-Pero si tú sabes mu bien que yo no me merco una prenda sin mercársela tamién a mi zagal, que se viste siempre lo mismo que yo me visto.
Suelta la liebre pace de lo que gusta, y va donde le place, sin zagal, sin redil y sin cencerro; y las tristes ovejas ¡duro caso!
-No, señó, y sí, señó, poique es que esta noche, como muchas otras, lo que me ha espaventao el sueño ha sío la enfermeá que paezco jace ya una mancha e meses y que me paece a mí que va a ser la que, si Dios no lo remedia, me va a meté en el joyo. Apartó el viejo su mirada del zagal, y -Esas son aprinsiones tuyas -le repuso con acento indiferente.
Que sus altezas y sus sucesores no pedirán ni demandarán al rey Abdilehi ni á otra persona alguna de las contenidas en estas capitulaciones, cosa que hayan hecho, de cualquier condicion que sea, hasta el dia de la entrega de la ciudad y de las fortalezas. Que níngun alcaide, escudero ni criado del rey Zagal no terná cargo ni mando en ningun tiempo sobre los moros de Granada.
Asín es que como el colmenero que yo igo está una miajita asoliviantao con el zagal de ostés...
Una mujer se ha clavado los cristales en los brazos; un viejo que venía en la baca, se ha roto la pierna; un señorito muy elegante, se ha dislocado el pie; el zagal también está herido, y casi todos los viajeros vienen lastimados.
Finalmente, si el campesino da alguna vez otras noticias con relación al transcurso del Tiempo, nunca será de un modo técnico y preciso, sino por medio de las figuras siguientes: Supongamos que le preguntáis: -¿Cuántos años tiene este
zagal?
Pedro Antonio de Alarcón
De la boca del coche sacó el zagal, con gran esfuerzo, hasta cuatro baúles, de mucho lujo todos y vistosos, y una maleta vieja, remendada, que Pepe Francisca conservaba como una reliquia, porque era el equipaje con que había marchado a Méjico, pobre, con pocas recomendaciones, pocas camisas y pocas esperanzas.
Y así continuó durmiendo, mientras la diligencia serpeaba alrededor de los montes, en el fondo de los valles, en la cumbre de las colinas... Y el zagal en tanto cantaba, silbaba, mayaba, gruñía...
Mientras esto decía el montero, Constanza, que así se llamaba la hermosa hija de don Dionís, se había aproximado al grupo de los cazadores, y como demostrase su curiosidad por conocer la extraordinaria historia de Esteban, uno de éstos se adelantó hasta el sitio en donde el
zagal daba de beber a su ganado, y le condujo a presencia de su señor que, para disipar la turbación y el visible encogimientos del pobre mozo, se apresuró a saludarle por su nombre, acompañando el saludo con una bondadosa sonrisa.
Gustavo Adolfo Bécquer
Tan luego como este desplegó en la pampa, fueron asesinados por la espalda el Coronel Feijoo y su 2º jefe Comandante Zagal; dispersándose el Batallón en carrera, camino al Cuzco.
Una vez el
zagal repuesto de su turbación, le dirigió de nuevo la palabra a don Dionís, y con el tono más señorial del mundo, y fingiendo un extraordinario interés por conocer los detalles del suceso a que su montero se había referido, le hizo una multitud de preguntas, a las que Esteban comenzó a contestar de una manera evasiva, como deseando evitar explicaciones sobre el asunto.
Gustavo Adolfo Bécquer