Manuel Saravia Madrigal El Significado de Habitar
Manuel Saravia Madrigal El Significado de Habitar
Manuel Saravia Madrigal El Significado de Habitar
«Las bestias tienen madrigueras; el ganado, establos; los carros se guardan en cobertizos y para
los coches hay cocheras. Sólo los hombres pueden habitar. Habitar es un arte. Únicamente los seres
humanos aprenden a habitar.»
Insiste en la profunda relación entre habitar y vivir, y en sus derivaciones: la habitación, como huella de la vida
(nunca acabada, nunca completamente planificada), florece y decae al compás de los esplendores y fracasos de sus
habitantes.
«La casa no es una madriguera ni una cochera. En muchas lenguas, en vez de habitar puede decirse
también vivir. ‘‘¿Dónde vive usted?’’, preguntamos, cuando queremos saber el lugar en el que alguien
habita. ‘‘Dime cómo vives y te diré quién eres’’.»
Considera Illich que, al igual que en otros ámbitos a los que dedica sus análisis, también en el campo que
ahora denominamos la vivienda, ha habido una pérdida. «La equiparación de habitar con vivir procede de una
época en la que el mundo era habitable y los hombres habitantes. Toda actividad se reflejaba y repercutía en la
habitación. La habitación era siempre huella de la vida». Una huella que podía adoptar múltiples formas, pero
siempre dejar rastros, señales, vestigios. Y siempre, permanentemente inacabada. Como elemento vivo, reflejo de
la vida, siempre considerada inacabada hasta que concluye la vida de los moradores:
«La vivienda tradicional nunca estaba acabada en el sentido en que hoy decimos que un bloque
de pisos o de apartamentos se entrega llave en mano. A diario remiendan la tienda sus moradores, la
levantan, la extienden, la desmontan. La casa de labor florece o decae con la prosperidad y el número
de sus ocupantes; a menudo puede apreciarse desde lejos si los hijos han abandonado ya el hogar
paterno o si los viejos han muerto.»
«Un barrio de una ciudad nunca estaba terminado: hasta la época de los soberanos absolutos, en el
siglo XVIII, los barrios residenciales de las ciudades europeas eran el resultado no planificado de la
interacción de numerosos artistas constructores.»
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82 Boletín CF+S 26. Ivan Illich
todos, «a su albedrío y su velocidad, sin prisa o temor, por medio de vehículos que cruzan las distancias sin roturar
la tierra, sobre la cual el hombre ha caminado con sus pies por cientos de miles de años» . Al viajar se atiende a
la necesidad de búsqueda, a la persecución de lo que enseña el vacío, el silencio, de lo que no se muestra con la
evidencia: una forma de viaje radicalmente amenazada hoy.
Pero si es moverse y desplazarse, habitar un territorio es también demorarse en él y sobre él. Perder el tiempo,
calentarse al sol. Estar, sin hacer nada, en los lugares: la contemplación, la pulsión de la inacción, el descanso, la
respiración. Una contemplación siempre vista con recelo por el sistema (por cualquier sistema), si no va acompa-
ñada de alguna componente económica. Se podía hablar también de que habitar un espacio es recordarlo (aludir
a los precedentes, conjugar sobre él metáforas), soñarlo (abrirlo al horizonte), recordar soñando. Porque, en efec-
to, habitar es soñar: «Los sueños han dado forma siempre a las ciudades; y las ciudades, a su vez, han inspirado
sueños» (I LLICH, 1989!). Habitar un territorio es, digámoslo otra vez, tomarlo y marcarlo; aun bien con nuestras
emociones, sentimentalmente, y con nuestras ilusiones.
¿Qué equilibrios, pues, hay que garantizar? Los de la movilidad, el descanso, la conservación. Tres facetas
radicalmente amenazadas.
cial entrelazadas): uno dominado por la economía del mercado único (con la tecnocracia, el progreso técnico, la
tecnoutopía); y otro propio de la protección social. Este último sería el que permite y conserva la habitabilidad, en
el mismo espacio que quiere a su vez hacer suyo el mercado.
Habitar es construir
Habitar es construir. Usando sus manos y sus pies las personas transforman el espacio, simple territorio para
el animal, en casa y patria. Puede ayudarse en su quehacer de herramientas, de máquinas. Aunque «más allá
de un cierto punto, el uso de energía motorizada inevitablemente empieza a oprimirlo». Por eso decimos que
habitar es hacer, manipular, utilizando una herramienta manejable y manipulable. Por medio de la tecnología
denominada intermedia. «Desde el momento en que se te hace necesario un micrófono, te aúpas inevitablemente a
una plataforma demagógica». Y algo parecido podría decirse del coche o del ordenador (recordar aquí el significado
de lo vernáculo y las cuatro bandas de Cuernavaca). Es lógico Illich que valorase la autoconstrucción. En la
introducción al libro coordinado por su amigo Franco de La Cecla (Il potere di abitare) escribió: «Hablamos de
la fabricación de la vivienda o de la entrega a la asistencia médica. Los hombres ya no se consideran aptos para
curarse a sí mismos ni para construirse sus viviendas». Y sin embargo sólo a través de esas acciones (cuidarse,
construir la propia morada, cuidar al vecino, colaborar en las construcciones de los vecinos) se vive la libertad.
«Debe quedar claro que la dignidad del hombre sólo será posible en una sociedad autosuficiente, y que disminuye
al desplazarse hacia una industrialización progresiva».
Habitar un territorio es construirlo, valorando los materiales primeros que ponen en marcha la imaginación
material. Y los vestigios (de un mundo pasado) en el lugar, donde la economía queda afuera. Como dijimos,
Illich advierte de la conveniencia de observar la evolución de varios umbrales de mutación, cuyo desbordamiento
quebraría la posibilidad de habitar. Habitar es ser consciente «del espacio vital y la limitación temporal». La
persona integra a los dos por medio de su acción. La energía, transformada en trabajo físico le permite integrar
su espacio y su tiempo. «Privado de energía suficiente se ve condenado a ser un simple espectador inmóvil en un
espacio que le oprime».
Habitar un territorio es construirlo, atendiendo al impulso natural a la construcción, excluyendo el uso he-
rramientas opresoras. Pero en los últimos tiempos la evolución de la construcción de la ciudad se ha dirigido en
sentido contrario. Illich nos ofrece su propio relato de estos hechos. «En la primera mitad del siglo XIX, el capi-
talismo y la revolución industrial produjeron cambios drásticos en la configuración de las ciudades, especialmente
en la Europa noroccidental. Cada vez más gente fluía a los viejos barrios, proliferaban las fábricas y los humos
industriales flotaban sobre las calles cubiertas de aguas de albañal. Superpoblada y desordenada, la ciudad enfer-
ma, como decía la metáfora, demandaba un nuevo tipo de planeamiento que diera soluciones al desenfrenado caos
urbano. Ciertamente, los funcionarios y reformadores de esas ciudades eran quienes estaban más preocupados con
las normas de la salud, las obras públicas y las intervenciones sanitarias, y quienes primero pusieron las bases de
un planeamiento urbano global. La ciudad comenzó a ser concebida como un objeto, analizada científicamente
y transformada según los dos requerimientos principales del tráfico y la higiene. Se supuso que la respiración y
la circulación debían ser restaurados en el organismo urbano, que había sido abrumado por una presión súbita.
Las ciudades fueron diseñadas o modificadas para asegurar una apropiada circulación del aire y del tráfico y los
filántropos se propusieron erradicar los espantosos barrios marginales y llevar los principios morales correctos a
sus habitantes. El rico significado tradicional de las ciudades y la más intima relación entre ciudad y morador
fueron entonces erosionados a medida que el orden higiénico-industrial devino dominante. Mediante la deificación
del espacio y la objetivación de la gente, la práctica del planeamiento urbano conjuntamente con la ciencia del
urbanismo, transformó la configuración espacial y social de la ciudad, dando nacimiento en el siglo XX a lo que
se ha llamado la taylorización de la arquitectura».
pobreza tradicional, la gente podía contar con algunos colchones culturales. Y siempre estaba el nivel del suelo del
cual de ender, como ocupante ilegal o como mendigo. De este lado de la sepultura nadie podía caer más abajo que
el piso. «El infierno era un verdadero pozo, pero era para aquéllos que no habían compartido con el pobre en esta
vida, y deberían sufrirlo después de la muerte. Esto ya no vale. Los marginales modernizados no son mendigos ni
holgazanes. Ellos han sido embaucados por las necesidades que les atribuye algún alcahuete de la pobreza». Frente
a la innovación obligada, aprender a cuidar el entorno a la vez que reaprendemos a cuidarnos por nosotros mismos.
Sin definición técnica de lo que nos falta, lo que necesitamos. Ni el territorio ni la ciudad se pueden definir a partir
de ningún sistema de necesidades. Ni de un conjunto de hechos económicos. Visto así, nunca lo entenderemos. De
hecho, hoy (que se leen las ciudades desde la perspectiva economicista) no se entiende el significado de la pobreza
urbana.
Entender para celebrar el territorio (la ciudad, la casa) y también para lamentarlo. Valorar los ciclos, las es-
taciones, el tiempo cíclico que lo recorre. Perseguir la proporcionalidad, frente a la desmesura y el despilfarro.
Habitar, en fin, un verbo de vida.
Referencias Bibliográficas
C ECLA , F RANCO DE L A
1982 Il potere di abitare
Rimini, Libreria Editrice Fiorentina
I LLICH , I VAN
1985 ‘‘La reivindicación de la casa’’
Alternativas II, ed. Joaquín Mortiz/Planeta, 1989, México
I LLICH , I VAN
1985 H2 O y las aguas del olvido
ed. Cátedra, Madrid, 1989
I LLICH , I VAN
1978 «El mensaje de la choza de Gandhi»
Ixtus, Espíritu y cultura (Ivan Illich: La arqueología de las costumbres) , No 28 año VII, Cuernavaca,
México, 106 págs (Disponible en la red en: http://www.ivanillich.org/LiIxtus.htm)