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Lesión Subjetiva

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Comisiones de

Derecho Civil III Parte General y Contratos. Año 2020.


Clases virtuales.

LESIÓN SUBJETIVA:
Por Julio E. Caro.

El desarrollo que continúa, pretende llevar a los estudiantes la comprensión de este


instituto, mencionado en el tema 8 de la Unidad Didáctica III como vicio del consenti-
miento.

Conscientes de que ya fue estudiado en Parte General, volvemos sobre el tema


para verlo reflejado adecuadamente en situaciones contractuales y hacemos un relato
acotado para su más fácil comprensión.

I. Qué es la lesión subjetiva y porqué tiene importancia en el derecho de los


contratos.

Hemos comentado en reiteradas oportunidades que el contrato (en su más clásica


versión) surge de la libre voluntad de dos o más sujetos que deciden llevar adelante -en
común- un negocio jurídico de contenido patrimonial.

De modo tal que la libertad y la voluntad libremente expresada se valora en este


terreno hasta una verdadera exaltación. Lo que dice el contrato es ley y por lo tanto es
justo.

Ahora bien, hay situaciones claras o evidentes en las que la voluntad de un sujeto
no es expresión de su libre albedrío, es pura apariencia. Por ejemplo si alguien pone la
firma al pie de un contrato porque le están apuntando con un arma; o realiza un pago
porque secuestraron a su hijo. Estas conductas están provocadas únicamente porque el
sujeto es sometido a una presión irresistible. No se puede hablar aquí de voluntad. Idén-
tica situación se comprueba cuando uno de los contratantes (o todos) se encuentran li-
mitados en su capacidad jurídica por razones de salud, sea que medie una sentencia que
lo declare así o que no haya habido tal pronunciamiento. En todos estos casos con ma-
yor o menor evidencia, el consentimiento de la persona es defectuoso, es producto de un
malentendido, d una distorsión de la realidad, no es en esencia consentimiento.

Se estudia también en parte general otros factores que afectan a la voluntad como
tal como el error. El error de hecho, según su importancia e intensidad puede ser causa
para invalidar un acto. Tal como si yo quisiera comprar un terreno que es el que visité y
en el respectivo boleto de compraventa se consigna la identificación de uno distinto.
Esto que parece tan extraño, es posible en la práctica de los negocios (ya sea por acci-
dente o por mala fe) porque la identificación técnica de los inmuebles es muy compleja.
Un terreno tiene un número de matrícula inmobiliaria y una nomenclatura catastral inte-
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grada por letras, números y siglas que el común de las personas no maneja. Entonces,
firmar y pagar parte de un precio que consiste en una importante suma de dinero no es
imposible. Visitamos el terreno de la esquina, el cual, queremos comprar por motiva-
ciones personales, y cuando vamos a tomar posesión resulta que somos propietarios de
uno que está a cincuenta metros.

Pero al margen de estos supuestos que resultan más o menos sencillos de com-
prender en punto a la supresión del consentimiento tenemos otros supuestos que mere-
cen una explicación detenida en materia contractual, por su trascendencia.

Imaginemos una situación hipotética: Llega acá a nuestro país, un señor proce-
dente de España con una importante capacidad de inversión y dispuesto a adquirir un
terreno en una zona de la costa atlántica para construir una vivienda de veraneo. Visita
la zona; le impacta la gran amplitud de nuestras playas y se dirige a un agente inmobi-
liario del lugar que le ofrece varias opciones. Los terrenos que observan están bien ubi-
cados y son aptos para la construcción que el inversor se propone emprender. Pero el
agente inmobiliario cuenta para sí con una ventaja. Observa que su potencial cliente no
tiene idea de los valores de la tierra y como procede de un medio en el cual la tierra
tiene un valor incalculablemente superior a lo que se registra en nuestra costa atlántica,
resulta que está dispuesto a pagar varias veces el precio real. Poco a poco las tratativas
comienzan a manejar precios en Euros y finalmente el extranjero paga una enormidad.

Objetivamente analizado estamos en presencia de un contrato conforme a derecho.


Si bien el caso es hipotético, podemos decir que el comprador (la parte perjudicada)
actuó con libertad, con tiempo, compró lo que eligió libremente, y pago el precio sin
esfuerzo y sin ser presionado. El agente inmobiliario no lo indujo, lo dejó actuar.

Ocurre que luego de un tiempo esta persona entra en contacto con el ambiente so-
cial de la zona, comienza a comprar materiales de construcción para levantar la casa
planeada, se familiariza con la economía de nuestro país y advierte la incongruencia del
negocio concertado. ¿Tiene la posibilidad de defenderse? ¿Tiene algún recurso legal
para desandar el camino que lo llevó a perder tanto dinero? En otras palabras ¿Puede
pedir la rescisión o resolución del contrato?

Si pudiéramos preguntarle a Vélez Sarsfield nos respondería con un rotundo NO!.


Lo que las partes han concertado y acordado deben cumplirlo como si se tratara de la
ley misma. Invocaría el art. 1197 de su Código Civil y cerraría con ello la cuestión. Se-
guramente el célebre redactor del Código nos explicaría que rever un contrato privado
abriría las puertas a la inseguridad jurídica. El contrato no puede ser algo inestable, algo
que hoy se firma y mañana se niega. Si esta costumbre de revisar los contratos se gene-
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ralizara nadie acudiría a nuestro país a realizar inversiones. Además la ley no está para
ir en ayuda de quien es imprudente con sus negocios. Pretender rescindir este contrato
por las razones expuestas (seguiría diciendo Vélez) es introducir en el derecho el con-
cepto de lesión. “. . .dejaríamos de ser responsables de nuestras acciones, si la ley nos
permitiera enmendar todos nuestros errores, o todas nuestras imprudencias. El consen-
timiento libre, prestado sin dolo, error ni violencia y con las solemnidades requeridas
por las leyes, debe hacer irrevocables los contratos”i

Pero un elemental sentido (y sentimiento) de justicia y equidad nos dice que esta
situación no puede ser silenciada y protegida por el orden jurídico. Aquí hay algo que
funciona mal.

En el contrato hipotético que relatamos tenemos por una parte un sujeto solvente y
dispuesto a realizar una inversión pero que no conoce adecuadamente el mercado en el
cual se propone realizar su negocio. Le falta experiencia y le sobran deseos de contar
con un lugar para veranear. De la otra parte, un avezado hombre de negocios que lo deja
hacer, que observa la imprudencia del extranjero y saca ventaja.

Planteadas así las cosas, lo que podemos decir que desde la redacción del Código
Civil en la segunda mitad del Siglo XIX se ha producido una notable evolución en el
pensamiento jurídico y un extraordinario cambio en el mundo. Se fue gestando una mi-
rada que puso más el acento en la solidaridad y necesidad de protección del más débil.
El individualismo exacerbado que había derivado del postulado de libertad de la Revo-
lución Francesa, tuvo que ceder terreno a esa otra proclama también revolucionaria: la
fraternidad.

En el Siglo XX surgieron nuevos derechos que limitaron notablemente a la auto-


nomía de la voluntad o mejor deberíamos decir le dieron otro perfil y otra funcionali-
dad. Dice Mosset de Espanés ii Con el afán de prevenir mayores males sociales, y evitar
la explotación de los débiles y necesitados, se procura incluir nuevamente la lesión en
los modernos cuerpos legales. El siglo XX -al menos en su primera mitad- está caracte-
rizado por un avance de ideas y derechos sociales, estos derechos que luego fueron lla-
mados de segunda generación. Esta tendencia ideológica primordialmente política, im-
pregnó también los cambios en el mundo jurídico.

La jurisprudencia fue encontrando situaciones análogas a las de nuestra imaginaria


historia y poco a poco los tribunales se hicieron permeables a admitir una revisión de
los contratos cuando mediaran estos antecedentes. Esto es lo trascendente, que un con-
trato (bastión sagrado en el que se rinde culto a la autonomía de la voluntad) pueda ser
revisado judicialmente.
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El concepto de lesión como daño patrimonial fue aplicado por distintas legislacio-
nes especialmente en el ámbito de la compraventa en el derecho Romano; en la edad
Media se consideró sospechosa la operación en la que se pagaba menos de la mitad de
lo que valía la cosa vendida; con Santo Tomás, la lesión tomó un nuevo impulso ya que
la Iglesia condenó la usura. Vélez Sarsfield prefirió adoptar una postura contraria al re-
conocimiento de este instituto. Pero como ya se dijo la jurisprudencia de nuestro país
fue abriéndose paso poco a poco y llegó a elaborar una doctrina muy completa.

Por supuesto, este como otros cambios también tuvo detractores. Quienes se opo-
nían a admitir el instituto de la lesión, temían que se produjera una inseguridad genera-
lizada en la celebración de contratos. Sobre todo porque (decían) dejar al arbitrio judi-
cial la posibilidad de aniquilar los efectos de un contrato era algo muy riesgoso. Ya no
se iba a poder contratar, todo sería un tembladeral.

Pese a esos malos augurios la reforma del Código Civil llevada a cabo en el año
1968 consagra legislativamente a la lesión subjetiva y el CCCN la mantiene casi intacta
en su artículo 332 referido en general a todos los actos jurídicos. El instituto funcionó
pacíficamente y los jueces han hecho un uso racional de esta facultad de revisión.

Es útil, a esta altura, admitir algo que al lector atento no se le escapará. Cualquier
situación en la que tenga lugar este comportamiento lesionante, tiene ciertos matices
que lo aproximan a lo delictivo. Es que uno de los remotos antecedentes de esta institu-
ción es precisamente el reproche que merecía la usura. Nos relata Luis Moisset de Es-
panes iii al comentar el art. 138 del Código Civil Alemán de 1896 “La fórmula conte-
nida en el mencionado artículo no es nueva, sino que ha venido del Derecho Penal,
donde nació como norma destinada a combatir la usura. Esto no debe asombrarnos,
porque -ya hemos dicho- la usura es precisamente un caso especial de lesión por ello
resulta lógico que la fórmula penal de la usura se trasplante luego al Derecho civil”.

Pero, lo que nos interesa en nuestra materia son los aspectos puramente civiles, de
derecho privado, porque no todo conducta abusiva o lesionante encuadrará en un tipo
penal. Por ello también es necesaria la sanción civil.

II. Análisis del art. 332 del CCCN.

Lo primero que prescribe el artículo en comentario es una facultad que otorga a la


parte perjudicada del acto. Esto es, si luego de celebrar un contrato con prestaciones
recíprocas advierto que se dan los supuestos que prevé la norma, puedo reclamar, puedo
demandar nada menos que la nulidad. Así reza el art. 332 CCCN: “Puede demandarse
la nulidad o la modificación de los actos jurídicos. . . ” Es importante destacar este ca-
rácter de facultad porque el artículo no declara el acto nulo por su génesis o porque le
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falte algún elemento esencial. Tampoco ordena su modificación. El artículo preserva la


libertad de decidir por parte del perjudicado quien puede preferir quedarse como está.

Continúa la norma previendo que esa demanda de nulidad queda habilitada


“cuando una de las partes explotando la necesidad, debilidad síquica o inexperiencia
de la otra, obtuviera por medio de ellos una ventaja patrimonial evidentemente despro-
porcionada y sin justificación”.

Aquí encontramos los dos elementos que distingue la doctrina. Objetivo uno, sub-
jetivo el otro.

El elemento objetivo.

Tiene que haber una ventaja patrimonial desproporcionada. Pero la ley no nos ha-
bla de cualquier ventaja patrimonial como cuando nosotros adquirimos un bien a un
precio muy ventajoso. La ventaja tiene que ser evidentemente desproporcionada. Como
el caso que compremos un automotor a mitad de su valor. Dice Llambías iv que con lo
de evidente desproporción “se quiere significar que ella debe ser manifiesta, perceptible
en forma inmediata sin que nadie pueda ponerla en duda”.

El elemento objetivo termina de configurarse cuando además comprobamos que


esa desproporción no tiene justificación. En efecto. Imaginemos que compré un auto-
motor por la mitad (o menos) de su valor. Objetivamente podríamos pensar en el vicio
lesión pero el mismo queda disipado si aclaramos que el motor del auto está en muy
malas condiciones y necesita una reparación muy costosa. Es decir que la desproporción
no tiene que reconocer ninguna razón, debe ser sin justificación. Para mayor claridad,
recordemos que en materia de automotores es frecuente el pago de un precio sensible-
mente menor porque el comprador asume una deuda importante del impuesto que ha
dejado de pagar el vendedor. Aquí encontraríamos también un precio muy inferior al
real pero estaría plenamente justificado porque el comprador finalmente deberá hacer un
desembolso que equiparará las prestaciones.

El elemento subjetivo

Obviamente si decimos subjetivos, nos estamos refiriendo a personas. Este aspecto


apunta a describir los presupuestos que deben verificarse en el sujeto que es víctima y
en la actitud del victimario.

Aquí nos dice la norma que debe existir por una parte un aprovechamiento sobre la
otra. Y tal aprovechamiento se da porque la parte más débil, la parte vulnerable exhibe
las siguientes características o aspectos:
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a. Necesidad. Pensemos en un estado de necesidad, por ejemplo la extrema urgen-


cia en concertar el contrato; necesidad de obtener una suma de dinero en forma rápida
(muy habitual en los contratos de cesión de derechos); necesidad de vender porque se
carece de un espacio físico para guardar la cosa objeto del contrato. Dice Llambías
“todo tipo de necesidad, sea relativa a la persona física o moral. . . .”v

Y agregamos nosotros que tal necesidad tiene una intensidad que anula o por lo
menos disminuye la voluntad del sujeto. No puede pensar con claridad. Por eso un buen
criterio que deben incorporar los futuros profesionales del derecho es asesorar a quienes
los consulten en el sentido de actuar con calma. Por más que la persona piense que es la
última oportunidad que tiene para resolver un problema debe evaluar antes si lo que está
decidiendo lo hace en un estado de reposo o apresuradamente. Las decisiones tomadas
sin reflexión, por lo general, tienen malos resultados.

b. Debilidad psíquica. Esta expresión es una novedad que introdujo el CCCN.

Las personas con problemas psíquicos o con cierto tipo de capacidad disminuida,
presentan serios problemas a la hora de juzgar la validez de los actos jurídicos que cele-
bran. Dichos problemas no existen cuando el sujeto exhibe un grado de discapacidad
notorio e incluso cuando ha sido declarado así judicialmente, pero la realidad es muy
variada. Hay innumerables situaciones de zonas fronterizas. El nuevo código se ha es-
merado en cuidar especialmente que las personas con capacidad reducida sean asistidas
de manera casi personal. La debilidad psíquica, cualquiera sea su procedencia, tiene que
provocar una situación de inferioridad captada y aprovechada por la parte que lesiona en
perjuicio de la otra. Obviamente, no cualquier situación de debilidad en esa órbita será
relevante. Es preciso que genere un estado de inferioridad que incida directamente sobre
la voluntad del sujeto.vi

No será tarea sencilla para los magistrados apreciar cuándo se da este supuesto. En
algunas situaciones se mezcla la inferioridad psíquica con un nivel de educación muy
elemental o nulo como el caso de una persona analfabeta que es totalmente vulnerable y
permeable a presiones de todo tipo para firmar un documento. vii En estos supuestos es
donde la inmediación en el proceso, el conocimiento o contacto directo que pueda tener
el juez con el damnificado tendrá un valor estratégico para arribar a una solución justa.

Pero aclaremos que la falta de formación no necesariamente implica debilidad psí-


quica. Hay personas que tienen un alto nivel de estudios y por circunstancias personales,
llegado el momento no razonan de acuerdo a la lógica, son débiles en su voluntad por-
que atravesaron una experiencia traumática o un momento emocional complejo.
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c. Inexperiencia: La inexperiencia o falta de experiencia puede también coincidir


con el grado de educación o formación de la persona pero no está necesariamente rela-
cionada con este aspecto. Tiene que ver con el conocimiento o habitualidad que la per-
sona tenga sobre un tipo de negocios. Imaginemos un joven o una joven que compra su
primer automóvil; la persona que cargada de ilusiones adquiere un lote de terreno en el
que edificará su vivienda; alguien que por primera vez contrata con una agencia de tu-
rismo para hacer el viaje que soñó toda su vida y es la primera vez que sale del territorio
nacional, etc. Aquí no tenemos una debilidad psíquica ni tampoco necesidad, pero el
estado emocional del sujeto es el que le quita la necesaria calma para poder evaluar las
consecuencias del negocio que lleva a cabo.

La enumeración de los supuestos de aprovechamiento (necesidad, debilidad psí-


quica e inexperiencia) es taxativa. Comenta Mosset de Espanés, en el trabajo citado, que
parte de la doctrina (en la evolución de este instituto) intentó proclamar que la nómina
de requisitos era meramente enunciativa. Pero se consideró finalmente, en beneficio de
la seguridad jurídica, que lo mejor es no extender el número de supuestos de planteos de
nulidad. No deben tomarse estas herramientas como válvulas de escape a través de las
cuales todo es posible. El derecho debe ser, ante todo, un sistema de equilibrio y pru-
dencia.

Siendo taxativa, el uso de la conjunción “o” indica que bastará que en el caso con-
creto se encuentre presente uno de los supuestos para hacer viable la acción de nulidad.

d. Actitud del lesionante: Dice la norma analizada “explotando”. La palabra ex-


plotar en este contexto significa aprovecharse, sacar ventaja. Aquí conviene (especial-
mente para los estudiantes) hacer una diferenciación con el dolo. En este último su-
puesto el agente provoca una situación, realiza maniobras para incitar la conducta de su
víctima, el lesionado. En la lesión subjetiva el artículo dice explotar, es decir que la
parte lesionante viendo el perjuicio lo deja transcurrir; “no genera la situación de infe-
rioridad, sino que se adueña de ella, la explota y se aprovecha de esas condiciones
anormales. Es un obrar contrario a la buena fe, porque aun cuando no maquina ni
oculta el estado de las cosas para que otro incurra en error, maneja las condiciones del
negocio sabiendo que la otra parte no tiene las herramientas o cualidades personales
para protegerse de la desventaja”viii Porque “La explotación o aprovechamiento de la
situación de inferioridad es un elemento subjetivo en el sujeto activo (el lesionante) de
la figura del art. 954 del C.C., que implica, para la mayoría de los autores, "mala fe"
en su obrar, o en todo caso, violación del deber de obrar de "buena fe" que debe reinar
en todo acto jurídico. No requiere la verdadera intención de explotar o de aprovecharse
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sino que basta el mero conocimiento de la situación que permita "capitalizarla" en su


beneficio, dado que no debe confundirse la lesión con el dolo”.ix

Prueba: Quien demande la nulidad de un contrato fundado en esta lesión, deberá


demostrar que la parte con la que contrató obtuvo una ventaja excesiva y que el deman-
dante presentaba alguno de los rasgos que lo hacen vulnerable. Deberá demostrar que
hubo un aprovechamiento de esas condiciones.

El lector atento estará pensando a esta altura que demostrar la intención que tuvo
el contratante en aprovecharse es una tarea harto difícil pero el proceso judicial ofrece
variados recursos para posibilitar la demostración de todo tipo de circunstancias y he-
chos.

Presunción:

El artículo va todavía más allá y esto es lo verdaderamente audaz en este ins-


tituto de la lesión subjetiva “Se presume (continúa el artículo), excepto prueba en
contrario, que existe tal explotación en caso de notable desproporción de las presta-
ciones”. Es decir que si la desproporción además de evidente es notable, esto es, si
es grosera, la lesión se da por demostrada quedando en cabeza del lesionante, de la
parte beneficiada, la prueba en contrario, la demostración de que tal aprovecha-
miento no existió x. Esta parte de la norma comentada tiene que servir de verdadero
desaliento para el obrar desleal en el tráfico jurídico, porque si la desproporción entre
las prestaciones es muy notable, rige una presunción del perjuicio, el juez no requerirá
demostrarlo sino que el lesionante será quien tenga el trabajo de probar su buen obrar.
Esto es lo que en el derecho Procesal Civil se denomina inversión de la carga de la
prueba.

Con aguda mirada Mosset de Espanés (en el trabajo ya citado) plantea el interro-
gante de si el legislador ha utilizado la palabra de “evidente” desproporción (evidente-
mente desproporcionada) como sinónimo de la que utiliza en el supuesto de “notable”.
Nosotros apegándonos el tenaz estilo de interpretación de la ley que ponía en práctica
López de Zavalía decimos que si el legislador utiliza términos diferentes, no es por ca-
sualidad.

Podríamos decir que lo notable es evidente pero no todo lo que es evidente es no-
table. Nos parece que cuando el legislador ha dicho “evidentemente desproporcionada”
se refiere a un desequilibrio que está a la vista. Si pagué un precio muy inferior, o di en
locación un departamento de muy poca superficie a cambio de un alquiler al que pode-
mos calificar de caro por un simple cotejo con algún inmueble parecido, estamos en
presencia de la ventaja evidentemente desproporcionada porque es muy fácil apreciarla.
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Pero cuando esa disparidad es muy grande; cuando se ha pagado o recibido un precio
que nadie aceptaría; cuando la pérdida patrimonial visible va más allá de un simple lla-
mado de atención entonces podemos afirmar que la desproporción, además de evidente
es notable. Creemos que lo notable apunta a una apreciación cuantitativa, como si pagá-
ramos por algo cuatro veces más de su valor.

De todos modos, tal como sugiere Mosset de Espanés, en la práctica, cada vez que
los jueces encuentren una diferencia de prestaciones visible, una desproporción patente,
aplicarán sin más la presunción.

Efectos:

Hasta aquí, hemos descrito cómo a veces un contrato presenta una deficiencia, un
factor adverso que estuvo presente en el momento mismo de la formación del consenti-
miento. Una suerte de quiste congénito que puede ser desencadenante de conflictos y
contiene en sí mismo la promoción de daño patrimonial para una de las partes. Debemos
a partir de este lugar analizar adecuadamente los efectos de esta acción por lesión sub-
jetiva. Dicho con otras palabras, ¿qué le espera a un presunto damnificado por esta le-
sión si acciona pidiendo la nulidad del acto? ¿Se repara el perjuicio?

Volvamos a nuestro imaginario extranjero. Luego de un tiempo él advierte que los


valores de mercado son sideralmente distantes de lo que pagó por el lote. Con lo que
pagó podría haber comprado cuatro de esos mismos terrenos. Evidentemente nuestro
personaje imaginario reaccionará intentando una reparación.

Así, le diremos: mire usted está en condiciones de pedir la resolución por nulidad
del contrato. Solicitar que se le reintegre el precio íntegro que abonó y devolver el te-
rreno. Salvo, que si el vendedor le ofrece reajustar el precio en términos razonables us-
ted deberá aceptar la propuesta y quedarse con el lote. Como el hombre, en realidad,
sigue con su proyecto y el terreno le gusta, nos dice. Mire, a mí me gustaría que me de-
volvieran lo que yo pagué de más y seguir con mi proyecto de edificar mi casa de vera-
neo.

Esto es lo que prevé en una sabía fórmula de composición de intereses el párrafo


del artículo que estamos analizando. En términos del CCCN tenemos: “El afectado tiene
opción para demandar la nulidad o un reajuste equitativo del convenio, pero la primera
de estas acciones se debe transformar en acción de reajuste si éste es ofrecido por el
demandado al contestar la demanda”. Creemos que esta dualidad de soluciones (que
estaba ya presente en el texto del Código Civil reformado en 1968 por la ley 17711) fue
concebida precisamente para evitar que la acción de nulidad por lesión subjetiva provo-
cara una inestabilidad generalizada de todos los contratos y fuera utilizada más allá de
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los límites que el legislador se había propuesto en defensa del desprotegido. Notemos
que si el lesionante, responde al reclamo con un reajuste equitativo (cuya equidad de-
berá evaluar el juez) este debe ser aceptado por el damnificado. En este caso, dice la
norma, la primera de estas acciones se debe transformar reajuste. No hay opción. La
palabra debe obliga al demandante.

Monto o quantum de la reparación:

Hemos salteado adrede el párrafo en el cual el artículo regula a cuánto asciende la


indemnización porque nos parece que debería haberse ubicado precisamente luego de
los ya comentados. Este aspecto abarca a todo lo anterior es decir tanto si el acto se
anula por vía de la demanda como si se acepta el reajuste. Porque en ambos supuestos
será necesario calcular valores.

El artículo prescribe: “Los cálculos deben hacerse según valores al tiempo del
acto y la desproporción debe subsistir en el momento de la demanda”.

En primer término, el CCCN dice que deben hacerse cálculos. Es claro (pero no
por ello innecesario explicar) que el artículo requiere además de la simple observación
de la desproporción y de la lesión invocados, llevar adelante un cuidadoso cálculo de los
valores del contrato. Y si decimos valores, debemos desprendernos de los números que
indican el precio pagado en dinero porque no es lo mismo una obligación de valor que
una obligación dineraria.

Lo que aquí regula la norma es cómo apreciar la cuantía de las prestaciones. Si el


25 de enero de 2019 A pagó a B un precio exorbitante por un terreno y tenemos que
examinar esos valores hoy (abril de 2020) nos encontramos con dos variaciones que
tendremos que neutralizar. La primera es el pernicioso efecto de la inflación desmesu-
rada que nos hace perder conciencia del valor de los bienes porque permanentemente el
valor del dinero cae en una pendiente interminable. No podremos saber si A pagó mu-
cho o poco, si la cantidad de pesos de enero de 2019 la calculamos con el nivel de pre-
cios de hoy. Si así procediéramos podríamos llegar al absurdo de decirle a A que en
realidad pagó muy poco y que es él el que tiene que indemnizar a B. De modo tal que
para evaluar si efectivamente B aprovechó la inexperiencia de A, habrá que realizar un
estudio de cuánto valía el terreno en enero de 2019 en términos reales, formular tasacio-
nes por peritos, buscar información a través de diferentes fuentes y una vez obtenido un
valor certero del terreno, compararlo con lo que A pagó para ver la dimensión del ex-
ceso y determinar la “desproporción”. Otro camino sería repotenciar el precio que se
pagó en enero de 2019 a través de fórmulas e índices y compararlo con el valor actual
del terreno. Pero en cualquier caso todo esto es tarea de peritos contables.
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La segunda variación a la que tendremos que enfrentarnos el real valor del terreno
en el momento de la demanda o cómo se pudo haber valorizado esa tierra aún fuera de
los fenómenos inflacionarios y de lo que las partes pueden prever. Esto porque el CCCN
exige que esa desproporción se mantenga al tiempo en que el lesionado reclama.

Ocurre con frecuencia que el mercado inmobiliario nos da sorpresas y lo que hoy
tiene un precio casi nulo, en pocos días debido a obras que realiza el gobierno, o porque
una zona se pone de moda en un sector de poder adquisitivo, aumenta la demanda en
forma exponencial, comienzan a escasear la oferta de terrenos y estos llegan a valores
incalculables. Si fuera el caso, podríamos llegar a la conclusión que nuestro personaje
imaginario lejos de perjudicarse, se habría beneficiado. Pero aún en este caso, habrá que
deducir en su favor el cómputo del tiempo, porque él efectivamente en el momento que
compró pago de más. En este caso el dinero entregado reconoce un valor financiero que
habrá de recuperar, luego de que los peritos hagan sus también complejos cálculos.

Irrenunciabilidad de la acción de nulidad por lesión subjetiva:

Si bien el artículo que comentamos no lo dice expresamente, se considera contra-


rio a la moral que se celebre un contrato en el cual una de las partes renuncie anticipa-
damente a ejercitar esta acción. Sería como habilitar una herramienta jurídica para ser
utilizada por aquellos avezados en los negocios que contratarían a sabiendas de que
ejercerán este tipo de aprovechamiento. Si una cláusula con este contenido se escribe en
un contrato, será considerada nula.

Celebrado el contrato, nada impide que la persona decida no accionar y dejar


transcurrir el tiempo de prescripción hasta que la acción se extinga (lo que constituiría
una renuncia tácita) o renunciar expresamente.

Intransmisibilidad:

El art. 332 CCCN, establece enfáticamente en su último párrafo: “solo el lesio-


nado o sus herederos pueden ejercer la acción”.

Lamentablemente la doctrina nacional en general informa poco o nada acerca de la


ratio iuris, la razón de ser de esta solución. Mosset de Espanés se ocupa en cambio de
explicar que teniendo origen la posibilidad de demandar la nulidad por lesión subjetiva,
en circunstancias personales del lesionado, sería impropio que este pueda ceder su dere-
cho. Es que la ley concibe una protección cuyo interés está en reparar el patrimonio de
aquel del que se aprovecharon por su ligereza; por ser inexperto; o psíquicamente débil.
Esto es, circunstancias personales, inherentes a ese sujeto. Por lo tanto los derechos que
emanan de esta acción son intransmisibles a quienes no fueron afectados por el abuso.
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Solo los herederos pueden ser ejercer la acción por ser continuadores de la persona
de su causante.

Prescripción:

Con acierto, el CCCN, ha ubicado el tema de la prescripción de las acciones en un


apartado general referido a todas ellas. Así, en el art. 2562 se establece que prescribe a
los dos años el pedido de declaración de nulidad relativa y revisión de actos jurídicos. El
art. 2554 referido al comienzo del cómputo establece como regla general que el plazo de
prescripción liberatoria comienza a correr a partir del día en que la obligación se torna
exigible.

III. Comentario final

El tema de la lesión subjetiva es realmente apasionante, tanto por su evolución


histórica como por los intereses tutelados. Hemos tratado de reflejar en estas páginas un
desarrollo simple y accesible a la comprensión de los estudiantes, quienes podrán com-
plementarlo y aumentarlo consultando la bibliografía general recomendada para la ma-
teria.

Referencias:
i
Nota de Vélez Sarsfield al art. 943
ii
Ver en http://www.acaderc.org.ar/doctrina/la-lesion-y-el-articulo-332-del-nuevo-codigo-civil-y-comercial. Luis
Moisset de Espanés, académico
iii
Ibídem.
iv
LLambías Jorge Joaquin, “Código Civil Anotado - Doctrina y jurisprudencia. T° II-B. Pag. 107. Abeledo Perrot.
Buenos Aires 1979
v
Ibíd. Pág. 109
vi
Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Código Civil y Comercial de la Nación comentado.
Marisa Herrera; Gustavo Caramelo; Sebastián Picasso. Directores. 1ra. edición - Junio 2015
Editado por la Dirección Nacional del Sistema Argentino de Información Jurídica.
Editorial Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, Sarmiento 329, C.P. 1041AFF, C.A.B.A.
Directora Nacional: María Paula Pontoriero. Disponible en http://www.saij.gob.ar/
vii
“CAINO, JORGE OMAR C/ BARABAN, S.A. S/ INCIDENTE DE NULIDAD” en autos “Caino, Jorge c/ Cormillot, Felix
y ot. s/ Daños y perjuicios”. Disponible en JUBA (Base de jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia de la
Provincia de Buenos Aires).
viii
Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Cód. citado.
ix
Fallo citado en vii.
x
Carga de la prueba: Explicamos aquí un concepto propio del derecho procesal que conviene a esta altura de la
carrera que los alumnos vayan acostumbrándose a manejar. Cuando en el marco de un litigio invocamos un
hecho, tenemos la carga o tarea de demostrarlo, sea por testigos, por pericias, por documentos, por el medio de
prueba del cual dispongamos. En el caso de que invoquemos la lesión y siempre que la desproporción de las
Comisiones de
Derecho Civil III Parte General y Contratos. Año 2020.
Clases virtuales.

prestaciones encuadre en el concepto de “notable” se dará por probado que existió el aprovechamiento y que el
acto es anulable. La carga de demostrar la ausencia de esos extremos correrá por cuenta del beneficiado.

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