Y, ¿por qué no mejor acompañada? ¿Qúién le dice a usted que no encontraré yo con el tiempo un hombre de mi
gusto, que no tenga horror al matrimonio?
Pedro Antonio de Alarcón
-Pus pa eso tengo yo cinco azucenas y tos de elástico, como que si hoy las vendo yo es poique como los hijos son unos déspotas pa uno y como a mi Olorcilla, que hoy no está aquí, se le ha puesto entre ceja y ceja el que le merque un mantón de Manila, pos lo que pasa, me voy a desprender por dalle gusto de esas cinco rosas de mayo que son cinco plumas de las alas de mi corazón.
Y de tal modo rectificó su negativa con una sonrisa, que momentos después decíale la vendedora a Juan el Alpargatero: -Jaga usté lo que vo le digo: arrímese usté esta misma noche a la ventana de Rosario, y que me dé ahora mismo un flato si no encomienza usté esta noche a salirse con su gusto.
Porque dicho se está que, para dispensarme el honor y el
gusto de pedirme o encargarme que le pida a mi primo ese pobre barro que se llama dinero, no estará usted pasando tanta fatiga, sabiendo lo mucho que estimamos a ustedes, y conociéndonos como creo que nos conoce...
Pedro Antonio de Alarcón
Visto esto, no deseo sino que este tanto por ciento de locos al frente del destino de una parte de la humanidad, sea tan débil en nuestra profesión como en la de ellos. Con lo cual concluyo en calma mi café, que tiene hoy un
gusto extrañamente salado.
Horacio Quiroga
-Y no es pa menos, marecita; ese hombre me es simpático y me esazona tener que darle el mal rato que le voy a tener que dar esta noche contra to el torrente de mi gusto.
Ya hemos dicho que era el suyo uno de los pocos ventorrillos de esta nuestra tierra natal donde la buena fortuna había olvidado un punto su índole veleidosa y tornadiza, y gusto da penetrar en el establecimiento y ver cómo...
¡Pídame usted la poca y mala sangre con que entré en esta casa y la mucha y rica que he criado en ella, y toda la derramaré con
gusto!...
Pedro Antonio de Alarcón
¡No he podido resistir a la tentación de proporcionar a mi noble amiga el
gusto y la gala de usar entre los muertos los dictados que no le permitieron llevar los vivos!
Pedro Antonio de Alarcón
-¿Y entonces tú pa qué te has puesto esas cosas no siendo tuyas? -Porque como mi cuerpo no mancha me he querío dar ese gusto. ¿Tú te enteras?
Don Jorge se apoyó, o, mejor dicho, se irguió sobre ellas, y clavando en la joven una mirada pesquisidora, rígida, imponente, le interrogó con voz de magistrado: -¿Le
gusto a usted?
Pedro Antonio de Alarcón
-Es que manque me lo hubieras tú pedio, yo no te hubiera dao aquel día los parneses, pero ahora que estoy ya enterao de que esa chavalilla ha preferío tu ramo de flores y tu anillo al mantón que el otro le quería regalar, ahora es cuando tengo yo la mar de gusto en que le regales tú este otro mantón que era el mejor que tenía mi mujer, que en paz descanse.