Ejemplos ?
—Sólo porque no está en casa. Inmediatamente después de almorzar, tomó el coche para ir a S... Avisó que no regresaría hasta dentro de una semana.
Y, sin embargo, experimentó una angustia infinita cuando, poco más tarde, la encantadora muchachita cayó enferma, y el coche del doctor se paraba cada mediodía delante de la puerta.
Mientras el cobrador iba cantando las estaciones del trayecto y el coche despoblándose, Revenga daba vueltas a la historia de su yerro.
Al escuchar el ruido de los grifos de cobre sellados contra el muro y destinados al riego cotidiano de aquellos restos mortales, oí el rodar de un coche de caballos.
–preguntaba su voz que no reconocí de tan alterada como estaba–. Mi coche está aquí, nos vamos. Su coche, no lo había oído ni rodar ni detenerse ante mis ventanas.
-Pos yo tamién ricuerdo al señor Isidro: una vez jice yo con él un trato de unos primales; por cierto que me salieron argunos de los duros en que me pagó de los que no andan más que en coche.
Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante.
-Padre mío, dijo el herrador, ahora vais a ver lo que sé yo hacer. Y corriendo tras el coche, quitó a uno de los caballos las cuatro herraduras al galope y le puso otras cuatro.
Los arbustos, vegetación esquelética, parecían mostrar vagamente, con el borde de sus ramas negras, la presencia de los peatones a los agentes de policía, todavía adormecidos. El coche aceleraba.
Aquella mano de poder y de voluntad me clavaba las palabras en la garganta, y sentía bajo su opresión fundirse y deshacerse en mí toda veleidad de rebelión; rodábamos ahora fuera de las fortificaciones y por grandes carreteras bordeadas de hayas y de lúgubres tenderetes de vendedores de vino, merenderos de las afueras cerrados hacía tiempo; desfilábamos bajo la luna, que por fin acababa de perfilar una masa flotante de nubes, y parecía derramar sobre aquel equívoco paisaje de las afueras una capa granizante de sal; en ese instante me pareció que los cascos de los caballos sonaban en el terraplén de la carretera, y que las ruedas del coche, dejando de ser fantasmas, chirriaban en la grava y en los guijarros del camino.
Terminemos, por consiguiente, tan odiosa conversación, no sin que antes le perdone yo a usted y hasta le dé las gracias por su buena, aunque mal expresada voluntad... ¿Llamo ya a Rosa para que vaya por el coche?
Desde que estoy acá ha dado calabazas a un boticario de la calle Mayor, que tiene coche; al abogado del pleito de la señora, que es millonario, aunque algo más viejo que usted, y a tres o cuatro paseantes del Buen Retiro...