaso,
i La expresión alemana que encierra esa ambigüedad es “von allem Anfang” (N. de T)..
La escena sugiere la pregunta de qué sucede con estos gentlemen, una expre-
sión que remite a la amabilidad del sujeto (gentle), sin duda un norteamericanismo,
pero que solo con eso no es comprendido. Porque se puede mostrar que ostenta una
conexión –aunque oculta– con la dimensión poetológica del poema. Una entrada
del diario de Brecht informa sobre una conversación con Orge (Georg Pflanzelt) del
30 de septiembre de 1921, que trata precisamente acerca del “gent”, como aparece
en el texto. Se lee como un comentario sobre el poema del pobre B. B.:
Dice cosas inteligentes, tal vez, siempre que no haya ningún riesgo
y que alguien las recuerde sin acordarse quién las dijo. Es objetivo:
no trata como objeto el tema de la conversación, sino la conversa-
ción misma. El Gent jamás es irónico, siempre está serio y con los
pies en la tierra. Dedica a los demás el interés exacto que merece
su conversación. El Gent defiende todo por amor a la conversa-
ción, nunca por terquedad, y solo cuando no llama la atención.
Cuando alcanza cierto grado de perversión, defiende incluso las
cosas que más le importan. Con él acaso no se pueda hablar bien,
pero sí vivir estupendamente.11
ii En alemán se utiliza una misma raíz para el sustantivo “conversación” (Unterhaltung) y el verbo
“sustentar” (unterhalten) (N. de T)..
Son ante todo las estrofas siete a nueve las que evocan la imagen de un ocaso
catastrófico. La estrofa siete dice así:
Si corriera viento
Podría izar vela
Si no hubiera vela
Haría una con lona y estaca.16
La estrofa siete deja la duda al lector acerca de si los seres humanos direc-
tamente no habrán anhelado edificios destructibles. Si esa concepción estuviera
fundamentada, sería suficiente por sí misma para, al menos, volver dudosas
todas las lecturas pesimistas y “nihilistas” del texto que ven en este una visión de
destrucciones horrorosas y de la decadencia de la civilización moderna. La estrofa
ocho profundiza esta perspectiva:
Que los versos sobre el viento que quedará sean de los más famosos que Brecht
escribió probablemente se deba, entre otras razones, a que expresan, en una mezcla
única de tristeza, liviandad, profecía triunfal y fría resignación, una experiencia que no
se le oculta a ningún habitante urbano. La ciudad es la que le hace tomar conciencia
de forma nueva que también realidades aparentemente indestructibles están signadas
más profundamente que nunca antes por el carácter de la más veloz transición.
Lo especial de la mezcla brechtiana consiste en que sus textos invierten esa
experiencia en una experiencia placentera del sujeto mismo como transición. Así
como el pobre B. B. nunca está sentado y siempre pasa de largo, invisible, ante
todo, también lo hace el viento, que no permanece en ningún lugar. El gesto bíbli-
co se encarga, a la vez, de que los rasgos de abandono y desamparo, que forman
parte también en esa experiencia de sí mismo, no desaparezcan. La homofonía
entre “Städten” (ciudades) y “Stätten” (parajes) hace que en las ciudades también
se vean “Ödstätten” (parajes desolados), que solo conoce el viento. “Con su asfal-
to, sus trazados de calles y sus muchas ventanas, las ciudades, tras quedar destrui-
das y venirse abajo, habitarán en el viento”.20
Pero este aspecto de la negación no tiene la última palabra en el poema. Es
que no se trata solamente de una visión de futuro acerca de la transitoriedad, sino
de la caracterización de una forma de ser de la fugacidad en el aquí y ahora. El
desaparecer con los vientos sucede ya en el instante. Una vez, dice así:
Y si Brecht muestra un niño que con inocencia virginal fuma una Virginia en
medio de los terremotos encaja perfectamente en el cuadro: “Inocencia es el niño, y
olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma […]”.29
El sujeto despliega placenteramente una pluralidad, puede superarse y olvidarse
porque se sabe transitorio. “[…]Un nómada soy yo en todas las ciudades, y una despe-
dida junto a todas las puertas”.30 No se demora a sí mismo ni demora al lector en sí, y,
sin embargo, es un pasaje: “Quien haya leído este poema, ha pasado a través del poeta
como por una puerta sobre la cual se lee B. B. escrito en letra erosionada”.31
1980/2016
La ópera de los tres centavos hizo época en la vida de Bertolt Brecht. El éxi-
to mundial –después de su estreno en agosto de 1928 la obra fue representada
en 120 teatros y recorrió toda Europa– le devengó por primera vez una buena
suma de dinero; él, que pocos años antes todavía había estado internado en la
Charité de Berlín por desnutrición, se hizo –relativamente– rico. Pero, y esto no
suele valorarse lo suficiente, no se dejó arrastrar por la ola de este éxito que se vio
prolongado en otro sentido por el escándalo teatral que desató Mahagonny al año
siguiente, sino, por el contrario, se abocó al movimiento de la música escolar, a
las escuelas obreras, y desarrolló su concepción más radical de la pieza didáctica,
que ya trasciende experimentalmente el teatro épico y hace estallar el teatro como
institución en su conjunto. La ópera de los tres centavos lleva huellas de esta radicaliza-
ción política y estética, pero, tal como da testimonio el malentendido de su enor-
me éxito, estuvo a la medida de las expectativas de un amplio público burgués.
Los motivos por los que lo profundamente malicioso de la obra de teatro alemana
quizás más conocida a nivel mundial haya sido tan poco percibido son, por un
lado, la conservación del marco teatral, que no es violentado como en el learning
play y que protege al público de experimentar un placer demasiado intenso y del
horror productivo de la autognosis. Por otro lado, la música perturbadoramente
extravagante de Kurt Weill y no en última instancia la gracia aguda del “carácter
drástico y sentencioso” del lenguaje brechtiano, que hizo (y hace) posible disfrutar
hasta las ocurrencias más siniestras con regocijo. Quien hoy se ocupe de La ópera de
los tres centavos, sin querer conformarse con una historización positivista y sin apun-
tar a la mera diversión, se enfrenta artísticamente a una situación casi irresoluble,
también altamente problemática en términos teóricos, precisamente por la incisiva
popularidad de la obra. Parecería que cuanto más exitosamente una puesta en
escena actualice el ingenio y aquello que alguna vez fue agudeza corrosiva, con
2016
Canto de Mahagonny n° 1
¡Vamos a Mahagonny!
El aire es frío y fresco,
Carne de caballo y de mujer,
Mesa de whisky y de póquer.
¡Vamos a Mahagonny!
El barco ha zarpado ya.
La ci-ci-ci-ci-civilis
Allí se nos curará.
La ley en Mahagonny es tal que todos los días se necesita dinero y, si uno
“estuvo muy activo”, “quizá precisó algo más”. Hay que salvar el propio pellejo, al
mejor precio posible, pero lamentablemente uno no es visto más que como “car-
ne”, de la misma manera que uno mismo considera a las “hembras” como carne.
Todos están sujetos a la usura:
Abonar, contar, cambiar: el tema de este segundo canto es el pago, así como
el del primero es la partida. Pero para comprender la canción no se puede hacer
1 La similitud fonética se da en alemán entre “Häute” (piel, pellejo) y “Leute” (gente) (N. de T.).
Si el tema del texto es el pago, entonces en este pasaje queda en claro: per-
der es ganancia. Incluso cuando la canción habla de que “a todas las personas
se les quita el pellejo”, habría que pensar en que en Brecht es frecuente encon-
trar la imagen de la piel demasiado gruesa, que obstaculiza el contacto.
Se puede decir que el análisis de Brecht del goce, en tanto característica
constituyente, en el canto uno produjo la partida, el anhelo de lo nuevo. En el
segundo canto, el análisis dio como resultado que perder forma parte del goce.
Veamos más en detalle cómo es posible que –no en última instancia por una
utilización polisémica de los tiempos verbales– se unan así crítica social y utopía:
la estrofa uno cuenta en presente acerca de la relación de cambio en general,
la estrofa dos, acerca de los precios altos, es decir, de una agudización de los
conflictos ya delineados en la estrofa uno. Las estrofas destacan lo negativo
de las circunstancias narradas. El estribillo se encuentra en pretérito simple, y
contrapone a los momentos “malos” un “pero” de peso: hubo que pagar caro,
pero se sacó un beneficio. La relación de estribillo y estrofa vuelve dudoso todo
lo enunciado. En ningún lugar, si se observa con precisión, se encuentra una
condena lisa y llana de las condiciones mercantiles. Se pueden comprender,
totalmente en sintonía con el comentario de Brecht de que se trata del goce en
forma de mercancía, que, paradójicamente, perder sea justamente imprescindi-
ble para el goce. De ninguna manera la pérdida está vista como una limitación
que uno abandonaría cuanto antes mejor a favor del ganar. Porque: ¿cómo
cierra el último estribillo?
¡De golpe, perder aparece como paraíso perdido! “Hoy”, cuando todos están
con Dios y lo “barato”, solo cuenta la ganancia, la conservación y el ahorro. ¿Se
dio inicio a una decadencia de Mahagonny? Por un lado, el último estribillo se en-
cuentra en presente y dice así: hoy se perdió la capacidad de perder. Por otro lado,
en la tercera estrofa, a diferencia de las anteriores, solo se habla de “muchos”, no
de todos. Antes todos vendieron todo y se entregaron a disfrutar de la pérdida.
Ahora muchos venden tan solo muchos pellejos:
En el mar y en la tierra
Se ven moler lentamente los muchos molinos de Dios
Y por eso muchas personas
Están vendiendo sus pellejos
Pues les gustaría vivir despojados, aunque no despojados de plata.
Un modismo estadounidense (I’ll eat my hat, if…) se vuelve un giro que po-
dría provenir de una pieza de Beckett. Más intensamente, el deseo se dirige luego
a un abandono de la posición humana en general. Al final de la escena se dice:
“Ay, chicos, es que no quiero ser un hombre”. Y ese deseo, a su vez, desemboca
de manera consecuente en la mimesis hacia la naturaleza con su horror o terror.
Siempre la conciencia se interpone, sanciona leyes, prohibiciones, pensamientos
establecidos, produce algo “a lo que uno puede atenerse”. Desde el deseo de dejar
todo esto tras de sí se traza un arco hacia el famoso conocimiento:
Y:
Canto de Mahagonny n° 3
1
Vimos a Dios en Mahagonny.
¿Así que bebéis como esponjas
Mi mies que es mucha, año tras año?
Nadie esperó que yo llegara
Si llego ahora, ¿todo está a punto?
[…]
2
¿De qué os reíais en viernes?
Yo vi a Mary Weeman de lejos
Nadando muda como bacalao en el lago de sal
Ya no se seca más, señores.
[…]
3
¿Veis aquí estos cartuchos?
¿Habéis matado a mi misionero?
¿Acaso tengo que vivir con ustedes en el cielo
Viendo sus canas de borrachos?29
¿A dónde?
A ninguna parte.
¿De quién huyen?
De todo.
¿Preguntáis cuánto tiempo llevan juntos?
Muy poco.
¿Y cuándo se separarán?
Pronto.
Así el amor a los amantes les parece un sustento.
Esta apariencia es generada por el mismo lenguaje poético, que logra articu-
lar la escisión: solo en él, siempre impregnado de ficción, engaño, ilusión, asume
Paul quiere ir a Alaska, donde, según llegan las noticias, hay bosques negros
y fríos, esos bosques, por ende, de los que también el pobre B. B. es llevado a la
1978 / 2016
Si hoy uno quiere hacerse una imagen de Brecht como teórico teatral, que
a esta altura suele ser juzgado con mayor escepticismo que el poeta, se requieren
dos perspectivas comunicadas entre sí. Una se abre por una relectura del concepto
de teatro épico. La otra es la mirada sobre sus teorías a la luz del desarrollo del
teatro contemporáneo desde Brecht, que produjo una serie de formas que uno
puede llamar post-brechtianas, pero en las que el legado de Brecht no se mani-
fiesta en su totalidad, sino, por así decirlo, descompuesto, en elementos sueltos.
Es como si la historia del teatro más reciente hubiera hecho carne de la tesis de
Brecht sobre el valor material y elaborara sus ideas de la manera en que él mismo
lo proponía en los años 1920 para los clásicos: como un auto usado que ya solo se
estima según su valor material. Partes de su teoría y práctica son enajenadas del
contexto original, provistas de otro sentido y utilizadas para otros fines, tal como
amaba proceder Brecht mismo con los clásicos. En aquella época se oponía a que
Cierta veneración dañina, una piedad desconsiderada y brutal impida al pú-
blico sacar provecho del valor material de sus [de Hebbel] trabajos ya realizados.
La obra Wallenstein por ejemplo, para no pasar sin dejar rastros por algunos lecto-
res hasta ahora incólumes, además de su utilidad para fines museísticos también
contiene un valor material nada escaso; la trama histórica no está mal organizada,
el texto, por largos tramos, es correcto, finalmente utilizable si se lo reduce y se lo
provee de otro sentido. Algo parecido pasa con Fausto […].1
Hasta qué punto para acercarse a asir el gesto verbalmente haría falta una
explicación de amplitud casi épica, hasta qué punto, dicho de otra manera, se ale-
ja de un significado conceptualmente determinable (un significado que el trazo de
Brecht por supuesto sugiere en muchos pasajes) es algo que se puede ver cuando
Brecht se vuelve concreto para ilustrar el “contenido gestual” y discute el comien-
zo de su Galileo Galilei. Quiere –leemos– “echar un vistazo a cómo las diversas
manifestaciones se iluminan mutuamente”. El actor debe entender y representar a
Galileo higienizándose por la mañana y tomando leche a partir de su conocimien-
to del final, la “cena del hombre de setenta y ocho años”. Por un lado, Galileo
aparece “ávido de instruir al niño”, a la vez, esa avidez debe ser mostrada como
transformable en la otra “avidez imparable” con la que el viejo Galileo “devora-
rá” su cena, como escribe Brecht, después de haber traicionado su avidez por la
Hasta el día de hoy, los especialistas en Brecht conciben dos de sus conceptos
básicos, la fábula y el gesto, solo como determinaciones lógica y armónicamente
complementarias entre sí del teatro épico. Casi en ninguna oportunidad se con-
sideró la posibilidad de que entre aquello que tiene en la mira la idea brechtiana
del gesto y su concepto de fábula podría no existir una relación de consecuencia
armónica, sino una oposición, quizás incluso insalvable. Hans Martin Ritter, en
su análisis extraordinario del “principio gestual” en el “modo de proceder” de
Brecht, diferencia “los aspectos: continuidad general de la acción (1), desarticula-
ción de esta continuidad en unidades pequeñas y contradictorias (2), descompo-
sición de estas en sucesos parciales (3), observación de las contradicciones hasta
en las posturas de las personas involucradas, que se condicionan mutuamente (4),
la manifestación de las contradicciones en el gesto concreto (5)”. Pero cuando se
trata de la unidad de la totalidad, el exegeta, probablemente, se deje conducir
demasiado por Brecht. Los pequeños pasos gestuales de un suceso parcial –dice–
1999 / 2016
Los apuntes que siguen se aproximan a Brecht desde un ángulo poco usual.
La medida, la culpa, la transgresión: a mi entender, estos conceptos presiden el
discurso de Brecht, no solo su teatro, de una manera firme pero, a la vez, oculta.
El hecho de que en su obra el individuo abdique, lleve a cabo su “destitución”
(como si fuera un monarca), deja una huella en la escritura de Brecht porque en la
extinción del rostro está postulada su presencia vinculante, digamos, por la nega-
tiva; en la dimensión expulsada y derrocada de la irracionalidad vuelve visible la
fuente de poder de la razón, en lo asocial, la conditio sine qua non de la modificación
de lo social. Bertolt Brecht fue un poeta de la medida.
Para el pathos de la moderación tenía un sexto sentido, muy poético. La
medida abarca mucho, casi todo. La política es lo que da la medida. Sienta la
medida de lo permitido y lo prohibido, sopesa relación y mesura de los medios
y los fines, la medida del derecho. Pero lo que escapa a la política, así como al
discurso racional, es todo aquello que no sabe de medida alguna, no tiene medi-
da, lo desmedido: el deseo, todas las aspiraciones que se sustraen a la ratio de la
autoconservación, a la responsabilidad. La medida es la ratio misma: proporción
y cálculo. Por ese motivo, La medida es un texto clave de Brecht, del poeta de la
ratio “tanto como” de aquello que permanece ajeno a ella.
¿Quién os espera?
Muchos nos esperan al otro lado del mar.
¿Quién os espera?
Nuestro padre y nuestra madre nos esperan.
¿Quién os espera?
Nadie nos espera.
Ahora lo sabéis:
Nadie
Muere si morís vosotros.
Ahora han alcanzado
Su dimensión más pequeña.
Al llamarlo, surge.
Al cambiarlo, existe.
Quien lo necesita, lo conoce.11
1994/2016
i El nombre Keuner se asocia en la obra de Brecht con el pronombre “keiner”, que significa “ninguno / nadie” (N. de T.).
No hay un drama de Fatzer. Pero tiene que llamar la atención que Brecht se
refiere al menos tres veces en el fragmento Fatzer al modelo de la tragedia antigua.
De repente, se lee en un apunte: “La tragedia de la parte final es una tragedia
dialéctica”. Sin mediación alguna también aparece la formulación “Mucho de lo
impetuoso tiene vida”, una asociación evidente a la famosa canción del coro sobre
el hombre en la Antígona de Sófocles. De hecho, Fatzer puede leerse como una
versión moderna de Antígona. La ley y el horror se enfrentan aquí y allá de manera
asimétrica, lo “impetuoso” o monstruoso, siniestro del hombre se sitúa preci-
samente en esa disyuntiva de ser el ser “ingenioso” por excelencia, pero poder
fracasar por el nomos de la polis autopostulado. Brecht comenta que la tragicidad
hunde sus raíces en el hecho de que el “tipo” Fatzer implica a todos “en asuntos
privados”, en particular en la pelea por la mujer. Antígona era la que implica al
Estado en asuntos que en apariencia son “privados”, la familia como ámbito de
conflicto pre y extrapolítico5, que, sin embargo, terminan siendo la base real de la
polis. En el fragmento “Fatzer, ven” se encuentra el siguiente pasaje: “El derrotado
no escapa / A la sabiduría. / ¡Agárrate y húndete! ¡Ten miedo! ¡Húndete de una
vez! / Hasta el fondo / Te espera la lección”. Esto, a su vez, no es sino una versión
del pathei matos (aprender mediante el padecimiento) esquileano, y la exhortación
“¡Ten miedo!” cita la fórmula trágica “temor y compasión” y apunta en el sentido
de la fórmula phobos y eleos a una catarsis. Pero el antiguo “ritual higiénico”, como
gustaba escribir Brecht, tiene aquí un acento político particular. El texto prosigue:
“Tú que enseñaste a todos / Aprende con las inestimables / enseñanzas de la
masa. / Ocupa el nuevo puesto”. La nueva catarsis significa que el que ha sido
demasiado interrogado ya no necesita dar más respuestas. Ahora recibe él mismo
instrucción como hombre masa. En esa masa ya prácticamente no se trata de
juzgar [richten], sino de instruir [unter-richten]. Si es lícito leer esto último como “me-
nos” que juzgar, como una forma reducida de juzgar, el resultado de esta catarsis,
después de la cual juzgar y dirigir ya no predominan, es una posición radical-
DOS COROS
Este texto amerita un comentario detallado. El título “Dos coros” puede sig-
nificar que Brecht tenía en mente dos coros, pero solo desarrolló uno de ellos, no
obstante, de la misma manera puede referirse a dos posiciones de habla o voces,
a favor de lo cual habla la división en dos, la repetición a modo de estribillo de la
“escena” final de la totalidad (la habitación completamente destruida). También
hay una cierta bipartición de los niveles de la visión y del lenguaje. Pero el texto
(atribuido a la cuarta etapa de trabajo) manifiesta a la vez la tendencia a lo coral
del trabajo de Brecht en Fatzer. En esta última etapa de trabajo, la importancia de
los coros, y junto a estos los monólogos, principalmente de Fatzer, aumenta frente
a las escenas anteriores que apuntaban más aún a una dramaturgia épica. A la vez
se suman los comentarios. Se puede resumir diciendo que la continua renovación
en el modo de concebir la dramaturgia de Fatzer aleja del diálogo de la colisión
conduciendo a una dualidad y polilogia musical de voces. No obstante, comenta-
rio, monólogo y coro comparten el parentesco dramatúrgico de que hablan todos
como “desde” la ficción. Si en Brecht en general, también en el drama épico,
2002 / 2016
Givolà: ¡No puedes andar así delante de los de la coliflor! ¡Es muy
poco natural!
Ui: ¿Qué quiere decir poco natural? Nadie es hoy natural. Cuan-
do ande, quiero que noten que ando. […]
El actor: Creo que esa forma de andar es la adecuada para sus
fines, señor Ui. ¿Qué más desea?
Ui: Aprender a estar de pie. Delante de la gente.
Givolà: Ponte detrás a dos tipos bien plantados estarás magnífico.
Ui: Qué tontería. Quiero que, cuando esté de pie, me miren a mí
y no a los tipos que estén detrás. ¡Corríjame!
(Adopta una pose, con los brazos cruzados sobre el pecho).
El actor: Quizá. Pero es vulgar. No querrá parecer un peluquero,
señor Ui. Cruce así los brazos. (Cruza los brazos de forma que se vea el
dorso de las manos, que descansan en los antebrazos). Un pequeño detalle,
pero la diferencia es enorme. Véalo en el espejo, señor Ui. […]
Givolà: Pero podrían decir que no es
Auténtico. Hay gente que para esas cosas
Es muy rara.
Ui: Evidentemente que la hay.
Pero no se trata de lo que piense un profesor
O algún otro superlisto, sino de cómo
Se imagina el hombre sencillo a su señor.
Con eso basta.9
Después Schall aparece delante del telón, que acaba de cerrarse, se quita la
barba falsa y dice el famoso epílogo:
2016
Para reconocer la temática que gestó la obra Galileo, y que es de índole polí-
tica, es preciso imaginarse la situación del autor que estaba viviendo en el exilio al
escribir la primera versión de la obra. El año 1938 trajo consigo las victorias nazis
en Checoslovaquia y Austria. A comienzos del trabajo sobre Galileo tuvo lugar
la Noche de los cristales rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938. En esa época,
Brecht escribe acerca de una “oscuridad que crece a pasos agigantados sobre un
mundo desvariado” y habla de una “época reactiva”. Sin embargo, si sobre la
base de estas circunstancias, tal como lo suele hacer en gran medida la investiga-
ción brechtiana hasta el día de hoy, se reduce el significado de la obra al llamado a
la inteligencia burguesa a resistirse al fascismo, se le amputa a la obra, en beneficio
de una verdad a medias –sin duda incuestionable– su núcleo semántico provoca-
dor. Para dilucidarlo es preciso comenzar con el recuerdo de que no solo en la fase
de las piezas didácticas, donde es evidente, sino en la producción teatral de Brecht
en su totalidad prácticamente siempre se trata de la elaboración de conflictos no
resueltos y en cierta medida irresolubles al interior del propio pensamiento, del pensa-
miento marxista, comunista, de problemas desgarradores de la conciencia experi-
mentados por el propio poeta.
Mientras una gran parte de sus lectores, también de los académicos, siempre
quiere volver a instalarlo en la posición de la autoridad inapelable, el contenido
semántico de las obras de Brecht rara vez puede ser aprehendido en el sentido de
una expresión unívoca de sus convicciones políticas. Contra tal conocimiento de
causa atentan innumerables interpretaciones, y no solo en el caso de Brecht: las
posiciones sociopolíticas de un gran autor, más que ponerlas en juego en sus tex-
tos, se las juega en una apuesta. Si así no fuera, el arte, de hecho, habría merecido
el predicado “particularmente superfluo”, en tanto mera duplicación fatigosa de
la conciencia del autor. Pero tan simple no es la cuestión en las obras de Brecht, ni
siquiera en aquellas que más se ofrecen al reproche del teatro aleccionador. “(…)
es difícil averiguar qué quiere decir el autor en Galilei o en El alma buena de Sezuan,
Mi maestro
El grande, el amable,
fue fusilado, condenado por un tribunal del pueblo.
Como espía. Su nombre fue anatemizado.
Sus libros fueron destruidos. La conversación sobre él
Se volvió sospechosa y ha enmudecido.
¿Y si fuera inocente?
Y continúa:
Ahora bien, ¿no se trata aquí también de una retórica demasiado perfeccio-
nada que tapa un miedo más profundo?
No obstante, esto “tiene que ver […] con las construcciones minuciosas de
cabo a rabo que realiza Brecht del argumento. […] Una cosa se explica a partir
de lo otro, toda contradicción tiene sentido hasta que […] el argumento cierra. El
teatro épico que presenta aquí Brecht tiene como fundamento una hermenéutica
de la forma cerrada”.35 Pero esta ambigüedad del texto, según muestra Heeg, per-
mite reconocer lo cerca que aún se encuentra el teatro épico de Brecht del modelo
dramático clásico, que querría hacer patente el sentido en la totalidad de la obra.
Resta añadir un dato curioso que es más que eso. En un episodio que Brecht
en 1938 había incluido a su primer borrador de Galileo pero que después descar-
tó, Virginia lee a Galileo algunas de las inscripciones de las vigas del techo de la
biblioteca de Montaigne. Galileo comenta cada una de las inscripciones hasta que
llega a la siguiente: “Virginia: Dios creó al hombre como una sombra. ¿Quién
puede juzgarlo cuando se puso el sol? Galileo guarda silencio”.37
Lo cual vuelve a plantear la pregunta por un teatro más allá de fallo judicial
y sentencia, que estaría a la altura de las dimensiones materialistas del texto de
Brecht, en el sentido de Althusser, es decir, de sus fracturas, sus lagunas, su enmu-
decimiento.
1988/2016
Pensar a Brecht y a Kafka juntos es algo que para más de uno sigue pare-
ciendo osado, al menos en una primera mirada. Y, sin embargo, en algunos teóri-
cos y artistas importantes se los encuentra en un mismo horizonte de reflexión. Su
interés por Kafka y Brecht indica similitudes, incluso identidades, más profundas,
quizás más ocultas de lo que permite suponer el esquema de la recepción usual.
Ya el paralelo de que ambos autores se valgan de un género didáctico –por
un lado, la pieza didáctica (Brecht), por el otro, la parábola (Kafka)– pero a la vez
lo trabajen a contrapelo, es algo que llama la atención. En Kafka no se trata de
un sentido en ropaje parabólico, sino, por así decirlo, de “parábolas ciegas”, según
un concepto feliz que debemos a Gerhard Neumann. Se exhiben como parábolas
que justamente cuestionan, en forma de enunciación de un sentido disfrazada, la
enunciación de un sentido. Ahora bien, si se mira bien, en Brecht también se trata
de la simulación de una enseñanza. Lo que las piezas didácticas realmente tienen
para enseñar es más el límite de todo lo enseñable que las célebres sapiencias de
que la lluvia cae de arriba hacia abajo. Su enseñanza [Lehre] se acerca más bien
a un vacío [Leere], la pieza didáctica es una pieza vacua. Respecto de Kafka, este
conocimiento se impuso ampliamente, enlazado con la idea de que la crítica del
sentido no equivale a ausencia de sentido –en ese caso, su obra carecería de inte-
rés–, sino que la posibilidad de un sentido es algo que se negocia. Con respecto
a Brecht, la situación es otra, porque la costra de los prejuicios sigue siendo muy
gruesa e impide que se vuelva visible un Brecht distinto al Brecht didáctico usual.
Para este otro, sin embargo, motivos como lo absurdo, la pluralidad irrevocable de
interpretaciones, la duda y la risa batailleana acerca del sentido que estalla desem-
peñan un papel que aún no ha sido valorado lo suficiente.
¿Qué quiere decir en otro lugar? En Kafka hay una crítica del lenguaje como
comunicación, como un acto que deja fija la realidad cosificándola, crítica que lo
impulsa a preocuparse por algo así como un “lenguaje puro”, a la osada empre-
sa –en el fondo por supuesto imposible– de preservar el lenguaje, de rescatarlo
desmantelando su función referencial y así toda diferenciación certera entre lo real
y lo metafórico, humano y animal. El lenguaje, en Kafka, busca el punto en el que
–como afirma Gershom Scholem de la Sagrada Escritura de la Torá– en el fondo
no significa nada, sino que se manifiesta solo a sí misma. No representa un sentido
sino hace manifiesta una fuerza y nada más. Según Scholem, la Torá no es más
que jeroglífico del nombre de Dios, la palabra absoluta: “En su origen, esta palabra
se comunica en su infinita plenitud, ¡pero esta comunicación –y esto es lo determi-
nante– es incomprensible! No es una comunicación que sirva al entendimiento”.9
Nikolaus Müller-Schöll llamó la atención sobre lo relevante que es en la
percepción que tiene Benjamin de Brecht la idea de que en Brecht existe un
planteo sin duda análogo, a saber, la “dirección hacia una lengua purificada de
todos los elementos mágicos”.10 Se trataría de una lengua que podría llamarse
radicalmente finita y un medio en sentido puro, una lengua “sin ética, moral o
conocimiento, una lengua sin cosificación, sin incertidumbre acerca de hablante
o relator, sin diferimiento ni distracción del sentido”.11 En Kafka, la lengua que
considera “lengua pura” sería una lengua que en el fondo no signifique nada.
Dejamos aquí la problemática de la filosofía del lenguaje que interviene en estas
reflexiones y nos conformamos con la comprobación del paralelo entre Brecht y
Kafka en este punto.
Mientras Kafka, en la búsqueda de una “lengua pura” intenta liberar a la
lengua misma de su función representativa, Brecht, por más conciencia que tenga
de lo desacertado y erróneo que conlleva el lenguaje como representación, no
quiere desistir del habla en forma de enunciación, y probablemente lo haga con
la mira puesta en la eficacia del arte, una eficacia posible y como fuera, indirecta,
probablemente política. Pero la enunciación está sujeta en su escritura, de manera
similarmente radical como en Kafka, a una cesura: mediante desfiguración,
desplazamiento, oscurecimiento, carácter sospechoso allí donde uno cree percibir
primero un enunciado claro o un juicio bien definido. Sin embargo, deja que la
copia, la comunicación, el lenguaje cotidiano y el enjuiciamiento ingresen en su
escritura, pero refracta, escinde y transpone, desplaza estos gestos en tal medida
que la conciencia política termina con un ataque de vértigo. Brecht no temió
¿Cómo veía Brecht mismo a Kafka? Benjamin cuenta que Brecht, en su pre-
sencia, llamó a Kafka el “único escritor auténticamente bolchevique”. Y Brecht
apuntó sobre Kafka:
En mí luchan
el entusiasmo por la belleza del manzano en flor
y el horror por los discursos del pintor de brocha gorda.
Pero solo esto último
me empuja al escritorio.19
Más que en Brecht, que no tiene una escena de esa índole, más de un lector
probablemente piense en Kafka.
El arte es: hacer lo que no se puede, gustaba decir Heiner Müller. La teoría
nos dice de manera un poco más refinada que la modernidad en su conjunto se
sitúa bajo el signo del no-logro, del fracaso. Comienza con el colapso, el desmo-
ronamiento, la invalidación de todo marco ordenativo y de ahí lleva en cierta
medida como diploma de honor el malogro. Kafka se concibió a sí mismo en
este sentido como un fracasado (como es sabido, quería arrojar al fuego todo lo
que había escrito). Como todos los representantes de la modernidad en el arte,
Kafka puso en tela de juicio la primacía del saber y de la forma de la representa-
ción, determinadas cognitivamente, ante la experiencia, que siempre transmitiría
2016
Quiso el azar del abecedario que los nombres Adorno, Brecht y Celan se eri-
gieran en ABC de la reflexión sobre el estado del arte en el presente. Nos dejamos
llevar por este azar y presentamos la crítica de Adorno a Brecht por medio de un
desvío, a saber, reflejada en un breve poema de Paul Celan “para” Brecht. Es el
siguiente:
Indulgencia significa aquí una visión desde el futuro “hacia” el presente del
horror. Los padeceres y pesares de los expulsados y perseguidos –“Porque íbamos,
cambiando de país más que de zapatos, / por las guerras de las clases, desesperados
/ cuando allí encontrábamos injusticia solo y no indignación”3– deberían bastar
para al menos relativizar el juicio crítico de la posteridad sobre los que vivieron,
emitieron juicios y lucharon en aquella época. Porque se cuenta con un juicio sin
indulgencia. También aquellos que luchan contra la injusticia están intrincados en
ella, sus rasgos están desfigurados, su voz, ronca, como lo enuncia el poema:
Las obras de Beckett son incompatibles con las normas del gusto,
las provocan y las violan; no hay en él por contra ni una frase
que no haya almacenado en sí el gusto acumulado de todo arte
moderno y que no reciba su sustancia más que la negación de ese
gusto. Brecht, a quien la discusión sobre el teatro contemporáneo
se suele contraponer a Beckett, en esto no era en modo alguno
diferente a él. Cabría sin violencia presentar su obra como conse-
cuencia de un gusto que era tan susceptible, que todo lo que era
de buen gusto acababa por atacarle los nervios.10
A juicio de Adorno, Brecht pecaba por tres posiciones vinculadas entre sí:
la dimensión comunicativa del arte, el carácter didáctico y el énfasis en la con-
ciencia. Según Adorno, el arte tiene que dar de baja a la comunicación, viciada
hasta la médula. Mientras las obras de Beckett giran herméticamente cerradas y
sobre sí mismas, los escritos de Brecht están interesados en la ideología de influir al
público, a los lectores.
En una conferencia (o, mejor dicho, en una charla) titulada “Brecht y Bec-
kett”, Hans Mayer, en 1995, pocos meses antes de la muerte de Heiner Müller,
destacó la alta estima que Beckett tenía de Brecht. “Sé y puedo atestiguar que
Beckett hablaba con una profunda admiración de Brecht. Conocía todo su tra-
bajo”.15 Por más que el fundamento compartido de la parábola, mencionado por
Mayer, la negación compartida de la influencia directa del arte en la sociedad, el
desagrado compartido por la ilusión realista, dicho brevemente: las raíces compar-
tidas en la modernidad seguramente no sean suficientes como para considerarlos
vecinos, sigue habiendo de todos modos una proximidad llamativa entre ambos,
que aún no ha sido comprendida del todo.
2014/2016
300 “USTED SE VA A REÍR: HAY QUE PROCEDER DE MANERA SISTEMÁTICA”: BLOCH Y BRECHT
i Personaje de la tradición folclórica alemana que se burla de la sociedad mediante bufonadas [N. de T.].
302 “USTED SE VA A REÍR: HAY QUE PROCEDER DE MANERA SISTEMÁTICA”: BLOCH Y BRECHT
1985 / 2016
304 “USTED SE VA A REÍR: HAY QUE PROCEDER DE MANERA SISTEMÁTICA”: BLOCH Y BRECHT
1
Enfermo de sol y comido por las lluvias
En el pelo revuelto laureles robados
Olvidó su juventud, pero no sus sueños,
Olvidó el techo, nunca el cielo sobre él desplegado.
2
Oh vosotros, de cielo e infierno expulsados
Asesinos, que sufristeis en la propia piel
¿por qué no os quedasteis en los vientres de vuestras madres
Donde se dormía en paz y se estaba tan bien?
3
Pero él aún busca en océanos de ajenjo,
En regiones que hasta su madre olvidó,
Sonriendo y puteando y no sin privaciones
Ese país de siempre, en el que se vive mejor.
4
Recorriendo infiernos, hostigado en paraísos,
Con tranquila sonrisa y rostro que se desvanece,
En ocasiones sueña con un jardincito
Cubierto de cielo azul y nada más.10
i “Gelegentlich” comparte la raíz con “liegen”, estar acostado, y su terminación es homófona al pronombre per-
sonal de primera persona, “ich” (N. de T.).
ii “Paradiese” y “Wiese” (N. de T.).
Por un lado, los vivos están “llenos de asco y fríos de odio” frente al muerto
porque no quiso aceptar la muerte. Por otro lado, el moribundo no puede sino
reírse cuando lo exhortan a aceptar la muerte como un gentleman, con ecua-
nimidad. Cuando el cuerpo reclama su deseo de vida y duración, el individuo
se encuentra en una confrontación desgarradora con el frío, la violencia de la
naturaleza y la muerte. Esta confrontación inmediata es dominante en el Devo-
cionario del hogar. Las ideas de ingresar en la naturaleza siempre vuelven a estar
claramente marcadas como ficciones conscientes, imágenes poéticas de la escisión
superada. Pero la experiencia expresada en los poemas como “De la muerte en el
bosque” no habilita a hablar en Brecht de ideología de la naturaleza que efec-
tivamente creyera en una unión del hombre y la naturaleza, en su fusión. En la
misma medida en que para Brecht marxista el reconocimiento del proceso de la
historia, el conocimiento de la correcta postura política no significaba que la his-
toria sea considerada como afín al sujeto, tampoco las imágenes de la naturaleza
en el Devocionario del hogar significan que el hombre y la naturaleza existen en una
armonía, de la índole que esta fuera. Cuando tales representaciones aparecen en
los textos mismos, son caracterizadas como ficción. Ya aquí Brecht mantiene abierta
una escisión fundamental: la conciencia de la muerte en una naturaleza fría es la
luz fría en cuyo resplandor el sujeto textual realiza su disposición de una existencia
en desvanecimiento.
1978 / 2016
Hay una razón por la cual se puede preferir a Berlín frente a otras
ciudades: porque cambia constantemente. Lo que hoy está mal, ma-
Y al final se lee:
Muchas veces me sorprendo de que mi memoria sea tan débil. Todos mis asun-
tos, incluso los más peligrosos, los olvido en el acto. Incluso la persona amada de
mi juventud a la que tenía mucho afecto y que se me escapó de las manos por
una curiosa falta de sensibilidad de mi parte, hoy en el recuerdo se me represen-
ta como el personaje de un libro que alguna vez leí.3
No creo que llegue a tener nunca una filosofía tan completa como
las de Goethe o Hebbel, que debieron tener memorias de revisor
de tranvía en lo que respecta a sus ideas. Yo olvido siempre las
mías y no logro decidirme a memorizarlas. Ciudades, aventuras
y rostros naufragan asimismo entre los pliegues de mi cerebro
en menos que canta un gallo. ¿Qué haré cuando sea viejo? ¡Qué
penosamente viviré con mis recuerdos diezmados y mis ideas
desvencijadas, que no serán sino tullidos arrogantes!4
Quizás sea esta “ausencia” la que deja el blanco necesario para la expe-
riencia en la conciencia: ¿acaso la percepción tal como se describe aquí no tiene
que formar un patrón de ausencias donde la crónica no habría de acertar en
lo acontecido sino construirlo a posteriori? Esta fuerza significa, no en última
instancia, que los blancos en el continuum del pasado ofrecen la posibilidad de una
producción (estética). Justamente la imprecisión de la impresión de antes que se
va esfumando, lo olvidado a medias o por completo, constituyen experiencias que
no pueden ser reproducidas y, por consiguiente, no están “disponibles”, pero que
poseen un carácter exhortativo como las “construcciones semiderruidas” mencio-
nadas. Brecht apuntó en 1940:
Aquí queda claro que los contornos imprecisos del pasado dirigen los
pensamientos del observador al proyecto y al futuro como si justamente por su
desmoronamiento estuvieran a la espera de ser concluidos.8 La fascinación surge
de la ruina. No como irrupción de la historia natural en la del hombre como en
el siglo XVII o como fusión de naturaleza y cultura como a fines del siglo XVIII,
sino como experiencia “feliz” de lo posible, que no fue pensado todavía hasta su
término, no está listo y así inconcluso. Brecht destaca en lo que está “semiderrui-
do” lo “superado”: lo pasado incompleto se vuelve encriptación de lo presente
como un estado que ha de superarse.
“Conciencia” –esta “frase fundamental de Freud” usó de punto de partida
Walter Benjamin para formular su concepto de experiencia– “surge en el sitio de
una huella mnémica”.9 Lo que se expresa en esta frase para el plano de la con-
ciencia se convierte en figura poética en el poema de Brecht “Recuerdo de Marie
El yo, además, sabe contar de una nube en el cielo por encima de los aman-
tes: “era blanquísima y tremendamente alta / y al mirar de nuevo hacia arriba,
ya no estaba”. La segunda estrofa, la del medio, decide acerca de la comprensión
de la totalidad, porque aquí se indica cómo se presenta el olvido en el presente:
No solo se refiere a los muertos, sino al lado infernal del tipo de subjetividad
que se articula en la literatura de Brecht. Pero sigue siendo decisivo que el olvido
da la fuerza para otro nuevo comienzo. Se trata de separación y relevo. Porque
la separación es difícil de soportar, el sujeto precisa de la desmemoria para poder
desplegar su productividad. El olvido hace posible lo nuevo. Esta relación vio
Brecht en “Loa a la desmemoria”:
¡Buena es la desmemoria!
¿Cómo si no
Dejaría el niño a la madre que lo amamantó?
Que le otorgó la fuerza de sus miembros y
Que lo retiene de ponerla a prueba.12
Pero en las más pequeñas y grandes dichas hay algo que hace
que la felicidad sea tal: el poder olvidar o, dicho de manera más
erudita, la capacidad de poder sentir de manera no histórica,
abstrayéndose de toda duración. […] Y es que en toda acción hay
olvido, de igual modo que la vida de todo organismo no solo nece-
sita luz sino también oscuridad. Un hombre que solo sintiera por
entero históricamente se asemejaría, por tanto, a alguien obligado
a prescindir del sueño […].17
1978/ 2016
1
En el claro verano, cuando los vientos soplan
Solo en la copa de los más altos árboles,
Hay que flotar en ríos o en estanques
Como esas plantas en que viven los lucios.
En el agua se hace liviano el cuerpo. Cuando el brazo
Cae ligero al cielo desde el agua,
Lo mece el vientecillo olvidado
Porque suele tomarlo por ramaje moreno.
2
El cielo a mediodía ofrece una gran calma.
Uno cierra los ojos si vienen golondrinas.
El barro está caliente. Si brotan frescas burbujas,
Ya se sabe: un pez pasa nadando por nosotros.
Mi torso, los muslos y el brazo calmo
Yacemos en el agua calmos, muy unidos;
Solo cuando los fríos peces pasan nadando por debajo
Siento que brilla el sol sobre la poza.
3
Cuando de noche, de tanto estar tumbado,
Se siente uno muy vago, con muchas agujetas,
Hay que tirarlo todo, sin consideración,
4
Por supuesto que hay que tumbarse de espaldas
Como de costumbre. Y dejarse llevar.
No hay que nadar, no, solo hacer como si
Simplemente formara uno parte de la grava.
Hay que mirar al cielo y hacer como
Si a uno le llevara una mujer, y así es.
Todo sin grandes intrigas, como lo hace el buen Dios
Cuando aún nada de noche en sus ríos.1
Es probable que, de todos los poemas del Devocionario del hogar, este tex-
to sea el que más gira sobre sí mismo. Entrelazado como una enredadera, forma
un tejido ligero, fluido, una textura que invita al lector a comportarse como el
barco de Brecht que se hunde en el mar del lenguaje y explica:
Ahora bien, no es fácil seguir tal invitación porque este “poema del nado”
no ofrece por ningún lugar y a la vez casi por doquier ancladeros para la in-
terpretación. Los malos tiempos, gusta de decir Brecht, se los reconoce porque
no es que haya pocos consejos, sino demasiados. Si en el marco de un semi-
nario con un solo texto se pueden ensayar una docena de interpretaciones no
por completo disparatadas, semejante experiencia es vivida por muchos en un
principio no como algo placentero, sino como una amenaza. La irritación que
genera la multiplicidad de asociaciones, sin embargo, puede ser experimentada
como un elemento necesario que encauza la propia productividad lectora. La
El “poema del nado” pertenece a la segunda parte del Devocionario del hogar.
“Del nadar en lagos y ríos” y “Del trepar a los árboles” son los poemas que se
corresponden de la manera más directa con la caracterización en el título de
“ejercicios” (ejercicios espirituales). En primer lugar, se trata de una referencia a
las excercitia spiritualia. El hecho de que en los años posteriores a la Primera Guerra
Mundial existiera un interés difundido por Ignacio de Loyola y por la historia de
los jesuitas, del ordenamiento y la organización rígidas de su orden, se explica fácil
con la creciente inseguridad intelectual radical que, si bien ya había comenzado
antes de 1914, había capturado a los intelectuales desde la Primera Guerra Mun-
dial. También, el joven Brecht podía conocer traducciones y comentarios de los
escritos del santo español, posteriormente también se ocupó de estos, por ejemplo,
en relación con las piezas didácticas. Muchos rasgos del “poema del nado” pueden
establecer analogías con los ejercicios de Loyola del año 1548.15 Así, Brecht elige
1 2 3 4
lagos ríos
1 2 3 4
i El verbo stillen, ‘amamantar’, comparte la raíz etimológica con Stille, ‘calma’ (N. de T.).
1 2 3 4
Los ejemplos muestran que el reflejo del movimiento de arriba hacia abajo
es también uno de lo grande a lo pequeño. Las grandes tormentas arriba mutan
en el suave mecer del vientecillo, lo dramático se convierte en estado de cobijo.
No es lo salvaje la meta del placer, sino el calmo mecer y la liviandad, un placer
que solo en determinados momentos, para vitalizarse, muta en vehemencia. El
texto exhibe una estrategia de la disminución, lo que le da al motivo del “vien-
tecillo” en contraposición a los (grandes) vientos su significado especial. Brecht
siempre volvió a este tema, su utopía personal de lo pequeño: la reducción del
Trasladado al
Terreno
De la huella infalible:
Hierba, dispersada por la escritura. Las piedras, blancas,
Con las sombras de los tallos:
No leas más - ¡mira!
No mires más - ¡anda!22
No hay duda de que ostenta cierta similitud con el apacible Dios fluvial
de Brecht que, agotado, sin muchas vueltas, descansa, como Dios después de la
creación.
Quizás parecerá menos osado pensar el ejercicio brechtiano de este modo
que referido a la creación poética si se tiene en cuenta que un pequeño texto
de Goethe postula una mezcla similar de distancia y sumersión en el líquido
elemento para la producción poética:
3
Cuando de noche, de tanto estar tumbado,
Se siente uno muy vago, con muchas agujetas,
1978 / 2016
2002 / 2016
Baudrillard ya no cita este último verso del poema, que configura el mo-
tivo de Brecht del estar junto con muchos otros en una suerte de cántico coral
Y:
Una activación por partida doble. No basta solo con el “saber” que supera
el temor a la muerte en pensamientos (el tiempo “largo” ya se vuelve espacio).
“Ahora”, al oír el canto de las aves por la mañana, surge en una anagnórisis
más que racional un “mejor” saber, una alegría extática, que se trasciende a sí
misma, por aquella realidad en la que el yo (ya) no está presente. Aquí se vuelve
útil una afirmación nietzscheana que trasciende la autoconservación y el mero
consuelo, al ser autoampliación también en el tiempo. La misma fuerza que
tiene la intención de Brecht de no admitir consuelo ideológico, como formulan-
do en su obra entera un carpe diem generalizado, la tiene la intención de pensar
más allá del individuo, sin peros, de combatir su autoconservación obstinada en
beneficio de gestos de la autorrenuncia siempre renovados.
Otra figura a la que le corresponde la tarea de aproximarse como flotando
por encima del abismo de lo paradójico a la posibilidad de pensar o no este tipo
de muerte simbólica, que no es, entonces, la muerte de un sujeto individual en
su cuerpo individual, Brecht la encontró en la fórmula paradójica de la reduc-
ción a la “dimensión más pequeña”, en la que también se anticipa un no ser
en el ser. Otra, diferente, es el “hundirse”. Aquí el sujeto solo es asible en ese
intersticio entre ser y no ser en la modalidad de la caída, en un ir a fondo, un
precipitarse en el valle o en la fosa de cal, la caída de un avión. En el fragmento
de Fatzer, el sujeto autónomo es exhortado: “¡Agárrate y húndete! ¡Ten miedo!
¡Húndete de una vez! Hasta el fondo te espera la lección”. En esa condición
o ese modo de ser el sujeto “abandonó su puesto”22, abandonó la posición, lo
definido en términos positivos, pero no llega a un nuevo lugar definido también
positivamente. Solo se va hundiendo hacia él. El fondo en el que cae o se hunde
es el lugar donde la enseñanza [Lehre] –seguramente aquí pueda escribirse “Lee-
re” [‘vacío’]– espera al tú interpelado. El individuo es lo que es el caso.
En tanto Brecht concibió el individuo como “dividuo”, porque siempre se di-
vide y disgrega, en este modo de ser de la caída, del hundirse, del perecer, del ser ol-
vidado se puede reconocer la forma de existencia que uno ha de cobrar en realidad.
Pero a la vez, esta solo se vuelve representable en el teatro en su dolor y en su placer
de la transformación por el bloque que la muerte del individuo opone a este fluir:
“Te has caído del río, hombre”24: efectivamente, esto no es nada menos
que la definición del yo en el teatro épico. Tiene una tarea infinita por delante
para volverse río, para fluir. Precisamente en la articulación de esta dificultad y
no en la proclamación de una teoría de la subordinación del individuo bajo el
colectivo empalma el trabajo de las piezas didácticas de Brecht y más en general
de su teatro. De allí obtiene su fuerza, que le es robada por todos los intentos
de utilizarlo como médium de un mensaje político. Este teatro está concebido
como sitio donde, en la confrontación “ensayada” siempre de nuevo con el
bloque que obstruye el fluir, se puede mostrar aquella tarea (en sentido doblei)
infinita del sujeto. Solo el bloque de la resistencia que representa el ahora del
querer vivir insensible –por ejemplo, en el joven compañero de La medida– otor-
ga peso a la licuación y a la muerte como motivo de la vida. El teatro de Brecht,
en este sentido, no tiene nada que proclamar salvo el quiebre de la proclama-
ción o el romper con ella.
Aquí se instala al sujeto como valor límite. Obtiene su ser hasta tal punto
a través de los otros, el colectivo, el discurso que se dirige a él; está tan radi-
calmente constituido por los demás que a la hora de su muerte no se puede
tratar del éxitus físico-biológico, sino solo de una muerte simbólica tal como la
sabe figurar el teatro. El objeto de identificación no es el protagonista como ser
individual, objeto de la identificación mental es el discurso de la actuación o de
la obra en su conjunto, el entramado, la textura de los enunciados que vincula
y separa las dramatis personae, las aprehende en un constante ir y venir entre yo y
práctica social.
Sin duda, Brecht creó personajes que se sustraen a esta definición, y que
justifican la crítica de Heiner Müller de que Brecht no podía imaginarse un
“teatro sin protagonistas” (tal como intentó desarrollar Müller por su parte). Sin
embargo, observando más de cerca no es fácil responder con claridad la pregun-
ta por la justificación de la crítica de Müller. Aquí solo se la puede plantear. La
investigación debería determinar con precisión por dónde pasa en cada caso el
límite entre el teatro de los protagonistas y un teatro de las posturas y “figuras”,
entre un teatro de la fábula, que al final precisa dramatis personae y su posible
muerte, y un teatro del gesto, donde la muerte transcurrió en más de un senti-
do.29 Si el sujeto no es y no es más nada por fuera de una red que hoy adopta
dimensiones insospechadas, también electrónicas, entonces su muerte así como
su subjetividad prácticamente ya no están atadas a un cuerpo. Es previsible un
punto en el tiempo en el que experimentos, tal como los realizan en nuestra
época artistas como Stelarc, suspendan la identidad y localización de sentimien-
tos, emociones, innervaciones en un cuerpo individual al volverlos transmisibles
electrónicamente de uno a otro cuerpo. Deben encontrarse caminos completa-
mente distintos de pensar el sujeto y la muerte que este padece, aunque cómo y
dónde. Y es preciso que se haga siguiendo la huella de Brecht.
2007 / 2016
1999
Publicaciones
Derechos
Siglas
BFA Bertolt Brecht: Grosse kommentierte Berliner und Frankfurter Ausgabe. Vols.
1-30, Frankfurt, 1988-2000.
GBA Bertolt Brecht: Grosse Berliner Ausgabe. Vols. 1-30, Berlín, 1988-2000.
GW Bertolt Brecht: Gesammelte Werke. Vols. 1-20, Frankfurt, 1967s.
49 Texto y experiencia