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Leyes Españolas Mas Importantes Que Hayan Existido

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El Emperador Carlos V, en el año de 1555,

mandó que las leyes y buenas


costumbres que antiguamente tenían los
indios se quedasen y ejecutasen en
cuanto no se opusieran a la religión
católica y a las nuevas leyes1; porque si
mucho, en efecto, tuvo de odiosamente
especial el régimen administrativo,
tributario y municipal de los indígenas,
ante la cruz del misionero y bajo la
espada del soldado o el látigo del
encomendero, nada quedó de la
legislación del pueblo vencido, y las tradiciones de nuestro derecho es
necesario ir a buscarlas en las fuentes y orígenes del derecho español,
unificado en el Código de las Partidas, que implantó en España el elemento
filosófico del Derecho Romano, y el teocrático del Derecho Canónico, en
lucha con los fueros de las provincias, con las tradiciones góticas de los
Concilios de Toledo y con los restos del Feudalismo, combatido por el poder
absoluto de los reyes de derecho divino. Poder personificado en esa figura
sombría, que al través de tres siglos proyecta aún su silueta amenazadora
sobre España, y que se llamó el Católico Rey don Felipe II.
En España, Roma implantó más profundamente tal vez que en otra parte sus
costumbres, sus usos y sus leyes, que sobrevivieron a su dominación, bajo la
de los suevos, de los alanos y de los vándalos, y sólo más tarde, bajo la de
los godos, Eurico pretendió, según el testimonio de San Isidoro, introducir las
leyes de su raza en una compilación que no ha llegado hasta nosotros. Pero
poco después, bajo el infeliz reinado de Alarico II, por orden de éste se formó
una compilación de leyes romanas que había de regir a los vencidos. Código
que tomó los diversos nombres de Breviario Alariciano, Breviarium
Aniani, Lex Romana y Auctoritas Alarici. Formábase este Código de 16 libros
del Teodosiano, de las Novelas de los emperadores Valentiano, Marciano,
Mayoriano y Severo, y del Jus o doctrina de los jurisconsultos, cuyas fuentes
fueron las Instituciones de Gayo, cinco libros de las sentencias de Paulo, dos
títulos del Código Hermogeniano y trece del Gregoriano.
Este cuerpo de Leyes, formado de tales elementos, no dejó, sin embargo,
huella alguna especial, que pudiera aprovecharse en los tiempos posteriores,
y fue necesario un cambio radical en la manera de ser de la monarquía gótica,
para que en la legislación y en las costumbres se marcasen caracteres
distintivos, que la una y las otras han conservado hasta hoy, y que ejercieron,
como veremos más adelante, una influencia poderosa en España y aun al ser
trasplantadas a las colonias de América.
La monarquía gótica hasta Leovigildo, había tenido por base la elección de
los grandes, elección que siempre, con pocas excepciones, estuvo
contrarrestada por el puñal de los asesinos. Leovigildo hizo el más poderoso
ensayo de la monarquía hereditaria. Entre vencedores y vencidos, hasta
Recaredo, existió un elemento de división, que en los primeros tiempos no
produjo efectos trascendentales. Arrianos los primeros, romanos los
segundos, conservose, sin embargo, entre ellos el equilibrio, hasta el punto
de crear algo que se parecía a la tolerancia religiosa. Recaredo, siguiendo las
huellas de su hermano Hermenegildo, aunque no como éste, revelándose
contra su padre, abjuró el arrianismo, y dio origen a la prepotencia
eclesiástica en los negocios del Estado, a la influencia clerical en los destinos
de la monarquía, que si dio como producto legislativo el célebre Código
llamado Liber gothorum, codex legum, Forum judicum o Fuero Juzgo,
concluido en el 16.º Concilio Toledano; si en él se estableció el gran principio
de la supremacía del derecho y de la ley sobre el poder de los reyes, preparó
y consumó la ruina de la Monarquía Gótica, que años más tarde se hundió en
las márgenes del Guadalete, bajo la doble traición de un noble y de un obispo
de la Iglesia Romana.

El Fuero Juzgo, monumento el


más notable de su época, que si
ha sido calificado de manera
desfavorable por el autor
del Espíritu de las Leyes, ha
merecido las alabanzas de Cujas,
Gibbon, Ferrand y Guizot, fue
redactado originariamente en
latín, como lo fueron las actas de
los Concilios Toledanos; y si en
él se encuentran algunos elementos de las costumbres germánicas, en
mayor número se hallan las leyes romanas y los Cánones conciliares.
Divídese en 12 libros y un título preliminar, en los que se desarrolla un
sistema completo de legislación civil y penal, basado en el gran principio de la
supremacía de la ley sobre todas las jerarquías sociales. Los orígenes
germánicos de ese Código, hoy más que antes es fácil distinguirlos de los
romanos y canónicos. Allí está el elemento germánico al organizar la familia,
al establecer la base legal de los orígenes y al castigar al adúltero y al
sodomita; allí está el elemento romano al fijar la extensión y objeto de la ley,
la misión judicial, los grados del parentesco, la regla de las sucesiones y el
respeto a la cosa juzgada; y allí está el elemento canónico al establecer la
protección de la ley penal a los extranjeros, al recomendar como origen de
atenuación de la pena el perdón del ofendido, y también al reglamentar el
tormento como medio de prueba, y al dictar leyes de crueldad sin nombre
contra los herejes y judíos.
Quiérese probar por algunos, que este Código estuvo en activa aplicación en
los siglos posteriores al principio de la dominación3 arábiga. En efecto, el
conquistador musulmán no trajo al pueblo vencido otra ley que el Corán; en el
siglo IX se hace mención del Forum Visigothorum en el Concilio de León, y
algunas otras menciones de él se encuentran en documentos de los dos
siglos siguientes, aunque un respetable historiador pretende que fue
derogado en tiempo de don Sancho el Mayor; pero tales datos no son, en
nuestro concepto, bastantes para considerar el Forum Judicum, como una
legislación usual y única. Es indudable que a la caída de la monarquía gótica,
la fusión entre vencidos y vencedores no estaba muy adelantada; que esa ley
de fusión y de unidad encontró resistencias sordas en la raza dominada, y
que ésta no guardó ni pudo guardar entre sus tradiciones, las de un Código
que precedió muy poco a la conquista sarracena, y que era muy poco a
propósito para regir a un pueblo que emprendía una doble lucha de
emancipación contra la influencia gótica y contra la dominación musulmana.
Es lo cierto que si el Fuero Juzgo fue la ley única en los principios de la
restauración, no hubo ni oportunidad, ni deseo de aplicarla, y que los fueros,
muy poco después, cuando la nobleza, las behetrías y las villas de realengo
vindicaron para sí derechos opresivos, pero que las daban fuerza y vigor,
pusieron en completo desuso ese Código, que tampoco rigió en el centro de
unidad que procuró crear. Al iniciarse la lucha del poder real con la nobleza,
como principio de ella, fue cuando se pretendió poner en vigor el Fuero Juzgo.
El rey don Fernando II el Santo, en la confirmación de los Fueros de Toledo y
Córdova, lo declaró por ley, y mandó que con tal objeto se tradujese en la
forma que ha llegado hasta nosotros. Era la antigua ley opuesta a la nueva.
Y esa nueva ley, que nacida de esa sociedad turbulenta, nos puede, en un
estudio histórico, dar la medida en extensión de tiempo y territorio de la
vigencia del Fuero Juzgo, es sin duda el Fuero Viejo de Castilla, formado de
disposiciones que tuvieron origen, medios y fines exclusivamente indígenas.
Sus leyes son las costumbres de esa raza vigorosa que crecía en lucha
incesante con los conquistadores sarracenos, raza que en su nueva manera
de ser, sobre las ruinas de la monarquía gótica, guerrera antes que política y
legisladora, produjo ese linaje de nobleza española, tan arrogante como
atrevida, tan audaz como insolente, que fundó en cada provincia conquistada,
una entidad soberana, que se llamó el reino de Castilla, o el de Aragón, o el
de León, o el de Navarra. A vuelta de ellos estaban los Municipios con sus
fueros y privilegios, y sobre ellos una sombra de poder, que no fue, como por
algún escritor de nuestros días se pretende, el centro de una federación, sino
el de un feudalismo, menos prepotente sin duda, que en el resto de Europa,
por la influencia que sobre él ejerció esa guerra de reconquista que duró siete
siglos, pero no por ello menos caracterizado.
el Fuero Viejo es el trasunto legal de la manera de ser social de ese pueblo,
que indiferente contempló la ruina de la monarquía gótica, que fraternizó al
principio con los nuevos conquistadores, y que en la guerra después con
éstos sostenida, creó los elementos de existencia que esos códigos nos
revelan y en la que, ante la personificación mística del poder real, se proyecta
la del hijodalgo, la del Obispo y del Abad, la del Concejo, y en último término
la del vasallo, villano y solariego.
Eran derechos inalienables del rey, la justicia suprema o entre los nobles;
la moneda forera que le pagaba el reino; la fonsadera o tributo que debían
pagar los que, estando obligados a ir a hueste, no podían concurrir
personalmente a ella, y los yantares, es decir, el mantenimiento del rey y de
su comitiva, cuando iba de camino, visitando o haciendo justicia por su reino.
Los derechos de la nobleza extendíanse a tanto, cuanto no se opusiesen a
los del rey; pero aun respecto de éste, les era reconocido el derecho
exorbitante de desnaturarse4, esto es, de renunciar a la naturaleza del reino,
irse con sus vasallos de la tierra, de tomar otro señor que más les agradase y
hacer la guerra a su mismo rey y a su mismo país. Y aun por lo que mira a
ese derecho de justicia suprema, muy menguado debía ser, cuando el
derecho de guerra de los fijosdalgo entre sí, era tan inherente a su calidad de
tales, que fue preciso reglamentarlo, dando forma legal al desafiamiento,
derecho de vengarse de las injurias recibidas y de hacerse justicia por su
propia mano, que hacía desaparecer ese fantasma de justicia suprema, y que
quedó consignado no sólo en el Fuero Viejo5, sino reproducido en el Fuero
Real, en el Ordenamiento de Alcalá, en las Leyes de Partida, en
las Ordenanzas Reales y en la Nueva Recopilación de Castilla. Ese derecho
de la turbulenta nobleza española de la Edad Media, es el que se invoca en
nuestros días, por los que creen pertenecer a una sociedad democrática y
tienen por escudo de armas la enseña republicana.

Bibliografia;
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/genesis-del-derecho-mexicano-
historia-de-la-legislacion-de-espana-en-sus-colonias-americanas-y-especialmente-
en-mexico--0/html/b490699c-3b91-49ed-b4bf-425afe5e7dbe_6.html

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