Bradbury, Ray - in Memoriam
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Bradbury, Ray - in Memoriam
IN MEMORIAM
Bradbury, Ray In memoriam
DURANTE TODO el camino de regreso, a última hora de la tarde, conduciendo por calles
serpenteantes, disfrutando del tiempo, admirando los jacarandás y la nieve violeta que
soltaban sobre el césped de las casas, veía, aunque sólo de reojo, los aparatos delante de casi
uno de cada dos garajes. Iban quedando atrás sin que les pusiera nombre. Los conocía pero no
había ninguna razón especial para prestarles atención.
Los aros y tableros de baloncesto sobre los garajes, esperando a que alguien jugara con
ellos.
Nada especial. Ninguna connotación en particular.
Hasta que llegó delante de su casa en aquel clima otoñal y vio a su mujer en la acera,
con los brazos cruzados, mirando a un joven subido a una escalera que hacía algo con un
destornillador y un martillo. Ninguno de ellos se dio cuenta de su llegada hasta que él bajó del
coche dando un portazo. El joven miró desde arriba y la mujer miró desde la acera mientras él
soltaba un grito de sorpresa.
—¿Qué demonios ocurre? —gritó, asombrado de su propia emoción. La mujer le
respondió con tranquilidad.
—Estamos sacando eso. Hace años que está allí y...
El hombre lanzó una mirada feroz hacia la escalera.
—Bájate de ahí —dijo.
—¿Por qué? —preguntó la mujer.
—¡No necesito tener un motivo! ¡Maldita sea, bájate ya!
El joven asintió, puso los ojos en blanco y bajó.
—¡Ahora aparta la escalera! —dijo el marido.
—No hace falta que grites —dijo la mujer.
—¿Acaso estoy gritando? De acuerdo. Quita de ahí esa escalera. Gracias.
—Así me gusta más —dijo la mujer.
El joven llevó la escalera al garaje abierto y sin decir nada subió al coche y se marchó.
Durante todo ese tiempo el marido y la mujer estuvieron en medio de la calle mirando el
aro de baloncesto.
Cuando se hubo ido el coche, ella dijo:
—Ahora explícame qué es todo este lío.
—¡Lo sabes muy bien! —gritó el hombre—. Maldita sea —dijo bajando la voz. Se miró las
manos, sobre las que habían caído unas sorprendentes lágrimas—. ¿Qué es esto?
—Si tú no lo sabes, no lo sabe nadie. —La mujer suavizó la voz—. Entremos.
—Cuando hayamos terminado.
—La escalera ya no está y el aro sigue allí arriba. Al menos por ahora.
—No, no por ahora —dijo el hombre con obstinación—. Desde ahora.
—Pero ¿por qué?
—Quiero que esté allí. Por las dudas.
—¿Por qué dudas?
—Tiene que haber para él un sitio propio en este maldito mundo. No hay nada en el
cementerio. No hay nada en este país. Nada en Saigón, sobre todo en Saigón. Así que cuando
miro eso ya sabes a qué me refiero.
La mujer miró hacia la red y el aro.
—Ahora pondrás flores...
—¡No te burles!
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—Ojalá lo supiera. —El hombre agarró el tenedor pero no empezó a comer—. Es que
anoche y la noche anterior escuché.
—¿Qué escuchaste?
—Algo. Debí de haber estado allí una hora, acostado, escuchando. Esperando. Pero no
ocurrió nada.
—Come. Estás muerto de hambre.
—Sí, pero ¿hambre de qué?
—Toma —dijo la mujer—. Termina el vino.
A la hora de acostarse le dijo:
—Intenta dormir.
—No se puede intentar dormir. Se duerme o no se duerme.
—Inténtalo de todos modos —dijo ella—. Lo siento.
Lo besó en la mejilla y fue hacia la puerta del dormitorio.
—Iré en un minuto —dijo el hombre.
Oyó que a lo lejos una sola campana de la universidad daba las doce, y después la una y
después las dos. Sentado con un libro sin leer en las rodillas y con una nueva botella de vino al
lado, los ojos cerrados, esperaba. Afuera empezó a soplar el viento.
Por último, cuando la distante campana dio las tres, el hombre se levantó, salió a la calle
y abrió la puerta del garaje. Entró y se quedó un largo rato mirando la pelota de baloncesto.
No la sacó a la luz: la dejó allí en el suelo de cemento.
Si dejo abierta la puerta del garaje, pensó, quizá ocurra.
Salió y casi miró la red, pero pensó: no mires. No te fijes. Así, tal vez...
Cerró los ojos y dio media vuelta. Se quedó allí, a la luz de la luna, escuchando, ansiando
oír, balanceándose apenas, pero sin abrir ni una sola vez los ojos para mirar el tablero y el aro
y la red.
El viento se estremeció en las hojas.
Sí, pensó.
Sobre la calle se arrastró una hoja.
Sí, pensó, ay, sí.
Un ruido suave empezó a crecer, como si a lo lejos corriera alguien y después, más
cerca, caminara, y después nada.
Y al cabo de un rato algo empezó a moverse a su alrededor, produciendo ruidos a veces
rápidos, a veces lentos.
Sí, pensó. Ay, Dios mío, sí.
Y con los ojos cerrados extendió las manos para palpar el aire, pero allí sólo había viento
y luz lunar.
Sí, pensó. Ahora.
Y de nuevo: ahora.
Y otra vez: ahora.
Al amanecer la mujer fue a sentarse a su cama. El movimiento lo despertó. La miró a la
cara.
—No está —dijo la mujer.
—¿Qué?
La mujer miró hacia la ventana.
El hombre se levantó y se acercó a la ventana y miró hacia el frente del garaje.
No había tablero ni aro ni red.
—¿Qué ocurrió anoche? —preguntó la mujer.
—Algo.
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—¿Qué?
—No lo sé. Quizá fue el tiempo. La luna, al moverse, hizo que las cosas se movieran, y
pregunté qué a todo.
La mujer esperó con las manos en las rodillas.
—Muy bien, dije, seas quien seas, seas lo que seas, si jugamos un último partido, ¿podré
dormir? Un último partido. Sentía el aire en la cara y en los brazos. La luna desapareció y
volvió a aparecer. Esa era la señal. Me moví. Se movió el aire.
—¿Y entonces?
—Jugamos un último partido.
—Creo haber oído algo. —La mujer respiró hondo—. ¿Quién ganó?
—Nosotros —dijo el hombre.
—No podéis haber ganado los dos.
—Sí, se puede. Si se intenta.
—Y ganasteis los dos.
—Los dos.
La mujer se levantó y se acercó al hombre y miró el frente vacío del garaje.
—¿Lo sacaste tú?
—Lo sacó alguien.
—No te oí llevar la escalera.
—Sin embargo la tengo que haber llevado. Fue difícil subir, pero aún más difícil fue bajar.
Los ojos se me llenaban de lágrimas una y otra vez. No veía.
—¿Dónde pusiste todas aquellas cosas? —dijo la mujer.
—No lo sé. Las encontraremos en el lugar menos pensado.
—Gracias a Dios, todo ha terminado.
—Sí, todo ha terminado, pero lo mejor...
—¿Qué?
—Fue el empate —dijo el hombre. Y repitió—: El empate.
***