La Promesa
La Promesa
La Promesa
Rochieitu
Lo A 3
Margarita lloraba con el rostro oculto entre las manos; lloraba sin gemit, pero las lágri-
mas corrían silenciosas a lo largo de sus mejillas, deslizándose por entre sus dedos para
caer en la tierra hacia la que había doblado su frente.
Junto a Margarita estaba Pedro, quien levantaba de cuando en cuando los ojos para
mirarla, y viéndola llorar tormaba a bajarlos, guardando a su vez un silencio profundo,
Y todo callaba alrededor y parecía respetar su pena. Los rumores del campo se apaga-
ban; el viento de la tarde dormía, y las sombras comenzaban a envolver los espese
árboles del soto.
Así transcurrieron algunos minutos, durante los cuales se acabó de borrar el rastro
de luz que el sol había dejado al morir en el horizonte; la luna comenzó a dibujarse
ragamente sobre el fondo violado del cielo del crepúsculo, y unas tras otras fud
apareciendo las mayores estrellas=
Pedro rompió al fin aquel silencio angustioso, exclamando con voz sorda y entrecorta-
da y como si hablase consigo mismo:
Es imposible... imposible!
Margarita, para ti el amor es todo, y tú no ves nada más allá del amor. No obstante,
tro cariño, y es mini deber. Nu señor el conde de
—No llores, por Dios, Margarita; no llores, porque tus lágrimas me hacen daño. Voy
a alejarme de ti; mas yo volveré después de haber conseguido un poco de gloria para
mi nombre oscu
El cielo noS ayudará en la santa empresa; conquistaremos a Sevilla, y el rey nos dará
feudos en las riberas del Guadalquivir a los conquistadores. Entonces volveré en tu
busca y nos iremos juntos a habitar en aquel paraíso de los árabes, donde dicen que
hasta el cielo es más limpio y más azul que el de Castilla.
Pedro besó la frente de Margarita, desató su caballo, que estaba sujeto a uno de los
árboles del soto, y se alejó al galope por el fondo de la alameda.
Mangarita siguió a Pedro con los ojos hasta que su sombra se confundió entre la nicbla
de la noche, y cuando ya no pudo distinguirte, se volvió kentamente al luga, donde la
aguardaban sus hermanos.
Ponte tus vestidos de gala e dijo uno de ellos al entrar—, que mañana vamos a
Gómara con todos los vecinos del pueblo para ver al conde que se marcha a Anda-
lucía.
-A mí más me entristece que me alegra ver irse a los que acaso no han de volver
respondió Margarita con un suspiro.
Sin embargo —insistó el otro hermano—, has de venir con nosotros y has de ve-
nir compuesta y alegre: así no dirán las gentes murmuradoras que tienes amores en el
castillo y que tus amores se van a la guert
II
Apenas rayaba en el cielo la primera luz del alba, cuando empezó a oírse por todo el
campo de Gómara la aguda trompetería de los soldados del conde, y los campesinos
que llegaban en numerosos grupos de los lugares cercanos vieron desplegarse al viento
el pendón señorial en la torre más alta de la fortaleza.
Unos sentados al borde de los fosos, otros subidos en las copas de los árboles, éstos
vagando por la llanura; aquéllos coronando las cumbres de las colinas, los de más allá
formando un cordón a lo largo de la calzada, ya haría cerca de una hora que los curio-
sos esperaban el espectáculo, no sin que algunos comenzaran a impacientarse, cuando
volvió a sonar de nuevo el toque de los clarines, rechinaron las cadenas del puente, que
cayó con pausa sobre el foso, y se levantaton los rastrillos, mientras se abrían de par
en par y gimiendo sobre sus goznes las pesadas puertas del arco que conducía al patio
de armas.
La multitud corrió a agolparse en los ribazos del camino para ver más a su sabor las
brillantes armaduras y los lujosos arreos del séquito del conde de Gómara, célebre en
toda la comarca por su esplendidez y sus riquezas.—
(
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C Obmas de Gustavo Adalilo Baguer Tomo Primrolaemda 12: La Prmue
en voz alta y a son de caja las cédulas del rey llamando a sus feudatarios a la guerra
de moros, y requiriendo a las villas y lugares libres para que diesen paso y ayuda a sus
huestes.
A los farautes siguieron los heraldos de corte, ufanos con sus casulas de seda, sus es-
udos bordados de oro y colores y sus birretes guarnecidos de plumas vistosas.
Después vino el escudero mayor de la casa, armado de punta en blanco, caballero
sobre un potro morcillo, llevando en sus manos el pendón de rico— ombre con sus
motesdeynegro
tido eras, y al estribo izquierdo el ejecutor de las justicias del señorío, ves-
sus calydrojo.
s de escal
Luego, envueltos en la nube de polvo que levantaba el casco de sus caballos, y lan-
zando chispas de luz de sus petos de hierro, pasaron los hombres de armas del castillo
formados en gruesos pelotones, que semejaban a lo lejos un bosque de lanzas.
Por último, precedido de los timbaleros, que montaban poderosas mulas con gual-
eguido ydepenachos,
drapas rodeado
los escuderos de sudecAsa, vestían ricos trajes de seda y oro, y
pajes, queel conde.
sus apareció
Al verle, la multitud levantó un clamor inmenso para saludarle, y entre la confusa vo-
cería se ahogó el grito de una mujer, que en aquel momento cayó desmayada y comd
heri
Margari
rayo tena quelos brazos
da deta,unMargati habí a
de algdunas
conoci o a
personas
su mi s teri o
acudieronen ela socorrerl
queso amante muy al t o
Era
ay. muy
temido señor conde de Gómara, uno de los más nobles y poderosos feu
pna de Castilla. rios de la
Al pronunciar estas últimas palabras, el conde se puso de pie y dio algunos pasos como
fuera de sí y embargado de un terror profundo.
El escudero se enjugó una lágrima que corría por sus mejillas, Creyendo loco a su
señor, no insistió, sin embargo, en contrariar sus ideas, y se limitó a decirle con voz
profundamente conmovida:
El real de los cristianos se extendia por todo el campo de Guadaira, hasta tocar en la
margen izquierda del Guadalquivir. Enfrente del real y destacándose sobre el lumi-
noso horizonte, se alzaban los muros de Sevilla flanqueados de torres almenadas y
fuertes. Por encima de la corona de almenas rebosaba la verdura de los mil jardines de
la morisca ciudad, y entre las oscuras manchas del follaje lucían los miradores bland
como la nieve, los minaretes de las mezquitas y la gigantesca atalaya, sobre cuyo aéreo
pretil lanzaban chispas de luz, heridas por el sol, las cuatro grandes bolas de oro, que
desde el campo de los cristianos parecían cuatro llamas.
La empresa de Don Fernando, una de las más heroicas y atrevidas de aquella época,
había traído a su alrededor a los más célebres guerreros de los diferentes reinos de la
Península, no faltando algunos que de países extraños y distantes vinieran también;
Ilamados por la fama, a unir sus esfuerzos a los del santo rey.
Cuando el conde llegó cerca del grupo que formaban el romero y sus admiradores,
omenzaba éste a templar una especie de bandolín o guzla árabe con que se acompaña
en la relación de sus romances. Después que hubo estirado bien las cuerdas unas tras
otras y con mucha calma, mientras su acompañante daba la vuelta al corro sacando los
últimos cornados de la flaca escarcela de los oyentes, el romero empezó a cantar con
voz gangosa y con un aire monótono y plañidero un romance que siempre terminaba
con el mismo estribillo.
El conde se acercó al grupo y prestó atención. Por una coincidencia, al parecer extraña,
— Y dónde has aprendido ese romance? A quién se refiere la historia que cuentas?-—
volvió a exclamar su interlocutor, cada vez con muestras de emoción más profunda.
Señor —dijo el romero clavando sus ojos en los del conde con una fijeza imperturb-
able esta cantiga la repiten de unos en otros los aldeanos del campo de Gómara
y se refiere a una desdichada cruelmente ofendida por un poderoso. Altos juicios o
Dios han permitido que al enterrarla quedase siempre fuera de la sepultura la mano
en que su amante le puso un anillo al hacerle una promesa. Vos sabréis quizá a quién
toca cumplirla.
Después que éste, arrodillado sobre la humilde fosa, estrechó en la suya la mano de
Margarita, y un sacerdote autorizado por el Papa bendijo la lúgubre unión, es fama que
cesó el prodigio, y la mano muerta se hundió para siempre.
Al pie de unos árboles añosos y corpulentos hay un pedacito de prado, que al llegar la
primavera se cubre espontáneamente de fores.
La gente del pańs dice que alli está enterrada Margarita