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Bergson Cap 2

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Capítulo II

Del reconocimiento
de las imágenes.
La memoria y el cerebro.

Enunciemos a continuación las consecuencias que se derivarían


de nuestros principios parala teoría de la memoria. Decíamos que el
cuerpo, interpuesto entre los objetos que actúan sobre él y aquellos
sobre los que él influye, no es más que un conductor encargado de
recoger los movimientos y de transmitirlos, cuando no los detiene,
por medio de ciertos mecanismos motores, determinados si la acción
es refleja, escogidos si la acción es voluntaria. T odo debe suceder pues
com o si una memoria independiente reuniera imágenes a lo largo del
tiempo y a m edida que se producen; y com o si nuestro cuerpo, con
lo que lo rodea, no fuera más que una de esas imágenes, la última,
aquella que obtenemos en cualquier momento practicando un corte
instantáneo en el devenir general. En este corte nuestro cuerpo ocupa
el centro. Las cosas que lo circundan actúan sobre él y él reacciona
sobre ellas. Sus reacciones son más o menos complejas, más o menos
variadas, según el número y la naturaleza de los aparatos que la expe­
riencia ha montado al interior de su sustancia. Es pues bajo forma de
dispositivos motores, y solamente de ellos, que él puede almacenar
la acción del pasado. D e donde resultaría que las imágenes pasadas
propiamente dichas se conservan de otro modo, y que debemos en
consecuencia formular esta primera hipótesis:
I. E l pasado sobrevive bajo dos formas distintas: I o en mecanismos
motores; 2 o en recuerdos independientes.
Pero entonces, la operación práctica y en consecuencia ordinaria
de la memoria, la utilización de la experiencia pasada para la acción
presente, el reconocimiento en fin, debe cumplirse de dos maneras.
A veces se producirá en la acción misma, y por la puesta en juego
totalmente automática del mecanismo apropiado a las circunstancias;
otras veces implicará un trabajo del espíritu, que irá a buscar en el
pasado, para dirigirlas sobre el presente, las representaciones más
capaces de insertarse en la situación actual. D e ahí nuestra segunda
proposición:
II. E l reconocimiento de un objetopresente seproducepor movimientos
cuando procede del objeto, por representaciones cuando emana del sujeto.
Es cierto que una última cuestión se plantea, la de saber cómo
se conservan esas representaciones y qué relaciones mantienen con
los mecanismos motores. Esta cuestión recién será profundizada en
nuestro próximo capítulo, cuando habremos tratado del inconciente
y mostrado en qué consiste, en el fondo, la distinción del pasado y
el presente. Pero desde ahora podem os hablar del cuerpo como de
un límite moviente entre el porvenir y el pasado, com o de un punto
móvil que nuestro pasado lanzaría incesantemente en nuestro porve­
nir. M ientras que mi cuerpo, considerado en un único instante, no
es más que un conductor interpuesto entre los objetos que influyen
en él y los objetos sobre los que él actúa, en cambio, colocado en el
tiempo que transcurre, está siempre situado en el punto preciso en
que mi pasado viene de expirar en una acción. Y, en consecuencia,
esas imágenes particulares que llamo mecanismos cerebrales concluyen
en todo momento la serie de mis representaciones pasadas, siendo
la última prolongación que esas representaciones envían al presente,
su punto de enlace con lo real, es decir con la acción. Corten este
enlace, la imagen pasada no es quizás destruida, pero ustedes le qui­
tan todo medio de obrar sobre lo real, y en consecuencia, como lo
mostraremos, de realizarse. Es en este sentido, y solamente en este,
que una lesión del cerebro podrá abolir algo de la memoria. D e ahí
nuestra tercera y última proposición:
III. Pasamos, a través de grados insensibles, de los recuerdos dispuestos
a lo largo del tiempo a los movimientos que delinean la acción naciente
oposible en el espacio. Las lesiones del cerebro pueden afectar estos mo­
vimientos, pero no esos recuerdos.
Resta saber si la experiencia verifica estas tres proposiciones.

I. Las dos formas de la memoria. Estudio una lección, y para


aprenderla de memoria la leo primero recalcando cada verso; a con­
tinuación la repito un cierto número de veces. A cada lectura nueva
se consuma un progreso; las palabras se ligan cada vez mejor; ellas
acaban por organizarse conjuntamente. En ese momento preciso sé
mi lección de memoria; se dice que ella ha devenido recuerdo, está
impresa en mi memoria.
Investigo ahora cómo ha sido aprendida la lección, y me represento
una tras otra las fases por las cuales he pasado. C ada una de las lec­
turas sucesivas me remite entonces al espíritu con su individualidad
propia; la repaso con las circunstancias que la acompañaron y que
aún la enmarcan; ella se distingue de aquellas que la preceden y de
las que le siguen por el lugar propio que ha ocupado en el tiempo;
en resumen, cada una de esas lecturas vuelve a pasar delante de mí
com o un acontecimiento determinado de mi historia. Tam bién
se dirá que esas imágenes son recuerdos, que están impresas en mi
memoria. En los dos casos se emplean los mismos términos ¿Se trata
efectivamente de lo mismo?
El recuerdo de la lección, en tanto aprendida de memoria, posee
todos los caracteres de un hábito. Com o el hábito, se adquiere por la
repetición de un mismo esfuerzo. C om o el hábito, ha exigido pri­
mero la descomposición, luego la recomposición de la acción total.
C om o todo ejercicio habitual del cuerpo, en fin, es almacenado en
un mecanismo que imprime un impulso inicial en un sistema cerrado
de movimientos automáticos que se suceden en el mismo orden y
ocupan el mismo tiempo.
Por el contrario, el recuerdo de esta lectura particular, la segunda o
la tercera por ejemplo, no posee ninguno de los caracteres del hábito.
Necesariamente su imagen está impresa por primera vez en la memo­
ria, puesto que las otras lecturas constituyen, por propia definición,
recuerdos diferentes. Es como un acontecimiento de mi vida; tiene
por esencia llevar una fecha, y no poder en consecuencia repetirse.
T odo lo que las lecturas ulteriores le añadieran no haría más que
alterar su naturaleza original; y si mi esfuerzo para evocar esta imagen
se vuelve cada vez más fácil a m edida que lo repito más a menudo, la
imagen misma, considerada en sí misma, es necesariamente desde un
principio lo que siempre será. ¿Se dirá que esos dos recuerdos, el de la
lectura y el de la lección, solamente difieren cuanto más cuanto menos
en que las imágenes sucesivamente desarrolladas por cada lectura se
recubren entre ellas, mientras que la lección una vez aprendida no
es más que la imagen compuesta resultante de la superposición de
todas las otras? Es indiscutible que cada una de las lecturas sucesivas
difiere sobre todo de la precedente en que la lección está allí mejor
sabida. Pero también es cierto que cada una de ellas, considerada
com o una lectura siempre renovada y no com o una lección cada vez
mejor aprendida, se basta absolutamente a sí misma, subsiste tal como
se produce, y constituye con todas las percepciones concomitantes
un momento irreductible de mi historia. Se puede incluso ir más
lejos, y decir que la conciencia nos revela entre estos dos tipos de
recuerdo una diferencia profunda, una diferencia de naturaleza. El
recuerdo de esta lectura determinada es una representación, y sólo
eso; se sostiene en una intuición del espíritu que puedo alargar o
acortar a mi antojo; le asigno una duración arbitraria: nada me im ­
pide abarcar todo de golpe, como en un cuadro. Por el contrario, el
recuerdo de la lección aprendida, aún cuando me limite a repetir esa
lección internamente, exige un tiempo bien determinado, el mismo
que hace falta para desarrollar uno a uno, aunque sólo fuese en la
imaginación, todos los movimientos de articulación necesarios: ya
no se trata pues de una representación, se trata de una acción. Y de
hecho, la lección una vez aprendida no lleva sobre sí ninguna marca
que traicione sus orígenes y la archive en el pasado; ella forma parte
de mi presente del mismo m odo que m i hábito de caminar o de
escribir; ella es vivida, es «actuada», en vez que representada; podría
creerla innata, si no me gustara evocar al mismo tiempo, como otras
tantas representaciones, las lecturas sucesivas que me han servido
para aprenderla. Esas representaciones son pues independientes de
ella, y com o han precedido a la lección sabida y recitada, la lección
una vez sabida también puede prescindir de ellas.
Llevando hasta el final esta distinción fundamental, uno podría
representarse dos memorias teóricamente independientes. La primera
registraría, bajo la form a de imágenes-recuerdos, todos los aconte­
cimientos de nuestra vida cotidiana a medida que se desarrollan;
ella no descuidaría ningún detalle; en cada hecho, en cada gesto,
dejaría su ubicación y su fecha. Sin segunda intención de utilidad
o aplicación práctica, almacenaría el pasado por el sólo efecto de
una necesidad natural. A través de ella se volvería posible el recono­
cimiento inteligente, o intelectual más bien, de una percepción ya
experimentada; en ella nos refugiamos todas las veces que remon­
tamos la pendiente de nuestra vida pasada para buscar una cierta
imagen. Pero toda percepción se prolonga en acción naciente; y a
medida que las imágenes, una vez percibidas, se fijan y se alinean
en esta memoria, los movimientos que las continúan modifican el
organismo, creando en el cuerpo disposiciones nuevas para actuar.
Así se form a una experiencia de un orden totalmente distinto y que
se deposita en el cuerpo, una serie de mecanismos completamente
montados, con reacciones cada vez más numerosas y variadas ante
las excitaciones exteriores, con réplicas completamente listas ante un
número sin cesar creciente de interpelaciones posibles. Tom am os
conciencia de estos mecanismos en el momento en que entran en
juego, y esta conciencia de todo un pasado de esfuerzos almacenada
en el presente es aún efectivamente una memoria, pero una m emo­
ria profundamente diferente de la primera, tendida siempre hacia
la acción, asentada en el presente y no mirando otra cosa que el
porvenir. Ella no ha retenido del pasado más que los movimientos
inteligentemente coordinados que representan su esfuerzo acumula­
do; recobra esos elementos pasados, no en imágenes-recuerdos que
los evocan, sino en el orden riguroso y el carácter sistemático con
que se cumplen los movimientos actuales. A decir verdad, ya no nos
representa nuestro pasado, lo actúa; y si aún merece el nombre de
memoria no es ya porque conserva imágenes antiguas, sino porque
prolonga su efecto útil hasta el momento presente.
D e estas dos memorias, una que imagina y la otra que repite, la
segunda puede suplir a la primera y a menudo incluso dar la ilusión
de ella. Cuando el perro recibe a su dueño a través de ladridos alegres
y de caricias, lo reconoce sin duda alguna; pero ¿implica este reco­
nocimiento la evocación de una imagen pasada y la aproximación
de esta imagen a la percepción presente? ¿N o consiste más bien en la
conciencia que el animal tom a de una cierta actitud especial .adoptada
por su cuerpo, actitud que sus relaciones familiares con su dueño le
han formado poco a poco, y que es provocada ahora mecánicamen­
te en él por la sola percepción del dueño? ¡N o vayamos tan lejos!
Quizás vagas imágenes del pasado desbordan la percepción presente
del propio animal, se concebiría incluso que su pasado completo
estuviese virtualmente dibujado en su conciencia; pero ese pasado
no lo compromete tanto como para liberarlo del presente que lo fas­
cina y cuyo reconocimiento debe ser vivido antes que pensado. Para
evocar el pasado bajo la form a de imagen, es preciso poder abstraerse
de la acción presente, es preciso saber apreciar lo inútil, es preciso
querer soñar. Quizás sólo el hombre es capaz de un esfuerzo de esta
clase. Incluso el pasado que remontamos de este m odo es él mismo
escurridizo, siempre a punto de escapársenos, como si esta memoria
regresiva fuera contrariada por la otra memoria, más natural, cuyo
movimiento hacia adelante nos lleva a obrar y a vivir.
Cuando los psicólogos hablan del recuerdo como de un pliegue
contraído, como de una impresión que se graba cada vez más pro­
fundamente al repetirse, olvidan que la inmensa mayoría de nuestros
recuerdos se apoyan sobre los acontecimientos y detalles de nuestra
vida, cuya esencia es estar fechados y en consecuencia no volver a
producirse jam ás. Los recuerdos que se adquieren voluntariamente
por repetición son raros, excepcionales. Por el contrario, el registro
a través de la memoria de hechos e imágenes únicas en su género
se prosigue en todos los momentos de la duración. Pero como los
recuerdos aprendidos son más útiles, se los nota más. Y como la
adquisición de esos recuerdos a través de la repetición del mismo
esfuerzo se asemeja al proceso ya conocido del hábito, se prefiere
llevar al primer plano este tipo de recuerdo, erigirlo en modelo, y
no ver ya en el recuerdo espontáneo más que el mismo fenómeno en
estado naciente, el principio de una lección aprendida de memoria.
Pero ¿cómo no reconocer que la diferencia es radical entre lo que
debe constituirse a través de la repetición y lo que, por esencia,
no puede repetirse? El recuerdo espontáneo es inmediatamente
perfecto; el tiempo no podrá añadir nada a su imagen sin desnatu­
ralizarla; conservará para la memoria su ubicación y su fecha. Por el
contrario, el recuerdo aprendido surgirá del tiempo a m edida que
la lección esté mejor sabida; se volverá cada vez más impersonal,
cada vez más extraño a nuestra vida pasada. La repetición no tiene
pues en absoluto el efecto de convertir el primero en el segundo; su
papel es el de utilizar cada vez más los movimientos por los cuales
se continúa el primero, para organizados entre ellos y, montando
un mecanismo, crear un hábito del cuerpo. Además este hábito
sólo es recuerdo porque me acuerdo de haberlo adquirido; y no me
acuerdo de haberlo adquirido más que porque apelo a la memoria
espontánea, la que fecha los acontecimientos y sólo los registra una
vez. D e las dos memorias que acabamos de distinguir, la primera
parece ser efectivamente la memoria por excelencia. La segunda, la
que los psicólogos estudian de ordinario, es el hábito alumbrado por
la memoria antes que la memoria misma.
Es verdad que el ejemplo de una lección aprendida de memoria
es bastante artificial. Sin embargo nuestra existencia transcurre
en medio de objetos restringidos en número, que vuelven a pasar
más o menos con frecuencia frente a nosotros: cada uno de ellos,
al mismos tiempo que es percibido, provoca de nuestra parte m o­
vimientos al menos nacientes por los cuales nos adaptamos a ellos.
Esos movimientos, al repetirse, se crean un mecanismo, pasan al
estado de hábito, y determinan en nosotros actitudes que suceden
automáticamente a nuestra percepción de las cosas. Nuestro sistema
nervioso, decíamos, apenas estaría destinado a otro uso. Los nervios
aferentes aportan al cerebro una excitación que, luego de haber esco­
gido inteligentemente su camino, se transmite a mecanismos motores
creados por la repetición. Así se produce la reacción apropiada, el
equilibrio con el medio, la adaptación, en una palabra, aquello que
es el fin general de la vida. Y un ser viviente que se contentara con
vivir no tendría necesidad de otra cosa. Pero al mismo tiempo que se
prosigue este proceso de percepción y de adaptación que conduce al
registro del pasado bajo la forma de hábitos motrices, la conciencia,
como veremos, retiene una tras otra la imagen de las situaciones por
las que ha pasado, y las alinea en el orden en que se han sucedido.
¿Para qué servirán estas imágenes-recuerdos? Al conservarse en la
memoria, al reproducirse en la conciencia, ¿no van a desnaturalizar
el carácter práctico de la vida, mezclando el sueño con la realidad?
Sería así, sin dudas, si nuestra conciencia actual, conciencia que
justamente refleja la exacta adaptación de nuestro sistema nervioso
a la situación presente, no apartara todas aquellas imágenes pasadas
que no pueden coordinarse con la percepción actual y formar con
ella un conjunto útil. C om o máximo ciertos recuerdos confusos, sin
relación con la situación presente, desbordan las imágenes útilmente
asociadas, dibujando alrededor de ellas una franja menos iluminada
que va a perderse en una inmensa zona oscura. Pero sobreviene un
accidente que descalabra el equilibrio mantenido por el cerebro entre
la excitación exterior y la reacción motriz; relajen por un instante la
tensión de los hilos que van de la periferia a la periferia pasando por
el centro, enseguida las imágenes oscurecidas van a avanzar a plena
luz: es esta última condición la que se realiza sin dudas cuando uno
duerme y sueña. D e las dos memorias que hemos distinguido, la
segunda que es activa o motriz, deberá pues inhibir constantemente
a la primera, o al menos no aceptar de ella sino lo que pueda aclarar
y completar útilmente la situación presente: así se deducen las leyes
de asociación de las ideas. Pero independientemente de los servicios
que puedan aportar por su asociación a una percepción presente, las
imágenes almacenadas por la memoria espontánea tienen todavía
otro uso. Sin dudas son imágenes de ensueño; sin dudas aparecen y
desaparecen de ordinario independientemente de nuestra voluntad;
y justamente por eso estamos obligados, para saber realmente una
cosa, para tenerla a nuestra disposición, a aprenderla de memoria,
es decir a sustituir la imagen espontánea por un mecanismo motor
capaz de suplirla. Pero existe cierto esfuerzo sui generis que nos
permite retener la imagen misma, por un tiempo limitado, bajo la
mirada de nuestra conciencia; y gracias a esta facultad, no tenemos
necesidad de esperar del azar la repetición accidental de las mismas
situaciones para organizar en hábito los movimientos concomitantes;
nos servimos de la imagen fugitiva para construir un mecanismo es­
table que la reemplace. Por último, o bien nuestra distinción de dos
memorias independientes no es fundada, o si responde a los hechos
deberemos constatar una exaltación de la memoria espontánea en
la mayoría de los casos en que el equilibrio senso-motor del sistema
nervioso fuera perturbado; por el contrario, en el estado normal,
una inhibición de todos los recuerdos espontáneos que no pueden
consolidar útilmente el equilibrio presente, en ñn, la intervención
latente del recuerdo-imagen en la operación por la que se contrae el
recuerdo-hábito. ¿Los hechos confirman la hipótesis?
N o insistiremos por el momento ni sobre el primer punto ni sobre
el segundo: esperamos liberarlos a plena luz cuando estudiemos las
perturbaciones de la memoria y las leyes de asociación de las ideas.
Limitémonos a mostrar, en lo que concierne a las cosas aprendidas,
cóm o las dos memorias van aquí codo a codo y se prestan un mutuo
apoyo. Q ue las lecciones inculcadas en la memoria motriz se repiten
automáticamente es algo que la experiencia cotidiana demuestra;
pero la observación de los casos patológicos comprueba que el au­
tomatismo se extiende aquí mucho más lejos de lo que pensamos.
H em os visto a dementes producir respuestas inteligentes a una
serie de preguntas que no comprendían: el lenguaje funcionaba en
ellos a la manera de un reflejo1. A afásicos incapaces de pronunciar
espontáneamente una palabra acordarse sin error las letras de una
melodía cuando la cantan2. O también recitarán corrientemente
una plegaria, la serie de los números, la de los días de la semana y
los meses del año3. D e este m odo mecanismos de una complicación
extrema, bastante sutiles para imitar la inteligencia, pueden funcio­
nar por sí mismos una vez construidos, y en consecuencia obedecer
por hábito al sólo impulso inicial de la voluntad. Pero ¿qué sucede
mientras los construimos? Cuando, por ejemplo, nos ejercitamos
en aprender una lección, ¿no está ya en nuestro espíritu, invisible y
presente, la imagen visual o auditiva que buscamos recomponer a
través de movimientos? D esde el primer recitado reconocemos con
un vago sentimiento de malestar tal error que venimos de cometer,
como si recibiéramos de las oscuras profundidades de la conciencia
una especie de advertencia4. Concéntrense entonces sobre lo que
experimentan, sentirán que la imagen completa está ahí, pero fugi­
tiva, verdadero fantasm a que se desvanece en el momento preciso
en que vuestra actividad motriz quisiera fijar su silueta. En el curso
de experiencias recientes, emprendidas además con un objetivo to­
talmente distinto5, los sujetos declaraban experimentar precisamente
una impresión de ese tipo. Se hacía aparecer ante sus ojos, durante
algunos segundos, una serie de letras que se les pedía retener. Pero,

1ROBERTSON, ReflexSpeech (Journal qfmentalScience, abril 1888) Cf. el artículo


de Ch. FERÉ, Le langage réflexe (Revue philosophique, enero 1896).
2 OPPENHEIM, Ueber das Verhalten der musikalischen Ausdrucksbewegungen
bel Aphatischen (CharitéAnnalen, XIII, 1888, p. 348 y sis;.).
3 Ibid., p. 365
4 Ver, a propósito de este sentimiento de error, el artículo de M U LLER y
SCH U M A N N , Experimenteile Beitrage zur Untersuchung des Gedáchtnisses
(Zeitschr. f Psych. u. Phys. der Sinnesorgane, diciembre, 1893, p. 305).
! W !G. SM ITH, The relation o f attention to memory (Mind, enero 1894).
para impedirles señalar las letras percibidas a través de movimientos
apropiados de articulación, se exigía que repitiesen constantemente
una cierta sílaba mientras miraban la imagen. D e donde resultaba
un estado psicológico especial, en el que los sujetos se sentían en
posesión completa de la imagen visual «sin poder sin embargo re­
producir de ella la menor parte en el momento debido: para su gran
sorpresa, la línea desaparecía». Al decir de uno de ellos, «había en
la base del fenómeno una representación de conjunto, una suerte de
idea compleja abrazando el todo, y en la que las partes tenían una
unidad inexpresablemente sentida»6.
Ese recuerdo espontáneo, que se esconde sin dudas tras el recuerdo
adquirido, puede revelarse a través de iluminaciones bruscas: pero se
hunde al menor movimiento de la memoria voluntaria. Si el sujeto
ve desaparecer la serie de las letras cuya imagen creía haber retenido,
es sobre todo cuando comienza a repetirlas: «este esfuerzo parece
impulsar el resto de la imagen fuera de la conciencia7». Analicen
ahora los procedimientos imaginativos de la memotecnia, hallarán
que esta ciencia tiene precisamente por objeto llevar al primer plano
el recuerdo espontáneo que se disimula, y ponerlo a nuestra libre dis­
posición como un recuerdo activo: para eso se reprime primero toda
veleidad de la memoria actuante o motriz. La facultad de fotografía

6 «According to one observer, the basis was a Gesammtvorstellung, a sort o f all


embracing complex idea in which the parts have an indefinitely felt unity» (SM ITH,
op. cit., p. 73).
7 ¿No sería esto algo del mismo género de lo que sucede en esa afección que los
autores alemanes han llamado dislexicü El enfermo lee correctamente las primeras
palabras de una frase, luego se detiene bruscamente incapaz de continuar, como si
los movimientos de articulación hubieran inhibido los recuerdos. Ver, a propósito de
la dislexia: BERLIN, Eine besondere Art Wortblindheit (Dyslexie), Wiesbaden, 1887,
y SOM M ER, Die Dyslexie ais functionelle Storung (Arcb. E Psychiatrie, 1893).
Relacionaríamos aún a estos fenómenos los casos tan singulares de sordera verbal en
que el enfermo comprende la palabra del prójimo, pero ya no comprende la suya.
Ver los ejemplos citados por BATEMAN, On Aphasia, p. 200; por BERNARD, De
l'aphasie, París, 1889, p. 143 y 144; y por BROADBENT, A case o f peculiar affection
o f speech, Brain, 1878-9. p. 484 y sig.).
mental, dice un autor8, pertenece antes a la subconciencia que a la
conciencia; ella difícilmente obedece al llamado de la voluntad. Para
ejercitarla, uno deberá habituarse a retener de golpe, por ejemplo,
varios agrupamientos de puntos, incluso sin pensar en contarlos9: en
cierto m odo, es necesario imitar la instantaneidad de esta memoria
para alcanzar la disciplina. Aún persiste caprichosa en sus manifes­
taciones, y como los recuerdos que aporta poseen algo del sueño, es
raro que su intrusión más regular en la vida del espíritu no perturbe
profundamente el equilibrio intelectual.
N uestro próxim o capítulo mostrará qué es esta memoria, de
dónde deriva y cóm o procede. Bastará provisoriamente una con­
cepción esquemática. D ecim os pues, para resumir lo que precede,
que el pasado efectivamente parece almacenarse, com o lo habíamos
previsto, bajo esas dos formas extremas, por un lado los mecanismos
motores que lo utilizan, por el otro las imágenes-recuerdos perso­
nales que dibujan en él todos los acontecimientos con su contorno,
su color, y su lugar en el tiempo. D e esas dos memorias, la primera
está verdaderamente orientada en el sentido de la naturaleza; la
segunda, abandonada a sí misma, iría más bien en sentido contra­
rio. La primera, conquistada a través del esfuerzo, permanece bajo
la dependencia de nuestra voluntad; la segunda, completamente
espontánea, pone tanto capricho en reproducir como fidelidad en
conservar. El único servicio regular y seguro que la segunda puede
dar a la primera es el de mostrarle las imágenes de aquello que ha
precedido o seguido en las situaciones análogas a la situación pre­
sente, a fin de alumbrar su elección: en esto consiste la asociación
de las ideas. N o hay ningún otro caso en que la memoria que vuelve
a ver obedezca regularmente a la memoria que repite. Además en
todas partes preferimos construir un mecanismo que nos permite,
de ser necesario, dibujar de nuevo la imagen, porque sentimos que

8 MORTTMER GRANVILLE, Ways o f remembering (Lancet, TI de septiembre


de 1879, p. 458).
9 KAY, Memory and how to improve it, New York, 1888.
no podem os contar con su reaparición. Tales son las dos formas
extremas de la memoria, consideradas ambas en estado puro.
Lo decimos de inmediato: es por haberse atenido a las formas
intermedias y en cierto modo impuras, que se ha desconocido la
verdadera naturaleza del recuerdo. En lugar de disociar primero
los dos elementos, imagen-recuerdo y movimiento, para investigar
a continuación a través de qué serie de operaciones acontecen, al
abandonar de ese m odo algo de su pureza original, al deslizarse uno
en el otro, no se considera más que el fenómeno mixto que resulta
de su coalescencia. Este fenómeno, siendo mixto, presenta por un
lado el aspecto de un hábito motriz, por otro, el de una imagen más
o menos concientemente localizada. Pero se pretende que sea un
fenómeno simple. Será preciso entonces suponer que el mecanismo
cerebral, medular o bulbario, que sirve de base al hábito motriz,
es al mismo tiempo el substrato de la imagen conciente. D e allí la
extraña hipótesis de recuerdos almacenados en el cerebro, que se
volverían concientes por un verdadero milagro, y nos conducirían
al pasado por un misterioso proceso. Algunos, es cierto, se apegan
más al aspecto conciente de la operación y quisieran ver allí algo
más que un epifenómeno. Pero como no han comenzado por aislar
la memoria que retiene y alinea las repeticiones sucesivas bajo la
form a de imágenes-recuerdos, com o la confunden con el hábito que
el ejercicio perfecciona, son conducidos a creer que el efecto de la
repetición se apoya sobre un mismo y único fenómeno indivisible
que se reforzaría simplemente repitiéndose: y com o este fenómeno
visiblemente acaba por no ser más que un hábito motriz y por co­
rresponder a un mecanismo, cerebral u otro, ellos son llevados, de
buen o mal grado, a suponer que un mecanismo de ese tipo estaba
desde el comienzo en el fondo de la imagen y que el cerebro es un
órgano de representación. Nosotros vamos a considerar esos estados
intermedios, y separar en cada uno de ellos la parte de la acción na­
ciente, es decir del cerebro, y la parte de la memoria independiente,
es decir de las imágenes-recuerdos. ¿Qué son estos estados? Siendo
por un lado motores deben, según nuestra hipótesis, prolongar una
percepción actual; pero por otra parte, en tanto imágenes, reprodu­
cen percepciones pasadas. Ahora bien, el acto concreto por el cual
retomamos el pasado en el presente es el reconocimiento. Es pues lo
que debemos estudiar.

II. D el reconocimiento en general: imágenes-recuerdosy movimientos.


Existen dos maneras habituales de explicar el sentimiento de «déjá
vu». Para unos, reconocer una percepción presente consistiría en
insertarla a través del pensamiento en un viejo entorno. Encuentro
una persona por primera vez: sencillamente la percibo. Si la vuelvo
a encontrar, la reconozco, en el sentido de que las circunstancias
concomitantes de la percepción primitiva, volviéndome al espíritu,
dibujan alrededor de la imagen actual un cuadro que no es el cuadro
actualmente percibido. Reconocer sería pues asociar a una percepción
presente las imágenes dadas antaño en contigüidad con ella10. Pero,
como se ha hecho observar con razón11, una percepción renovada
no puede sugerir las circunstancias concomitantes de la percepción
primitiva más que si esta es evocada primero por el estado actual que
se le parece. Sea A la primera percepción; B, C, D las circunstancias
concomitantes que quedan allí asociadas por contigüidad. Si llamo
A’ a la misma percepción renovada, como no es con A ’ sino con A
que los términos B, C , D están ligados, es preciso que, para evocar
los términos B, C , D , una asociación por semejanza haga surgir
a A en primer lugar. En vano se sostendrá que A ’ es idéntica a A.
Los dos términos, aunque semejantes, permanecen numéricamente
distintos, y difieren al menos por el simple hecho de que A ’ es una
percepción mientras que A no es más que un recuerdo. D e las dos

Ver la exposición sistemática de esta tesis, con experiencias como apoyo, en los
artículos de LEHMANN, Ueber Wiedererkennen (Philos. Studien de WUNDT, tomo
V, p. 96 y sig., y tomo VII, p. 169 y sig.).
11 PILLON, La formation des idees abstraites et genérales (Crit. Philos., 1885,
tomo I, p. 208 y sig.). - Cf. WARD, Assimilation and Association (Mind, Julio 1893
y octubre 1894).
interpretaciones que habíamos anunciado, la primera acaba de este
m odo por fundirse en la segunda, que vamos a examinar.
Se supone esta vez que la percepción presente siempre va a buscar,
en el fondo de la memoria, el recuerdo de la percepción anterior que
se le parece: el sentimiento de «déjá vu» vendría de una yuxtaposi­
ción o de una fusión entre la percepción y el recuerdo. Sin dudas,
como se lo ha hecho observar con profundidad12, la semejanza es
una relación establecida por el espíritu entre dos términos que él
relaciona y que en consecuencia ya posee, de suerte que la percep­
ción de una semejanza es más bien un efecto de la asociación más
que su causa. Pero al lado de esta semejanza definida y percibida
que consiste en la com unidad de un elemento captado y liberado
por el espíritu, existe una semejanza vaga y en cierto modo objetiva,
esparcida sobre la propia superficie de las imágenes, y que podría
actuar como una causa física de atracción recíproca13. ¿Alegaremos
que se reconoce a menudo un objeto sin lograr identificarlo con
una antigua imagen? Alguno se refugiará en la hipótesis cóm oda de
huellas cerebrales que coincidirían, de movimientos cerebrales que
el ejercicio facilitaría14, o de células de percepción comunicando con
células en las que residen los recuerdos15. A decir verdad, es en este
tipo de hipótesis fisiológicas que, de buen o mal grado, todas estas
teorías del reconocimiento terminan por echarse a perder. Preten­
den hacer surgir todo reconocimiento de una aproximación entre
la percepción y el recuerdo; pero por otra parte la experiencia está
ahí, lo cual demuestra que con más frecuencia el recuerdo no surge
más que una vez reconocida la percepción. Forzoso es pues volver a
lanzar al cerebro, bajo la forma de combinación entre movimientos

12 BROCHARD, La loi de simiiarité, Revuephilosophique, 1880, t. IX, p. 258. E.


RABIER se suma a esta opinión en sus Legorts dephilosophie, 1. 1, Psychologie, p. 187-192.
13 PILLON, op. cit., p. 207. — Cf. SULLY, James, The human Mind, London,
1892, t.I , p. 331.
14 H Ó FFD IN G , Ueber Wiedererkennen, Assocciation und psychische Activitat
{Viertrljahrsschriftf. wissenschafilichePhilosophie, 1889, p. 433).
15 M UNK, Ueber dir Functionen der Grosshimrinde, Berlin, 1881, p. 108 y sig.
o de ligazón entre células, lo que se había anunciado en primer lugar
como una asociación entre representaciones, y explicar el hecho del
reconocimiento —muy claro según nosotros- a través de hipótesis
en nuestra visión m uy oscuras de un cerebro que almacenaría ideas.
Pero en realidad la asociación de una percepción a un recuerdo no
basta en absoluto para dar cuenta del proceso del reconocimiento.
Pues si el reconocimiento se produjera así, sería abolido cuando las
viejas imágenes han desaparecido, tendría lugar siempre cuando esas
imágenes son conservadas. La ceguera psíquica, o impotencia para
reconocer los objetos percibidos, no sucedería entonces sin una inhi­
bición de la memoria visual, y sobre todo la inhibición de la memoria
visual tendría invariablemente por efecto la ceguera psíquica. Ahora
bien, la experiencia no verifica ni una ni otra de esas dos consecuen­
cias. En un caso estudiado por W ilbrand16, el enfermo podía describir
con los ojos cerrados la ciudad en que habitaba y pasearse en ella a
través de la imaginación: una vez en la calle, todo le parecía nuevo;
no reconocía nada y no alcanzaba a orientarse. Hechos del mismo
género han sido observados por Fr. M üller 17y Lissauer18. Los enfer­
mos saben evocar la visión interior de un objeto que se les nombra;
lo describen muy bien; no pueden sin embargo reconocerlo cuando
uno se los presenta. La conservación, aún conciente, de un recuer­
do visual no basta pues para el reconocimiento de una percepción
semejante. Pero inversamente, en el caso devenido clásico estudiado
por Charcot 19 de un eclipse completo de las imágenes visuales, no
estaba abolido todo reconocimiento de las percepciones. U no se
convencía de esto sin esfuerzo leyendo de cerca la relación de ese
caso. El sujeto sin dudas no reconocía las calles de su ciudad natal, no
podía ni nombrarlas ni orientarse en ellas; sabía sin embargo que eran

16 Die Seelenblindheit ais Herderscheinting, Wiesbaden, 1887, p. 56.


17 Ein Beitrag zur Kenntniss der Seelenblindheit {Arch. F. Psychiatrie, t. XXTV,
1892).
18 Ein Fall von Seelenblindheit {Arch. F. Psychiatrie, 1889)
19 Relatado por BERNARD, Un cas de supresión brusque et isolée de la visión
mentale (Progrés médical, 21 de julio de 1883).
calles, y que veía casas. N o reconocía más a su mujer y a sus niños;
no obstante podía decir, al percibirlos, que era una mujer, que eran
niños. N ad a de todo esto hubiera sido posible si hubiese habido una
ceguera psíquica en el sentido absoluto del término. Lo que estaba
abolido era pues una cierta especie de reconocimiento, que tendremos
que analizar, pero no la facultad general de reconocer. Concluimos
que todo reconocimiento no implica siempre la intervención de una
imagen antigua, y que se puede también apelar a esas imágenes sin
conseguir identificar con ellas las percepciones. En fin, ¿qué es pues
el reconocimiento, y cóm o lo definiremos?
Ante todo existe, en el límite, un reconocimiento en lo instantáneo,
un reconocimiento del que el cuerpo es capaz completamente solo,
sin que ningún recuerdo explícito intervenga. Consiste en una acción,
y no en una representación. Por ejemplo, me paseo en una ciudad por
primera vez. A cada curva de la calle, dudo, no sabiendo donde voy.
Conozco en la incertidumbre, y comprendo por eso qué alternativas
se presentan a m i cuerpo, que mi movimiento es discontinuo en su
conjunto, que no hay nada en cada una de las actitudes que anun­
cie y prepare las actitudes por venir. M ás tarde, luego de una larga
estancia en la ciudad, circularé en ella maquinalmente, sin tener la
percepción distinta de los objetos frente a los que paso. Ahora bien,
entre estas dos condiciones extremas, una en que la percepción no
ha organizado aún los movimientos definidos que la acompañan,
la otra en que esos movimientos concomitantes están organizados
al punto de volver inútil mi percepción, existe una condición inter­
media, en la que el objeto es percibido, pero provoca movimientos
ligados entre sí, continuos, y que se comandan los unos a los otros.
H e comenzado por un estado en el que no distinguía más que mi
percepción; finalizo en uno en el que sólo tengo conciencia de mi
automatismo: en el intervalo ha tenido lugar un estado mixto, una
percepción marcada por un automatismo naciente. Ahora bien, si
las percepciones ulteriores difieren de la primera percepción en que
encaminan el cuerpo hacia una reacción maquinal apropiada, si
por otra parte esas percepciones renovadas aparecen en el espíritu
con ese aspecto sui generis que caracteriza las percepciones familia­
res o reconocidas, ;no debemos presumir que la conciencia de un
acompañamiento m otor efectivamente regulado, de una reacción
motriz organizada, constituye el trasfondo de ese sentimiento de
familiaridad? Habría pues un fenómeno de orden m otor en la base
del reconocimiento.
Reconocer un objeto usual consiste sobre todo en saber servirse
de él. Esto es tan cierto que los primeros observadores habían dado
el nombre de apraxia a esta enfermedad del reconocimiento que
nosotros llamamos ceguera psíquica20. Pero saber servirse del objeto
es esbozar ya los movimientos que se adaptan a él, es tomar una cierta
actitud o al menos tender a ella por el efecto de eso que los alemanes
han llamado «impulsos motrices» (Bewegungsantriebej. El hábito
de utilizar el objeto ha acabado pues por organizar conjuntamente
movimientos y percepciones, y la conciencia de esos movimientos
nacientes que continuarían la percepción a la manera de un reflejo
estaría, todavía aquí, en el fondo del reconocimiento.
N o existe percepción que no se prolongue en movimiento. Ribot 21
y Maudsley 22 han llamado la atención sobre este punto después de
un largo tiempo. La educación de los sentidos consiste precisamen­
te en el conjunto de las conexiones establecidas entre la impresión
sensorial y el movimiento que la utiliza. A medida que la impresión
se repite, la conexión,se consolida. El mecanismo de la operación no
tiene por otra parte nada de misterioso. Nuestro sistema nervioso
está evidentemente dispuesto en vista de la construcción de aparatos
motores, unidos por intermedio de los centros a excitaciones sensi­
bles, y la discontinuidad de los elementos nerviosos, la multiplicidad

20 KUSSMAUL, Les troubles de la parole, París, 1884, p. 233 ; - STARR, Alien,


Apraxia and Aphasia (MedicalRecord, 27 de octubre de 1888). - Cf. LAQUER, Zur
Localisation der sensorischen Aphasie (Neurolog: Centralblatt, 15 de junio de 1888),
y DO D D S, On some central affections o f visión (Brain, 1885).
21 Les mouvements et leur importance psychologique (Revuephilosophique, 1879, t.
VIII, p. 371 y sig.). - Cf. Psychologie de l ’attention, París, 1889, p. 75 (Ed. Félix Alean).
22 Physiologie de l ’esprit, París, 1879, p. 207 y sig.
de sus arborizaciones terminales capaces sin dudas de relacionarse
diversamente, vuelven ilimitado el número de las conexiones posibles
entre las impresiones y los movimientos correspondientes. Pero el
mecanismo en vías de construcción no podría aparecer a la conciencia
bajo la m isma forma que el mecanismo construido. Algo distingue
profundamente y manifiesta claramente los sistemas de movimientos
consolidados en el organismo. Es sobre todo, creemos nosotros, la
dificultad en modificar su orden. Se trata aún de esa preformación
de los movimientos que prosiguen en los movimientos que prece­
den, preformación que hace que la parte contenga virtualmente el
todo, como acontece cuando cada nota de una melodía aprendida,
por ejemplo, queda inclinada sobre la siguiente para supervisar su
ejecución23. Si toda percepción usual posee pues su acompañamiento
m otor organizado, el sentimiento de reconocimiento usual posee su
raíz en la conciencia de esta organización.
Es decir que habitualmente actuamos nuestro reconocimiento
antes de pensarlo. Nuestra vida diaria se desarrolla entre objetos cuya
sola presencia nos invita a jugar un rol: en esto consiste su aspecto de
familiaridad. Las tendencias motrices bastarían ya pues para darnos
el sentimiento del reconocimiento. Pero, adelantémonos a decirlo,
allí se sum a más a menudo otra cosa.
Mientras que en efecto se montan aparatos motores bajo la in­
fluencia de las percepciones cada vez mejor analizadas por el cuerpo,
nuestra vida psicológica anterior está ahí: sobrevive -intentaremos
probarlo- con todo el detalle de sus acontecimientos localizados en
el tiempo. Inhibida sin cesar por la conciencia práctica y útil del
momento presente, es decir, por el equilibrio senso-motor de un
sistema nervioso tendido entre la percepción y la acción, esta memo­
ria espera sencillamente que se declare una fisura entre la impresión
actual y el movimiento concomitante para hacer pasar por allí sus

23 En uno de los más ingeniosos capítulos de su Psychologie (Paris, 18 9 3 , 1.1, p.


242) A. FOUILLÉE ha dicho que el sentimiento de familiaridad estaba hecho, en
gran parte, de la reducción del choque interior que constituye la sorpresa.
imágenes. Habitualmente, para remontar el curso de nuestro pasado
y descubrir la imagen-recuerdo conocida, localizada, personal, que se
relacionaría al presente, es necesario un esfuerzo a través del cual nos
liberamos de la acción a que nuestra percepción nos inclina: esta nos
conduciría hacia el porvenir; es preciso que retrocedamos al pasado.
En este sentido, el movimiento más bien desecharía la imagen. Sin
embargo, por un cierto lado, contribuye a prepararla. Pues si el con­
junto de nuestras imágenes pasadas subsiste en nuestro presente, hace
falta todavía que sea elegida entre todas las representaciones posibles
la representación análoga a la percepción actual. Los movimientos
consumados o simplemente nacientes preparan esta selección, o al
menos delimitan el campo de las imágenes que iremos a apresar. Por
la constitución de nuestro sistema nervioso, somos seres en los que
impresiones presentes se prolongan en movimientos apropiados: si
viejas imágenes quieren prolongarse también en esos movimientos,
aprovechan la ocasión para deslizarse en la percepción actual y hacerse
adoptar por ella. Aparecen entonces, de hecho, a nuestra concien­
cia, mientras que deberían, de derecho, permanecer cubiertas por
el estado presente. Se podría pues decir que los movimientos que
provocan el reconocimiento maquinal impiden por un lado, y por el
otro favorecen el reconocimiento a través de imágenes. En principio,
el presente desplaza el pasado. Pero por otra parte, justamente porque
la supresión de las viejas imágenes se sostiene en su inhibición por
la actitud presente, aquellas cuya form a podría encuadrarse en esta
actitud encontrarán un obstáculo menor que las otras; y si desde
entonces alguna de entre ellas puede franquear el obstáculo, la que
lo hará será la imagen semejante a la percepción presente.
Si nuestro análisis es exacto, las enfermedades del reconocimiento
afectarán de dos formas profundamente diferentes, y se constatarán
dos especies de ceguera psíquica. Algunas veces, en efecto, se trata
de las viejas imágenes que ya no podrán ser evocadas, otras veces se
habrá roto solamente el lazo entre la percepción y los movimientos
concomitantes habituales, provocando la percepción movimientos
difusos como si ella fuera nueva. ¿Los hechos verifican esta hipótesis?
N o puede haber discusión sobre el primer punto. La aparente
abolición de los recuerdos visuales en la ceguera psíquica es un hecho
tan com ún que ha podido servir, durante un tiempo, para definir
esta afección. Tendrem os que preguntarnos hasta qué punto y en
qué sentido pueden realmente desvanecerse los recuerdos. Lo que
nos interesa por el momento es el hecho de que se presentan casos
en los que el reconocimiento ya no tiene lugar sin que la memoria
visual esté realmente abolida. ¿Se trata, com o nosotros pretendemos,
de una simple perturbación de los hábitos motrices o al menos de
una interrupción del lazo que ios une a las percepciones sensibles?
N o habiendo ningún observador que haya planteado una pregunta
de este tipo, nos sería muy trabajoso responderla si no hubiéramos
relevado aquí y allá, en sus descripciones, ciertos hechos que nos
parecen significativos.
El primero de estos hechos es la pérdida del sentido de la orien­
tación. T od os los autores que han tratado la ceguera psíquica se
han sorprendido de esta particularidad. El enfermo de Lissauer
había perdido completamente la facultad de orientarse en su casa24.
Fr. Müller insiste sobre el hecho de que, mientras que algunos cie­
gos aprenden muy rápidamente a encontrar su camino, un sujeto
afectado de ceguera psíquica no puede, incluso luego de un mes de
ejercicio, orientarse en su propia habitación25. Pero ¿es la facultad de
orientarse algo distinto de la facultad de coordinar los movimientos
del cuerpo con las impresiones visuales, y de prolongar maquinal­
mente las percepciones en reacciones útiles?
Existe un segundo hecho, más característico aún. N os referimos
a la manera en que dibujan esos enfermos. Uno puede concebir
dos maneras de dibujar. La primera consistiría en plasmar sobre el
papel un cierto número de puntos, por tanteo, y unirlos entre ellos
verificando en todo momento si la imagen se parece al objeto. Es lo

24 A lt. cit., Arch. F Psychiatrie, 1889-90, p. 224. Cf. W ILBRAND, op. cit., p.
140, y BERNHARDT, Eigenthumlicher Fall von Hirnerkrankung (Berliner klinische
Wochenschrifi, 1877, p. 581).
25 Are. cit., Arch. F. Psychiatrie, t. XXIV, p. 898.
que se llamaría dibujar «por puntos». Pero el medio del que habitual­
mente nos valemos es otro distinto. Dibujam os «por trazo continuo»,
luego de haber observado el modelo o de haberlo pensado. ¿Cóm o
explicar una facultad semejante, sino por el hábito de discernir de
inmediato la organización de los contornos más usuales, es decir, por
una tendencia motriz a figurarse el esquema de un trazo? Pero si son
precisamente los hábitos o las correspondencias de ese tipo los que
se disuelven en ciertas formas de la ceguera psíquica, el enfermo aún
podrá, quizás, trazar elementos en línea que, mal que bien, conectará
entre ellos; ya no podrá dibujar de un trazo continuo, porque ya
no tendrá en la mano el movimiento de los contornos. Ahora bien,
esto es precisamente lo que verifica la experiencia. La observación
de Lissauer ya es instructiva a este respecto26. Su enfermo hacía el
mayor esfuerzo en dibujar los objetos simples, y sí quería dibujarlos
mentalmente, trazaba porciones recortadas de ellos, tomadas de
aquí y de allá, y que no llegaba a unir entre ellas. Pero los casos de
ceguera psíquica completa son raros. M ucho más numerosos son
los de ceguera verbal, es decir de una pérdida del reconocimiento
visual limitado a los caracteres del alfabeto. Ahora bien, es un he­
cho de observación corriente la impotencia del enfermo, en caso
semejante, para captar lo que podríamos llamar el movimiento de
las letras cuando intenta copiarlas. Comienza el dibujo en un punto
cualquiera, verificando en todo momento si queda de acuerdo con
el modelo. Y es aún más notable que con frecuencia ha conservado
intacta la facultad de escribir bajo dictado o espontáneamente. Lo
que aquí está abolido es pues el hábito de discernir las articulaciones
del objeto percibido, es decir de completar su percepción visual a
través de una tendencia motriz a esbozar su esquema. D e donde
se puede concluir, como lo habíamos anunciado, que aquí está la
condición primordial del reconocimiento.
Pero debemos pasar ahora del reconocimiento automático, que
se produce sobre todo a través de movimientos, a aquel que exige

2SArt. cit., Arch. F. Psychiatrie, 1889-90, p. 233.


la intervención regular de los recuerdos-imágenes. El primero es un
reconocimiento por distracción; el segundo, como vamos a ver, es
el reconocimiento atento.
El comienza, también, por movimientos. Pero mientras que en
el reconocimiento automático, nuestros movimientos prolongan
nuestra percepción para extraer de ella efectos útiles y nos alejan de
ese m odo del objeto percibido, aquí al contrario ellos nos conducen
al objeto para subrayar sus contornos. D e ahí proviene el rol pre­
ponderante, y ya no accesorio, que los recuerdos-imágenes juegan
en esto. Supongam os en efecto que los movimientos renuncian a
su fin práctico, y que la actividad motriz, en lugar de continuar
la percepción a través de reacciones útiles, retrocede para dibujar
sus trazos salientes: entonces las imágenes análogas a la percepción
presente, imágenes cuya forma ya habrán dado esos movimientos,
vendrán regularmente y ya no accidentalmente a derramarse en ese
molde, a riesgo, es verdad, de abandonar muchos de sus detalles para
facilitarse la entrada.

III. Pasaje gradual de los recuerdos a los movimientos. E l reconoci­


miento y la atención. Aquí tocamos el punto esencial del debate. En el
caso en que el reconocimiento es atento, es decir en que los recuerdos-
imágenes se reúnen regularmente con la percepción presente, ¿es
la percepción la que determina mecánicamente la aparición de los
recuerdos, o son los recuerdos los que se presentan espontáneamente
al encuentro de la percepción?
D e la respuesta que se dará a esta pregunta depende la naturaleza
de las relaciones que se establecerán entre el cerebro y la memoria.
En toda percepción, en efecto, existe una conmoción transmitida
a través de los nervios a los centros perceptivos. Si la propagación
de ese movimiento a los demás centros corticales tuviera por efecto
real hacer surgir allí imágenes, se podría sostener, en rigor, que la
memoria no es más que una función del cerebro. Pero si establece­
m os que aquí com o allá el movimiento no puede producir más que
movimiento, que el rol de la conmoción perceptiva es sencillamente
el de imprimir al cuerpo una cierta actitud en la que los recuerdos
vienen a insertarse, entonces, siendo absorbido todo el efecto de las
conmociones materiales en ese trabajo de adaptación motriz, sería
preciso buscar el recuerdo en otro lugar. En la primera hipótesis, los
desórdenes de la memoria ocasionados por una lesión cerebral pro­
vendrían del hecho de que los recuerdos ocupaban la región lesionada
y habrían sido destruidos con ella. En la segunda, por el contrario,
esas lesiones interesarían nuestra acción naciente o posible, pero
solamente nuestra acción. En un caso impedirían al cuerpo tomar,
de cara a un objeto, la actitud apropiada al recuerdo de la imagen;
en el otro caso cortarían de ese recuerdo sus ataduras con la realidad
presente, es decir que, suprimiendo la última fase de la realización
del recuerdo, suprimiendo la fase de la acción, impedirían por eso
también al recuerdo actualizarse. Pero ni en un caso ni en el otro,
una lesión cerebral destruiría verdaderamente recuerdos.
Esta segunda hipótesis será la nuestra. Pero antes de buscar su
verificación, diremos brevemente cómo nos representamos las relacio­
nes generales de la percepción, de la atención y de la memoria. Para
mostrar cómo un recuerdo podría venir gradualmente a insertarse
en una actitud o un movimiento, vamos a tener que anticipar algo
de las conclusiones de nuestro próximo capítulo.
¿Qué es la atención? Por un lado, la atención tiene por efecto esen­
cial el de volver más intensa la percepción y desprender sus detalles:
considerada en su materia, ella se reduciría pues a un cierto engra­
samiento del estado intelectual27. Pero, por otra parte, la conciencia
constata una irreductible diferencia de form a entre este aumento de
intensidad y aquel que consiste en una más alta potencia de excitación
exterior: este parece en efecto venir de adentro, y manifestar una
cierta actitud adoptada por la inteligencia. Pero aquí precisamente
comienza la oscuridad, pues la idea de una actitud intelectual no es

27 MARILLIER, Remarques sur le mécanisme de I’attention (Revuephilosophique,


1889. t. XXVII). - Cf. WARD, art. Psychology de l’Encyclop. Britannica, y BRADLEY,
Is there a special activity of Attention ? (Mind, 1886, t. XI, p. 305).
una idea clara. Se hablará de una «concentración del espíritu28», o
incluso de un esfuerzo «aperceptivo29» para conducir la percepción
bajo la mirada de la inteligencia distinta. Algunos, materializando
esta idea, supondrán una tensión particular de la energía cerebral30, o
incluso un gasto central de energía viniendo a añadirse a la excitación
recibida31. Pero de este m odo, o bien se limitan a traducir el hecho
psicológicamente constatado en un lenguaje fisiológico que aún nos
parece menos claro, o bien se vuelve siempre a una metáfora.
Gradualmente, seremos llevados a definir la atención por una
adaptación general del cuerpo más que del espíritu, y a ver en esa ac­
titud de la conciencia, ante todo, la conciencia de una actitud. Esta es
la posición tom ada en el debate por Th. R ibot32, y aunque atacada33,
parece haber conservado toda su fuerza con tal de que, según creemos
nosotros, no se vea sin embargo en los movimientos descritos por Th.
Ribot más que la condición negativa del fenómeno. Suponiendo en
efecto que los movimientos concomitantes de la atención voluntaria
fuesen sobre todo movimientos de interrupción, quedaría por expli­
car el trabajo del espíritu que le corresponde, es decir la misteriosa
operación por la cual el m ism o órgano, percibiendo en el mismo
entorno el m ism o objeto, descubre en él un número creciente de
cosas. Pero se puede ir más lejos, y sostener que los fenómenos de
inhibición no son más que una preparación para los movimientos
efectivos de la atención voluntaria. Supongam os en efecto, como ya
hemos hecho presentir, que la atención implique una vuelta atrás
del espíritu que renuncia a proseguir el efecto útil de la percepción
presente: habrá en primer lugar una inhibición de movimiento,

28 HAMILTON, Lectures on Metaphysics, 1 . 1, p. 247.


29 W UNDT, Psychologiephysiologique, t.II, p. 231 y sig. (£d. Félix Alean).
30 MAUDSLEY, Physiologie de l'esprit, p. 300 y sig. —Cf. BASTIAN, Les processus
nerveux dans l’attention (Revue philosophique, t. XXXIII, p. 360 y sig.).
31 W JAMES, Principies ofPsychology, vol. I, p. 441.
32 Psychologie de l ’attention, París, 1889 (Ed. Félix Alean).
33 MARILLIER, art. cit. Cf. J. SULLY, The psycho-physical process in attention
(Brain, 1890, p. 154).
una acción de detención. Pero sobre esta actitud general vendrán
rápidamente a sumarse movimientos más sutiles, de los que algunos
han sido señalados y descritos34, y que tienen por rol volver a pasar
sobre los contornos del objeto percibido. C on esos movimientos
comienza el trabajo positivo, y no ya simplemente negativo, de la
atención. Este se continúa a través de recuerdos.
Si la percepción exterior, en efecto, provoca de nuestra parte m o­
vimientos que dibujan sus grandes líneas, nuestra memoria dirige
sobre la percepción recibida las viejas imágenes que se le asemejan
y de la que nuestros movimientos ya han trazado el esbozo. Ella
recrea de este m odo la percepción presente, o más bien duplica esta
percepción devolviéndole sea su propia imagen, sea alguna imagen-
recuerdo del mismo género. Si la imagen retenida o rememorada
no llega a cubrir todos los detalles de la imagen percibida, se lanza
un llamado a las regiones más profundas y alejadas de la memoria,
hasta que los demás detalles conocidos vengan a proyectarse sobre
aquellos que se ignoran. Y la operación puede proseguirse sin fin,
fortaleciendo la memoria y enriqueciendo la percepción que a su
turno, cada vez más desarrollada, atrae hacia sí un número creciente
de recuerdos complementarios. Ya no pensamos en un espíritu que
dispondría de no sé qué cantidad fija de luz, unas veces difundiéndola
a su alrededor, otras veces concentrándola sobre un único punto.
Imagen por imagen, preferimos comparar el trabajo elemental de
la atención al del telegrafista quien, recibiendo un comunicado im­
portante, lo vuelve a enviar palabra por palabra al lugar de origen
para controlar su exactitud.
Pero para reenviar un comunicado, es preciso saber manipular el
aparato. Y del mismo m odo, para reflejar sobre una percepción la
imagen que hemos recibido de ella, es preciso que podamos repro­
ducirla, es decir reconstruirla a través de un esfuerzo de síntesis. Se
ha dicho que la atención era una facultad de análisis, y se ha tenido

34 N. LANGE, Beitr. Zur Theorie der sinniichen Aufmerksamkeit (Philos. Studien


de W UNDT, t. VII, p. 390-422).
razón; pero no se ha explicado suficientemente cómo es posible un
análisis de ese tipo, ni a través de qué procesos llegamos a descubrir
en una percepción lo que no se manifestaba en ella desde un princi­
pio. La verdad es que este análisis se realiza a través de una serie de
ensayos de síntesis, o lo que es lo mismo, por otras tantas hipótesis:
nuestra memoria escoge, una tras otra, imágenes análogas diversas
que lanza en la dirección de la percepción nueva. Pero esta elección
no opera al azar. Aquello que sugiere las hipótesis, lo que preside
de lejos la selección, son movimientos de imitación a través de los
cuales la percepción se continúa, y que servirán de marco común a
la percepción y a las imágenes rememoradas.
Pero entonces, será necesario representarse de otro modo el hecho
de que habitualmente no producimos el mecanismo de la percep­
ción distinta. La percepción no consiste únicamente en impresiones
recibidas o aún elaboradas por el espíritu. Al menos esto es así en
esas percepciones tan pronto recibidas com o disipadas, aquellas
que dispersamos en acciones útiles. Pero toda percepción atenta
supone verdaderamente, en el sentido etimológico de la palabra, una
reflexión, es decir la proyección exterior de una imagen activamente
creada, idéntica o semejante al objeto, y que viene a moldearse sobre
sus contornos. Si luego de haber fijado un objeto, desviamos brus­
camente nuestra mirada, obtenemos una imagen consecutiva: ¿no
debemos suponer que esta imagen ya se producía cuando lo mirá­
bamos? El reciente descubrimiento de fibras perceptivas centrífugas
nos inclinaría a pensar que las cosas suceden regularmente así, y que
al lado del proceso aferente que lleva la impresión al centro, existe
otro, inverso, que reconduce la imagen a la periferia. Es verdad que
aquí se trata de imágenes fotografiadas sobre el objeto mismo, y d e '
recuerdos inmediatamente consecutivos a la percepción de la que
ellos no son más que el eco. Pero detrás de esas imágenes idénticas
al objeto, están las otras, almacenadas en la memoria, y que simple­
mente tienen con él la semejanza, aquellas que en fin no tienen más
que un parentesco más o menos lejano. Ellas se conducen todas al
encuentro de la percepción, y nutridas de su sustancia, adquieren
suficiente fuerza y vida para exteriorizarse con ella. Las experiencias de
Münsterberg35, de Külpe36, no dejan ninguna duda sobre este último
punto: toda imagen-recuerdo capaz de interpretar nuestra percepción
actual se cuela de modo tal que no podemos discernir ya lo que es
percepción y lo que es recuerdo. Pero nada más interesante, a este
respecto, que las ingeniosas experiencias de Goldscheider y Müller
sobre el mecanismo de la lectura37. Contra Grashey, que había sos­
tenido en un célebre trabajo 38que leemos las palabras letra por letra,
estos experimentadores han establecido que la lectura corriente es un
verdadero trabajo de adivinación, tomando nuestro espíritu de aquí
y de allá algunos trazos característicos y colmando todo intervalo con
recuerdos-imágenes que, proyectados sobre el papel, sustituyen a los
caracteres realmente impresos y nos dan la ilusión de ser ellos. De
este modo, creamos o reconstruimos sin cesar. Nuestra percepción
distinta es verdaderamente comparable a un círculo cerrado, en el que
la imagen-percepción dirigida sobre el espíritu y la imagen-recuerdo
lanzada en el espacio corren una detrás de la otra.
Insistimos sobre este último punto. D e buen grado se nos repre­
senta la percepción atenta com o una serie de procesos que camina­
rían a lo largo de un hilo único, el objeto excitando sensaciones, las
sensaciones haciendo surgir frente a ellas ideas, cada idea sacudiendo
progresivamente puntos más recónditos de la m asa intelectual.
Habría aquí pues una marcha en línea recta, a través de la cual el
espíritu se alejaría cada vez más del objeto para no volver más a él.
Por el contrario nosotros afirmamos que la percepción reflejada es
un circuito en el que todos los elementos, comprendido el objeto
percibido mismo, se encuentran en estado de tensión m utua como

35 Beitr. zur experimentellen Psychologie, Heft 4, p. 15 y sig.


36 Grundriss der Psychologie, Leipzig, 1893, p. 185.
37 Zur Physiologie und Pathologie des Lesens {Zeitschr. F. KLinischeMedicin, 1893).
Cf. McKEEN CATTELL, Ueber die Zeit der Erkennung von Schrifzeichen (Philos.
Studien, 1885-86).
38 Ueber Aphasie und ihre Beziehungen zur Wahrnehmung (Arch. F. Psychiatrie,
1885, t. XVI).
en un circuito eléctrico, de suerte que ninguna conmoción partida
del objeto puede detener su marcha en las profundidades del espíritu:
debe siempre retornar al objeto mismo. N o se debe ver aquí una sim­
ple cuestión de palabras. Se trata de dos concepciones radicalmente
diferentes del trabajo intelectual. Según la primera, las cosas suceden
mecánicamente y por una serie totalmente accidental de adiciones
sucesivas. En una percepción atenta, por ejemplo, nuevos elementos
que emanan a cada momento de una región más profunda del espíritu
podrían juntarse a los antiguos elementos sin crear una perturbación
general, sin exigir una transformación del sistema. En la segunda,
por el contrario, un acto de atención implica tal solidaridad entre el
espíritu y su objeto, se trata de un circuito tan bien cerrado, que no
se podría pasar a estados de concentración superior sin crear otras
tantas piezas con circuitos nuevos que envuelven al primero, y que
no tienen en común entre ellos más que el objeto percibido. D e esos
diferentes círculos de la memoria, que estudiaremos en detalle más
tarde, el más limitado, llamado A, es el más próximo a la percep­
ción inmediata. N o contiene más que
el objeto percibido mismo, llamado O ,
con la imagen consecutiva que viene a
cubrirlo. Detrás de él los círculos B, C,
D , cada vez más amplios, responden a
esfuerzos crecientes de expansión inte­
lectual. Es la totalidad de la memoria,
com o veremos, la que entra en cada uno
de esos circuitos, puesto que la memoria
está siempre presente; pero esta memo­
ria, cuya elasticidad le permite dilatarse
indefinidamente, refleja sobre el objeto
un número creciente de cosas sugeridas,
a veces los detalles del objeto mismo, a
veces detalles concomitantes que pue­
den contribuir a iluminarlo. Así, luego
de haber reconstituido el objeto perci­
bido a la manera de un todo independiente, reconstituimos con él
las condiciones cada vez más lejanas con las cuales forma un sistema.
Llamamos B ’, C ’, D ’ a esas causas de profundidad creciente, situadas
detrás del objeto, y virtualmente dadas con el objeto mismo. Se ve
que el progreso de la atención tiene por efecto el de crear de nuevo
no solamente el objeto percibido, sino los sistemas cada vez más
vastos a los que puede relacionarse; de suerte que a medida que los
círculos B, C, D representen una más alta expansión de la memoria,
su reflexión alcanza en B ’, C ’, D ’ capas más profundas de la realidad.
La m ism a vida psicológica estaría pues repetida un número
indefinido de veces, según los pisos sucesivos de la memoria, y el
mismo acto del espíritu podría actuarse a alturas diferentes. En el
esfuerzo de atención, el espíritu se da siempre por completo, pero
se simplifica o se com plica según el nivel que escoja para cumplir
sus evoluciones. Es com únm ente la percepción presente la que
determina la orientación de nuestro espíritu; pero según el grado
de tensión que nuestro espíritu adopte, según la altura en la que se
ubique, esta percepción desarrolla en nosotros un mayor o menor
número de recuerdos-imágenes.
En otros términos, los recuerdos personales, exactamente locali­
zados, y cuya serie delinearía el curso de nuestra existencia pasada,
constituyen, reunidos, la última y más ancha envoltura de nuestra
memoria. Esencialmente fugitivos, no se materializan más que por
azar, sea que una determinación accidentalmente precisa de nuestra
actitud corporal los provoque, sea que la indeterminación m isma
de esta actitud deje el cam po libre al capricho de su manifestación.
Pero esta envoltura extrema se reduce y repite en círculos interiores
y concéntricos, los que m ás estrechos, sostienen los m ismos re­
cuerdos disminuidos, cada vez más alejados de su form a personal y
original, cada vez más capaces, en su generalidad, de aplicarse sobre
la percepción presente y determinarla a la manera de una especie
englobando al individuo. Llega un momento en que el recuerdo así
reducido se inserta tan bien en la percepción presente que no podría
decirse dónde termina la percepción, dónde comienza el recuerdo.
En ese preciso momento la memoria, en lugar de hacer aparecer y
desaparecer caprichosamente sus representaciones, se regula por el
detalle de los movimientos corporales.
Pero a m edida que esos recuerdos se aproximan más al movi­
miento y por eso mismo a la percepción exterior, la operación de la
memoria adquiere una mayor importancia práctica. Las imágenes
pasadas, reproducidas tal cual con todos sus detalles y hasta con su
coloración afectiva, son las imágenes de la fantasía o el ensueño; lo
que llamamos actuar es precisamente lograr que esta memoria se
contraiga o mejor se afile cada vez más, hasta no presentar más que
el filo de su hoja a la experiencia donde ella penetrará. En el fondo,
es por no haber distinguido aquí el elemento motor de la memoria
que unas veces se ha desconocido, otras exagerado, lo que hay de
automático en la evocación de los recuerdos. Conform e a nuestro
sentir, un llamado es lanzado a nuestra actividad en el momento
preciso en que nuestra percepción se descompone automáticamente
en movimientos de imitación: nos es proporcionado un esbozo cuyo
detalle y color recreamos proyectando en él recuerdos más o menos
lejanos. Pero no es así como se consideran ordinariamente las cosas.
En unos casos, se confiere al espíritu una autonomía absoluta; se le
atribuye el poder de obrar a su antojo sobre los objetos presentes o
ausentes; y ya no se comprenden entonces los desórdenes profundos
de la atención y de la memoria que pueden seguir a la menor per­
turbación del equilibrio senso-motor. En otros casos, al contrario,
se hace de los procesos imaginativos otros tantos efectos mecánicos
de la percepción presente; se quiere que por un progreso necesario
y uniforme el objeto haga surgir sensaciones, y las sensaciones ideas
que se enganchen en ellas: entonces, com o no hay razón para que el
fenómeno, mecánico al comienzo, cambie de naturaleza en el camino,
se desemboca en la hipótesis de un cerebro en el que estados intelec­
tuales podrían depositarse, dormitar y despertarse. En un caso como
en el otro, se desconoce la verdadera función del cuerpo, y com o no
se ha visto para qué es necesaria la intervención de un mecanismo, no
se sabe tampoco, una vez que se apela a él, dónde se lo debe detener.
Pero ha llegado el momento de salir de estas generalidades. D e­
bemos investigar si nuestra hipótesis está verificada o invalidada por
los hechos conocidos de localización cerebral. Los trastornos de la
memoria imaginativa que corresponden a lesiones localizadas de la
corteza son siempre enfermedades del reconocimiento, sea del reco­
nocimiento visual o auditivo en general (ceguera 7 sordera psíquicas),
sea del reconocimiento de las palabras (ceguera verbal, sordera verbal,
etc.). Estos son pues los desórdenes que debemos examinar.
Pero si nuestra hipótesis es fundada, esas lesiones del reconoci­
miento no provendrán en absoluto del hecho de que los recuerdos
ocupaban la región lesionada. Tendrán que ver con dos causas: en
un caso a que nuestro cuerpo ya no puede tomar automáticamente,
en presencia de la excitación venida de afuera, la actitud precisa
por intermedio de la cual se operaría una selección entre nuestros
recuerdos; en el otro a que los recuerdos ya no encuentran en el
cuerpo un punto de aplicación, un medio de prolongarse en acción.
En el primer caso, la lesión afectará los mecanismos que prolongan la
conmoción recibida en movimiento automáticamente ejecutado: la
atención ya no podrá ser fijada por el objeto. En el segundo, la lesión
comprometerá esos centros particulares de la corteza que preparan los
movimientos voluntarios proporcionándoles el antecedente sensorial
necesario y que se llaman, con o sin razón, centros imaginativos: la
atención ya no podrá ser fijada por el sujeto. Pero en un caso como
en el otro, se tratará de movimientos actuales que serán lesionados
o de movimientos por venir que dejarán de ser preparados: no habrá
habido destrucción de recuerdos.
Ahora bien, la patología confirma esta previsión. N os revela la
existencia de dos especies absolutamente distintas de ceguera y de
sordera: psíquicas por un lado, y verbales por el otro. En la primera,
los recuerdos visuales o auditivos son todavía evocados, pero no
pueden ya aplicarse sobre las percepciones correspondientes. En la
segunda, la evocación m ism a de los recuerdos está impedida. ¿La
lesión afecta, com o decíamos, los mecanismos senso-motores de la
atención automática en el primer caso, los mecanismos imaginativos
de la atención voluntaria en el otro? Para verificar nuestra hipótesis,
debemos limitarnos a un ejemplo preciso. Desde luego, podríamos
mostrar que el reconocimiento visual de las cosas en general, de las
palabras en particular, implica en primer lugar un proceso motor
semi-automático, luego una proyección activa de recuerdos que se
insertan en las actitudes correspondientes. Pero preferimos apegamos
a las impresiones del oído, y más específicamente a la audición del
lenguaje articulado, porque este ejemplo es el más comprensible de
todos. O ír la palabra, en efecto, es en primer lugar reconocer su so­
nido, es enseguida encontrar el sentido, es en fin llevar más o menos
lejos su interpretación: en resumen, es pasar por todos los grados de
la atención y ejercer varias potencias sucesivas de la memoria. Por
otra parte, no hay trastornos más frecuentes ni mejor estudiados
que los de la memoria auditiva de las palabras. En fin la abolición
de las imágenes verbales acústicas no ocurre sin la lesión grave de
ciertas circunvoluciones determinadas de la corteza: se nos va pues
a proporcionar un ejemplo indiscutible de localización, sobre el cual
podremos preguntarnos si el cerebro es realmente capaz de almacenar
recuerdos. D ebem os pues mostrar en el reconocimiento auditivo
de las palabras: I o un proceso automático senso-motor; 2 o una
proyección activa y por así decir excéntrica de recuerdos-imágenes.
I o Escucho conversar a dos personas en una lengua desconoci­
da. ¿Basta para que las oiga? Las vibraciones que me llegan son las
mismas que afectan sus oídos. Sin embargo no percibo más que un
ruido confuso en el que todos los sonidos se parecen. N o distingo
nada y no podría repetir nada. En esta misma masa sonora, por el
contrario, los dos interlocutores distinguen consonantes, vocales y
sílabas que apenas se parecen, en fin palabras distintas. ¿Dónde está
la diferencia entre ellos y yo?
La cuestión es saber cómo el conocimiento de una lengua, que
no es más que recuerdo, puede modificar la materialidad de una
percepción presente, y hacer oír actualmente a unos lo que otros en
las mismas condiciones físicas no oyen. Se supone, es cierto, que los
recuerdos auditivos de las palabras acumulados en la memoria, res­
ponden aquí al llamado de las impresiones sonoras y vienen a reforzar
su efecto. Pero si la conversación que oigo no es para mí más que un
ruido, se puede suponer el sonido reforzado cuanto uno quiera: por
ser más fuerte, el ruido no será más claro. Para que el recuerdo de la
palabra se deje evocar por la palabra oída, es preciso al menos que
el oído oiga la palabra. ¿Cóm o hablarán a la memoria los sonidos
percibidos, cómo escogerán en la tienda de las imágenes auditivas
aquellas en las que deben posarse si ellas aún no han sido separadas,
distinguidas, en fin percibidas como sílabas y como palabras?
Esta dificultad no parece haber afectado lo suficiente a los teóricos
de la afasia sensorial. En la sordera verbal, en efecto, el enfermo se en­
cuentra respecto de su propia lengua en la m ism a situación en la que
nosotros mismos nos encontramos cuando oímos hablar una lengua
desconocida. Por lo general, él ha conservado intacto el sentido del
oído, pero no comprende nada de las palabras que oye pronunciar,
y a menudo incluso no llega a distinguirlas. Se cree haber explicado
lo suficiente este estado diciendo que los recuerdos auditivos de las
palabras están destruidos en la corteza, o que una lesión unas veces
transcortical, otras veces sub-cortical, impide al recuerdo auditivo
evocar la idea, o a la percepción reunirse con el recuerdo. Pero, al
menos para el último caso, la pregunta psicológica permanece intac­
ta: ¿cuál es el proceso conciente que la lesión ha abolido, y por qué
intermedio se produce en general el discernimiento de las palabras y
de las sílabas, dadas ante todo al oído como una continuidad sonora?
La dificultad sería insalvable si realmente sólo tuviéramos que tra­
tar con impresiones auditivas por un lado, y con recuerdos auditivos
por el otro. N o sería igual si las impresiones auditivas organizaran
movimientos nacientes, capaces de recalcar la frase escuchada y de
marcar sus principales articulaciones. Estos movimientos automáticos
de acompañamiento interior, primero confusos y mal coordinados,
se desenvolverían cada vez mejor al repetirse; acabarían por delinear
una imagen simplificada donde la persona que escucha reconocería,
en sus grandes líneas y sus principales direcciones, los movimientos
mismos de la persona que habla. Se desplegaría así en nuestra con­
ciencia, bajo la form a de sensaciones musculares nacientes, lo que
llamaremos el esquema motor de la palabra oída. Instruir el oído en
los elementos de una lengua nueva no consistiría entonces ni en
modificar el sonido bruto ni en añadirle un recuerdo; sería coordinar
las tendencias motrices de los músculos de la voz con las impresiones
del oído, sería perfeccionar el acompañamiento motor.
Para aprender un ejercicio físico, comenzamos por imitar el movi­
miento en su conjunto, tal como nuestros ojos nos lo muestran desde
afuera, tal como hemos creído verlo ejecutarse. Nuestra percepción de
esto ha sido confusa: confuso será el movimiento con el que se intente
repetirla. Pero mientras que nuestra percepción visual era la de un
todo continuo, el movimiento a través del cual buscamos reconstituir
su imagen está compuesto de una multitud de contracciones y de
tensiones musculares; y la conciencia que tenemos de él comprende
por sí m ism a sensaciones múltiples, provenientes del juego variado
de las articulaciones. El movimiento confuso que imita la imagen es
ya pues su virtual descomposición; contiene su análisis en sí mismo,
por así decirlo. El progreso que nacerá de la repetición y del ejercicio
consistirá simplemente en liberar lo que estaba envuelto de entrada,
en dar a cada uno de los movimientos elementales esa autonomía
que asegura la precisión, conservando en cada uno la solidaridad
con los otros sin la cual se volvería inútil. Tenem os razón en decir
que el hábito se adquiere por la repetición del esfuerzo; pero ¿para
qué serviría el esfuerzo repetido si reprodujera siempre lo mismo?
La repetición tiene por verdadero efecto el de descomponer prime­
ro, recomponer después, y de este modo hablar a la inteligencia del
cuerpo. En cada nuevo intento, despliega movimientos envueltos;
llama cada vez la atención del cuerpo sobre un nuevo detalle que
había pasado inadvertido; hace que divida y clasifique; le señala lo
esencial; encuentra una a una, en el movimiento total, las líneas que
marcan su estructura interior. En este sentido, un movimiento es
aprendido desde que el cuerpo lo ha comprendido.
Es así como un acompañamiento m otor de la palabra oída rom­
perá la continuidad de esta masa sonora. Resta saber en qué consiste
este acompañamiento. ¿Se trata de la palabra misma, reproducida
internamente? Pero entonces el niño sabría repetir todas las pala­
bras que su oído distingue; y nosotros mismos sólo tendríamos que
comprender una lengua extranjera para pronunciarla con el acento
justo. Está claro que las cosas no suceden con tanta simpleza. Puedo
tomar una melodía, seguir su trazado, fijarla incluso en mi memo­
ria, y no poder cantarla. Distingo sin esfuerzo particularidades de
inflexión y de entonación de un inglés hablando alemán —lo corrijo
pues internamente—; no se sigue de esto que si yo hablara daría la
inflexión y la entonación justas a la frase alemana. Los hechos clínicos
concurren por otra parte a confirmar aquí la observación diaria. Se
puede incluso seguir y comprender la palabra mientras se ha devenido
incapaz de hablarla. La afasia motriz no implica la sordera verbal.
Sucede que el esquema en medio del cual recalcamos la pala­
bra oída marca solamente sus contornos salientes. Es a la palabra
misma lo que el croquis ai cuadro acabado. O tra cosa es en efecto
comprender un movimiento difícil, otra cosa aún poder ejecutarlo.
Para comprenderlo, basta realizar lo esencial de él, justo lo suficiente
para distinguirlo de los otros movimientos posibles. Pero para poder
ejecutarlo, es preciso además haberlo hecho comprender al cuerpo.
Ahora bien, la lógica del cuerpo no admite los sobrentendidos. Ella
exige que todas las partes constitutivas del movimiento demandado
estén exhibidas una por una, luego recompuestas conjuntamente.
Se vuelve aquí necesario un análisis completo que no desatienda
ningún detalle, y una síntesis actual en la que no se abrevie nada. El
esquema imaginativo, compuesto de algunas sensaciones musculares
nacientes, no era más que un esbozo. Las sensaciones musculares real
y completamente experimentadas le dan el color y la vida.
Resta saber cómo podría producirse un acompañamiento de este
género, y si en realidad se produce siempre. Se sabe que la pronun­
ciación efectiva de una palabra exige la intervención simultánea de
la lengua y de los labios para la articulación, de la laringe para la
fonación, finalmente de los músculos torácicos para la producción
de la corriente de aire expiratoria. A cada sílaba pronunciada co­
rresponde pues la entrada en juego de un conjunto de mecanismos
completamente montados en los centros medulares y bulbarios. Estos
mecanismos están unidos a los centros superiores de la corteza a través
de las prolongaciones cilindro-axiales de las células piramidales de la
zona psico-motriz; es a lo largo de estas vías que camina el impulso
de la voluntad. D e este modo, según que deseemos articular un
sonido u otro, transmitimos la orden de actuar a tales o cuales de
esos mecanismos motores. Pero si los mecanismos completamente
m ontados que responden a los diversos movimientos posibles de
articulación y de fonación están en relación con las causas, cualquie­
ra que ellas sean, que los accionan en el habla voluntaria, existen
hechos que dejan fuera de duda la comunicación de esos mismos
mecanismos con la percepción auditiva de las palabras. Entre las
numerosas variedades de afasia descritas por los clínicos, se conocen
de entrada dos de ellas (4a y 6a formas de Lichtheim) que parecen
implicar una relación de este tipo. Así, en un caso observado por
Lichtheim mismo, el sujeto había perdido como resultado de una
caída la memoria de la articulación de las palabras y en consecuen­
cia la facultad de hablar espontáneamente; sin embargo repetía lo
que se le decía con la mayor corrección39. Por otra parte, en casos
donde el habla espontánea está intacta, pero en que la sordera ver­
bal es absoluta, no comprendiendo el enfermo ya nada de lo que
se le dice, la facultad de repetir la palabra de otro puede aún estar
enteramente conservada40. ¿Diremos, con Bastian, que estos fenó­
menos dan testimonio simplemente de una pereza de la memoria
articulatoria o auditiva de las palabras, limitándose las impresiones
acústicas a despertar a esta memoria de su adormecimiento41? Esta
hipótesis, a la cual por otra parte daremos su lugar, no nos parece
dar cuenta de los fenómenos tan curiosos de ecolalia señalados desde

39 LICH TH EIM , On Aphasia CBrain, enero 1885, p. 447).


40 Ibid., p. 454.
41 BASTIAN, On difFerent kinds o f Aphasia (British Medical Journal, octubre y
noviembre, 1887, p. 935).
hace mucho tiempo por Romberg42, por Voisin43, por Winslow44,
y que Kussmaul ha calificado, con alguna exageración sin dudas,
cornos reflejos acústicos45. A quí el sujeto repite maquinalmente, y
quizás inconcientemente, las palabras oídas, como si las sensaciones
auditivas se convirtieran ellas mismas en movimientos articulatorios.
Partiendo de ahí, algunos han supuesto un mecanismo especial que
ligaría un centro acústico de las palabras a un centro articulatorio
del habla46. La verdad parece estar en el medio de estas dos hipótesis:
hay en esos diversos fenómenos más que acciones absolutamente
mecánicas, pero menos que un llamado a la memoria voluntaria;
ellos prueban una tendencia de las impresiones verbales auditivas a
prolongarse en movimientos de articulación, tendencia que no escapa
seguramente al control habitual de nuestra voluntad, lo que implica
quizás incluso un discernimiento rudimentario, y que se traduce, en
estado normal, por una repetición interior de los trazos salientes de
la palabra oída. Ahora bien, nuestro esquema motor no es otra cosa.
Profundizando esta hipótesis se encontraría quizás la explicación
psicológica de ciertas formas de sordera verbal que pedíamos hace
un momento. Se conocen algunos casos de sordera verbal con
supervivencia integral de los recuerdos acústicos. El enfermo ha
conservado intactos el recuerdo auditivo de las palabras y el sentido
del oído; sin embargo no reconoce ninguna de las palabras que oye
pronunciar47. Aquí se supone una lesión sub-cortical que impediría

42 ROMBERG, Lehrbuch der Nervenkrankheiten, 1853, t. II.


43 Citado por BATEMAN, On Aphasia, London, 1890, p. 79. - Cf. MARCÉ,
Mémoire sur quelques observations de physiologie pathologique (Mém. De la Soc.
De Biologie, 2 ° série, t. III, p. 102).
44 WINSLOW, On obscure diseases ofthe Brain, London, 1861, p. 505.
45 KUSSMAUL, Les troubles de la parole, Paris, 1884, p. 69 y sig.
46 ARNAUD, Contribution á l’étude clinique de la surdité verbale {Arch. De
Neuro 'logie, 1886, p. 192). —SPAMER, Ueber Asymbolie (Arch. F. Psychiatrie, t. VI,
p. 507 y 524).
47 Ver en particular: E SÉRIEUX, Sur un cas de surdité verbale puré (Revue de
médicine, 1893, p. 733 y sig.); LICH THEIM , art. cit., p. 461; yARNAUD, Contrib.
a l’etude de la surdité verbale (2o arríele), Arch. De Neurologie, 1886, p. 366.
a las impresiones acústicas ir a encontrar las imágenes verbales audi­
tivas a los centros de la corteza donde estarían depositadas. Pero la
cuestión es primero saber específicamente si el cerebro puede alma­
cenar imágenes; y luego si la constatación misma de una lesión en
las vías conductoras de la percepción no nos dispensaría de buscar la
interpretación psicológica del fenómeno. En hipótesis, los recuerdos
auditivos pueden en efecto ser llamados a la conciencia; en hipótesis
también las impresiones auditivas llegan a la conciencia: debe haber
pues en la conciencia m ism a una laguna, una interrupción, algo en
fin que se oponga a la confluencia de la percepción y el recuerdo.
Ahora bien, el hecho se aclarará si se señala que la percepción audi­
tiva bruta es verdaderamente la de una continuidad sonora, y que
las conexiones senso-motrices establecidas por el hábito, en estado
normal, deben tener por rol descomponerla: una lesión de esos
mecanismos concientes, al impedir producirse la descomposición,
detendría en seco el vuelo de los recuerdos que tienden a posarse
sobre las percepciones correspondientes. Es pues sobre el «esquema
motor» que podría asentarse la lesión. Pásese revista al caso, bastante
raro además, de sordera verbal con conservación de los recuerdos
acústicos: se notarán, creemos, ciertos detalles característicos respecto
a esto. Adler señala com o un hecho notable en la sordera verbal que
los enfermos no reaccionan más a los ruidos, aún intensos, mientras
que el oído ha conservado en sí mismo la mayor agudeza48. E n otros
términos, el sonido ya no encuentra su eco motor. U n enfermo
de Charcot, afectado de sordera verbal pasajera, relata que él oía
bien el timbre de su reloj, pero que no habría podido contar los
pulsos sonados49. N o llegaría pues, probablemente, a separarlos y
distinguirlos. O tro enfermo declarará que percibe las palabras de la
conversación, pero como un ruido confuso50. En fin el sujeto que
ha perdido la inteligencia de la palabra oída la recobra si se le repite

48ADLER, Beitrag zur Kenntniss der seltneren Formen von sensorischer Aphasie
(Neurol. Centralblatt, 1891, p. 296 y 297).
49 BERNARD, De laphasie, París, 1889, p. 143.
50 BALLET, Le langage intérieur, París, 1888, p. 85 (Ed. Félix Alean).
la palabra varias veces y sobre todo si se la pronuncia recalcándosela
sílaba por sílaba51. ¿N o es particularmente significativo este último
hecho, constatado en varios casos absolutamente puros de sordera
verbal con conservación de los recuerdos acústicos?
El error de Stricker52 ha sido el de creer en una repetición inte­
rior integral de la palabra oída. Su tesis ya estaría refutada por el
simple hecho de que no se conoce un sólo caso de afasia motriz que
haya entrañado sordera verbal. Pero todos los hechos concurren a
demostrar la existencia de una tendencia motriz a desarticular los
sonidos, a establecer su esquema. Además esta tendencia automática
no ocurre —lo decíamos más arriba—sin un cierto trabajo intelectual
rudimentario: ¿cómo podríam os sino identificar conjuntamente, y
en consecuencia atender con el mismo esquema, palabras semejan­
tes pronunciadas a alturas diferentes con timbres de voz diferentes?
Esos movimientos interiores de repetición y de reconocimiento son
como un preludio a la atención voluntaria. Señalan el límite entre la
voluntad y el automatismo. A través suyo se preparan y se deciden,
como lo dejábamos presentir, los fenómenos característicos del reco­
nocimiento intelectual. Pero, ¿qué es este reconocimiento completo
llegado a la plena conciencia de sí mismo?

2 o Abordamos la segunda parte de este estudio: de los movimien­


tos pasamos a los recuerdos. El reconocimiento atento, decíamos,
es un verdadero circuito en el que el objeto exterior nos entrega
partes cada vez más profundas de sí mismo a medida que nuestra
memoria, simétricamente ubicada, adopta una mayor tensión para
proyectar hacia él sus recuerdos. En el caso particular que nos
ocupa el objeto es un interlocutor cuyas ideas se desarrollan en su
conciencia a través de representaciones auditivas para materializarse

31 Ver los tres casos citados por ARNAUD en los Archives de Neitrologie, 1886, p.
366 y sig. (Contrib. Clinique á l ’étiide de la surdité verbale, 1 ° arricie). —Cf. El caso
de SCHM IDT, Gehors- und Sprachstorung in Folge von Apoplexie {Allg. Zeitschr.
F. Psychiatrie, 1871, t. XXVII, p. 304).
32 STRICKER, Du langage et de la musique, París, 1885.
luego en palabras pronunciadas. Será preciso pues, si estamos en lo
cierto, que el oyente se sitúe de golpe entre ideas correspondientes, y las
desarrolle a través de representaciones auditivas que recubrirán los
sonidos brutos percibidos encajándose ellas mismas en el esquema
motor. Seguir un cálculo es rehacerlo por propia cuenta. Del mismo
m odo comprender la palabra de otro consistiría en reconstituir inte­
ligentemente, es decir partiendo de las ideas, la continuidad de los
sonidos que el oído percibe. Y más generalmente prestar atención,
reconocer con inteligencia e interpretar se confundirían en una única
y m ism a operación por la cual el espíritu, habiendo fijado su nivel,
habiendo escogido él mismo en relación a las percepciones brutas
el punto simétrico de su causa más o menos próxima, dejaría correr
hacia ellas los recuerdos que van a recubrirlas.
Apresurémonos a decirlo, no es así com o habitualmente consi­
deramos las cosas. Aquí están nuestros hábitos asociacionistas, en
virtud de los cuales nos representamos sonidos que evocarían por
contigüidad recuerdos auditivos, y los recuerdos auditivos ideas.
Luego existen las lesiones cerebrales, que parecen entrañar la desa­
parición de los recuerdos: más específicamente, en el caso que nos
ocupa, se podrán invocar las lesiones características de la sordera
verbal cortical. D e este m odo la observación psicológica y los hechos
clínicos parecen concordar. H abría por ejemplo representaciones
auditivas adormecidas en la corteza bajo la form a de modificaciones
físico-químicas de las células: una conmoción venida de afuera las
despierta, y ellas evocan ideas por un proceso intra-cerebral, quizás
por movimientos transcorticales que van a buscar las representaciones
complementarias.
Reflexionemos sin embargo a las extrañas consecuencias de una
hipótesis de este tipo. La imagen auditiva de una palabra no es un
objeto de contornos definitivamente fijados, pues la misma palabra
pronunciada por voces diferentes o por la m ism a voz a diferentes
alturas da sonidos diferentes. H abrá pues tantos recuerdos auditi­
vos de una palabra como niveles de sonido y timbres de voz. ¿Se
amontonarán todas esas imágenes en el cerebro? o si el cerebro elige,
¿cuál preferirá? Supongam os sin embargo que tenga sus razones
para elegir una de ellas: ¿cómo esa m ism a palabra, pronunciada por
una nueva persona, irá a reunirse con un recuerdo del que difiere?
Notem os en efecto que este recuerdo es, en hipótesis, algo inerte
y pasivo, incapaz en consecuencia de captar una similitud interna
bajo diferencias exteriores. Se nos habla de la imagen auditiva de la
palabra com o si fuera una entidad o un género: ese género existe, sin
duda alguna, para una memoria activa que esquematiza la semejanza
de ios sonidos complejos; pero para un cerebro que no registra y no
puede registrar más que la materialidad de los sonidos percibidos,
habrá para la misma palabra miles y miles de imágenes distintas.
Pronunciada por una voz nueva constituirá una imagen nueva que
se añadirá pura y simplemente a las otras.
Pero he aquí algo no menos dificultoso. U na palabra sólo tiene
individualidad para nosotros desde el día en que nuestros maestros
nos han enseñado a abstraería. N o son palabras lo que aprendemos
primero a pronunciar, sino frases. U na palabra siempre se anastomosa
con aquella que la acompaña, y toma aspectos diferentes según el andar
y el movimiento de la frase de la que forma parte integrante: del mis­
mo modo, cada nota de un tema melódico refleja vagamente el tema
completo. Supongamos pues que haya recuerdos auditivos modelos,
representados por ciertos dispositivos intra-cerebrales, y esperando
el paso de las impresiones sonoras: estas impresiones pasarán sin ser
reconocidas. ¿Dónde está en efecto la medida común, dónde está el
punto de contacto entre la imagen seca, inerte, aislada, y la realidad
viviente de la palabra que se organiza con la frase? Comprendo muy
bien ese comienzo del reconocimiento automático que consistiría,
como lo hemos visto más arriba, en subrayar las principales articula­
ciones de esta frase, en adoptar de ese m odo su movimiento. Pero a
menos de suponer en todos los hombres voces idénticas pronunciando
en el mismo tono las mismas frases estereotipadas, no veo cómo las
palabras oídas irían a reunir sus imágenes en la corteza cerebral.
Ahora, si realmente existen recuerdos depositados en las células
de la corteza, se constatará por ejemplo en la afasia sensorial la pér­
dida irreparable de ciertas palabras determinadas, la conservación
integral de otras. D e hecho, no es así com o las cosas suceden. En
algunos casos es la totalidad de los recuerdos la que desaparece, es­
tando la facultad de audición mental pura y simplemente abolida,
en otros se asiste a un debilitamiento general de esta función; pero
es habitualmente la función la que está reducida y no el número de
los recuerdos. Parece que el enfermo no tuviera ya la fuerza para
volver a captar sus recuerdos acústicos, gira alrededor de la imagen
verbal sin llegar a posarse sobre ella. Para hacerle reconocer una
palabra basta a menudo que se lo encamine, que se le indique la
primera sílaba53, o simplemente que se lo aliente54. U na emoción
podrá producir el mismo efecto55. Sin embargo se presentan casos
en que parece que fueran grupos de representaciones determinadas
las que son borradas de la memoria. H em os pasado revista a un gran
número de esos hechos, y nos ha parecido que se los podía repartir
en dos categorías absolutamente separadas. En la primera, la pérdida
de los recuerdos es generalmente brusca; en la segunda es progresiva.
En la primera, los recuerdos recortados de la memoria son cualquier
recuerdo, escogidos arbitraria e incluso caprichosamente: pueden ser
ciertas palabras, ciertas cifras, o incluso, con frecuencia, todas las
palabras de una lengua aprendida. En la segunda, las palabras siguen
un orden metódico y gramatical para desaparecer, aquel mismo que
indica la ley de Ribot: los nombres propios se eclipsan primero, luego
los nombres comunes, por último los verbos56. H asta aquí las dife­
rencias exteriores. H e aquí ahora, nos parece, la diferencia interna.
En las amnesias del primer género, que son casi todas consecutivas

33 BERNARD, op. cit., p. 172 y 179. Cf. BABILÉE, Les troubles de la mémoire
dans L’alcoolisme, Paris, 1886 (thése de médecine), p. 44.
54 RIEGER, Beschreibung der Intelligenzstorungen in Folge einer Himverletzung,
Würzburg, 1889, p. 35.
55 W ERNICKE, Der aphasische Symptomencomplex, Breslau, 1874, p. 39. —Cf.
VALENTIN, Sur un cas d’aphasie d’origine traumatique (Rev. Medícale de l'Est,
1880, p.171).
56 RIBOT, Les maladies de la mémoire, Paris, 1881, p. 131 y sig. (Ed. Félix Alean).
a un choque violento, nos inclinaríamos a creer que los recuerdos
aparentemente abolidos están realmente presentes, y no solamente
presentes, sino actuantes. Para poner un ejemplo a menudo tomado
por W inslow57, aquel del sujeto que había olvidado la letra F, y sólo
la letra F, nos preguntamos si se puede hacer abstracción de una
letra determinada en todas partes donde se la encuentra, recortarla
en consecuencia de las palabras habladas o escritas con las que forma
cuerpo, si no se la ha reconocido implícitamente primero. En otro
caso citado por el mismo autor58, el sujeto había olvidado idiomas
que había aprendido y también poemas que había escrito. Volviendo
a componer, rehace aproximadamente los mismos versos. Se asiste
además a menudo, en caso semejante, a una restauración integral de
los recuerdos desaparecidos. Sin querer pronunciarnos demasiado
categóricamente sobre una cuestión de este tipo, no podem os evitar
encontrar una analogía entre estos fenómenos y las escisiones de la
personalidad que M . Pierre Janet ha descrito59: una de ellas se asemeja
sorprendentemente a esas «alucinaciones negativas» y «sugestiones
con punto de referencia» que inducen los hipnotistas60. Com ple­
tamente distintas son las afasias del segundo tipo, las verdaderas
afasias. Consisten, como intentamos mostrarlo hace un momento,
en una disminución progresiva de una función bien localizada, la
facultad de actualizar los recuerdos en palabras. ¿Cóm o explicar
que la amnesia siga aquí una marcha metódica, comenzando por
los nombres propios y finalizando por los verbos? Apenas se vería
el medio a través del cual esto sucedería si las imágenes verbales

57 WINSLOW, On obscure Diseases ofthe Brain, London, 1861.


58 Ibid, p. 372.
59 Pierre JANET, État mental des hystériques, París, 1894, II, p. 263 y sig. - C£,
del mismo autor, L’automatismepsychologique, París, 1889.
60 Ver el caso de Grashey, estudiado de nuevo por Sommer, y que aquel declara
inexplicable en el estado actual de las teorías de la afasia. En este ejemplo, los
movimientos ejecutados por el sujeto tienen todo el aire de ser señales dirigidas a una
memoria independiente. (SOMMER, Zitr Psychologie der Sprache Zeitschr. F. Psicol.
U. PhysioL Der Sinnesorgane, t. II, 1891, p. 143 y sig. - Cf. la comunicación de
SOM M ER al Congreso de los alienistas alemanes, Arch. de Neurologie, t.XXTV, 1892).
estuvieran realmente depositadas en las células de la corteza: ¿no
sería extraño, en efecto, que la enfermedad mermara siempre esas
células en el mismo orden61? Pero el hecho se aclarará si se admite
con nosotros que los recuerdos, para actualizarse, tienen necesidad
de un ayudante motor, y que exigen, para ser recordados, una es­
pecie de actitud mental inserta ella misma en una actitud corporal.
Entonces los verbos, cuya esencia es expresar acciones imitables, son
específicamente las palabras que un esfuerzo corporal nos permitirá
volver a captar cuando la función del lenguaje esté cerca de escapár­
senos: por el contrario los nombres propios, aquellos más alejados
de esas acciones impersonales que nuestro cuerpo puede esbozar,
son los que primero serían afectados por un debilitamiento de la
función. Notem os el hecho singular de que un afásico, devenido
regularmente incapaz de encontrar nunca el sustantivo que busca,
lo reemplazará por una perífrasis apropiada en la que entrarán otros
sustantivos62, y a veces el sustantivo rebelde mismo: no pudiendo
pensar la palabra justa, ha pensado la acción correspondiente, y esta
actitud ha determinado la dirección general de un movimiento de
donde la frase es extraída. Es así como, habiendo retenido la inicial
de un nombre olvidado, llegamos a encontrar el nombre a fuerza
de pronunciar la inicial63. D e este modo, en los hecho del segundo
tipo, es la función la que es afectada en su conjunto, y en aquellos
del primer tipo el olvido, más puro en apariencia, en realidad nunca
debe ser definitivo. En un caso como en el otro, no encontramos
recuerdos localizados en células determinadas de la sustancia cerebral
y que serían abolidos por una destrucción de dichas células.
Pero interroguemos nuestra conciencia. Preguntémosle qué pasa
cuando escuchamos la palabra de otro con la idea de comprenderla.
¿Esperamos, pasivamente, que las impresiones vayan a buscar sus

61 W UNDT, Psychologiephysiologique, 1 .1, p. 239.


62 BERNARD, De l'aphasie, Paris, 1889, p. 171 y 174.
63 Graves cita el caso de un enfermo que había olvidado todos los nombres, pero
se acordaba de su inicial, y llegaba a través de ella a reencontrarlos. (Citado por
BERNARD, De l ’aphasie, p. 179).
imágenes? ¿No sentimos más bien que nos colocamos en una cierta
disposición, variable según el interlocutor, variable según el idioma
que habla, según el tipo de ideas que expresa y sobre todo según el
movimiento general de su frase, com o si comenzáramos por regular
el tono de nuestro trabajo intelectual? El esquema motor, subrayando
sus entonaciones, siguiendo de rodeo en rodeo la curva de su pensa­
miento, muestra a nuestro pensamiento el camino. Es el recipiente
vacío determinando con su form a la form a a la que tiende la masa
fluida que en él se precipita.
Pero se dudará en comprender así el mecanismo de la interpre­
tación, a causa de la invencible tendencia que nos lleva a pensar en
toda ocasión cosas más que progresos. H em os dicho que partíamos de
la idea, y que la desarrollábamos en recuerdos-imágenes auditivos
capaces de insertarse en el esquema motor para recubrir los sonidos
oídos. Existe ahí un progreso continuo por el cual la nebulosidad de
la idea se condensa en imágenes auditivas distintas las que, aún flui­
das, van a solidificarse finalmente en su coalescencia con los sonidos
materialmente percibidos. En ningún momento se puede decir con
precisión que la idea o la imagen-recuerdo termina, que la imagen-
recuerdo o la sensación comienza. Y de hecho, ¿dónde está la línea de
demarcación entre la confusión de los sonidos percibidos en masa y la
claridad que las imágenes auditivas rememoradas le añaden, entre la
discontinuidad de esas imágenes rememoradas mismas y la continuidad
de la idea original que ellas disocian y refractan en palabras distintas?
Pero el pensamiento científico, analizando esta serie ininterrumpida
de cambios y cediendo a una irresistible necesidad de representación
simbólica, detiene y solidifica en cosas acabadas las principales fases de
esta evolución. Erige los sonidos brutos oídos en palabras separadas y
completas, luego las imágenes auditivas rememoradas en entidades in­
dependientes de la idea que despliegan: estos tres términos, percepción
bruta, imagen auditiva e idea van a formar así totalidades distintivas
cada una de las cuales se bastará a sí misma. Y mientras que para ate­
nerse a la experiencia pura hubiera sido preciso partir necesariamente
de la idea, dado que los recuerdos auditivos le deben su soldadura y
dado que los sonidos brutos a su vez no se completan más que por
los recuerdos, no se tiene inconveniente cuando se ha completado
arbitrariamente el sonido bruto y soldado arbitrariamente a su vez el
conjunto de los recuerdos en invertir el orden natural de las cosas al
afirmar que vamos de la percepción a los recuerdos y de los recuerdos a
la idea. Sin embargo será preciso restablecer, bajo una forma u otra, en
un momento u otro, la continuidad quebrada de los tres términos. Se
supondrá pues que estos tres términos, alojados en distintas porciones
del bulbo y de la corteza, mantienen comunicaciones entre sí, yendo
las percepciones a despertar a los recuerdos auditivos, y a su turno
los recuerdos a las ideas. Del mismo modo que se han solidificado en
términos independientes las fases principales del desarrollo, se mate­
rializa ahora este mismo desarrollo en líneas de comunicación o en
movimientos de impulso. Pero no impunemente se habrá invertido
así el orden verdadero, y por una consecuencia necesaria, introducido
en cada término de la serie elementos que sólo se realizan después de
él. Tam poco impunemente se habrá fijado en términos distintos e
independientes la continuidad de un progreso indiviso. Este modo
de representación bastará quizás en tanto se lo limite estrictamente a
los hechos que han servido para inventarlo: pero cada hecho nuevo
forzará a complicar la representación, a intercalar estaciones nuevas a
lo largo del movimiento, sin que jamás estas estaciones yuxtapuestas
lleguen a reconstituir el movimiento mismo.
N ada más instructivo a este respecto que la historia de los «esquemas»
de la afasia sensorial. En un primer período, marcado por los trabajos
de Charcot64, de Broadbent65, de Kussmaul66, de Lichtheim67, se tien­
de en efecto a la hipótesis de un «centro ideacional», unido por vías
transcorticales a los diversos centros del habla. Pero este centro de las

64 BERNARD, De l ’aphasie, p. 37.


155 BROADBENT, A case of peculiar affecdon of speech (Brain, 1879, p. 494).
6r> KUSSMAUL, Les troubles de la parole, París, 1884, p. 234.
67 LICHTHEIM , On Aphasia (Brain, 1885). Es preciso sin embargo remarcar que
Wernicke, el primero que había estudiado sistemáticamente la afasia sensorial, prescindía
de un centro de conceptos. (Der aphasische Symptomencomplex, Breslau, 1874).
ideas es rápidamente disuelto con el análisis. Mientras que en efecto la
fisiología cerebral hallaba cada vez mejor localizar sensaciones y movi­
mientos, nunca ideas, la diversidad de las afasias sensoriales obligaban
a los clínicos a disociar el centro intelectual en centros imaginativos de
multiplicidad creciente, centro de las representaciones visuales, centro
de las representaciones táctiles, centro de las representaciones auditivas,
etc., aún más, a escindir a veces en dos vías diferentes, la una ascendente
y la otra descendente, el camino que las haría comunicar de a dos68.
Este fue el trazo característico de los esquemas del período ulterior, el
de Wysman69, de Moeli70, de Freud71, etc. Así la teoría se complicaba
cada vez más, sin llegar no obstante a abrazar la complejidad de lo real.
M ás aún, a medida que los esquemas se volvían más complicados,
figuraban y dejaban suponer la posibilidad de lesiones que, por ser sin
dudas más diversas, debían ser además más específicas y más simples,
tendiendo la complicación del esquema precisamente a la disociación
de los centros que se habían confundido en un principio. Ahora bien,
la experiencia estaba lejos de dar la razón a la teoría, pues casi siempre
mostraba reunidas parcial y diversamente muchas de esas lesiones psi­
cológicas simples que la teoría aislaba. Destruyéndose de este modo la
complicación de las teorías de la afasia, ¿es necesario sorprenderse de
ver la patología actual, cada vez más escéptica respecto a los esquemas,
volver pura y simplemente a la descripción de los hechos72?
Pero ¿cómo podría ser de otro m odo? C on oír a ciertos teóricos
de la afasia sensorial, se creería que nunca han considerado de

68 BASTIAN, On different kinds o f Aphasia (British M edicalJournal, 1887). —Cf.


la explicación (indicada solamente como posible) de la afasia óptica por BERNHEIM:
De la cécicé psychique des choses {Revue de Médecine, 1885).
69 WYSMAN, Aphasie und verwandte Zustande (Deutsches Archiv fiir klinische
Medicin, 1890). Por otra parte, Magnan había entrado en este camino, como lo indica
el esquema de SKWORTZOFF, De la cécitédes mots (Th. De méd., 1881, pl. I).
70 MOELI, Ueber Aphasie bei Wahrnehmung der Gegenstánde durch das Gesich
(Berliner klinische Wochenschrifi, 28 de abril de 1890).
71 FREUD, Zur Auffassung der Aphasien, Leipzig, 1891.
71 SOMMER, Communication á un congrés d’aliénistes. (Arch. De Neurologie,
t.XXTV, 1892).
cerca la estructura de una frase. Ellos razonan com o si una frase se
com pusiera de nombres que van a evocar imágenes de cosas. ¿En
qué derivan esas diversas partes del discurso cuyo rol es justam ente
establecer relaciones y matices de todo tipo entre las imágenes? ¿Se
dirá que cada una de esas palabras expresa y evoca por sí m ism a una
im agen material, más confusa sin dudas, pero determinada? ¡Pién­
sese entonces en la m ultitud de relaciones diferentes que la misma
palabra puede expresar según el lugar que ocupa y los términos que
une! ¿Alegarán ustedes que aquí se trata de refinamientos de una
lengua ya dem asiado perfeccionada, y que es posible un lenguaje
con nombres concretos destinados a hacer surgir imágenes de cosas?
A cuerdo sin esfuerzo; pero cuanto más prim itiva y desprovista de
térm inos que expresan relaciones es la lengua en que me hablarán,
m ás deberán hacer lugar a la actividad de mi espíritu, puesto que lo
fuerzan a restablecer relaciones que ustedes no expresan: es decir que
abandonarán cada vez más la hipótesis según la cual cada imagen
iría a desenganchar una idea. A decir verdad, nunca hay aquí más
que una cuestión de grado: refinada o grosera, una lengua sobreen­
tiende m uchas más cosas de las que puede expresar. Esencialmente
discontinua, puesto que procede por palabras yuxtapuestas, el habla
no hace sino em pujar cada vez más lejos las principales etapas del
m ovim iento del pensam iento. Por eso m ism o, comprenderé su
palabra si parto de un pensam iento análogo al suyo para seguir sus
sinuosidades con la ayuda de imágenes verbales destinadas, cual si
fueran letreros, a m ostrarm e de vez en cuando el camino. Pero no
la com prenderé jam ás si parto de las imágenes verbales mismas,
porque entre dos imágenes verbales consecutivas hay un intervalo
que todas las representaciones concretas no llegarían a colmar. Las
imágenes jam ás serán en efecto más que cosas, y el pensamiento
es un m ovimiento.
Es pues en vano que se traten imágenes-recuerdos e ideas como
cosas completamente hechas, a las cuales luego se asigna por resi­
dencia centros problemáticos. Inútil disfrazar la hipótesis bajo un
lenguaje tom ado de la anatomía y de la fisiología cuando no es otra
cosa que la concepción asociacionista de la vida del espíritu; ella no
tiene de su parte más que la tendencia constante de la inteligencia
discursiva a recortar todo progreso en fases y a solidificar luego esas
fases en cosas; y como ha nacido apriori de una especie de prejuicio
metafísico, no posee ni la ventaja de seguir el movimiento de la
conciencia ni la de simplificar la explicación de los hechos.
Pero debemos perseguir esta ilusión hasta el punto preciso en que
desemboca en una contradicción manifiesta. Las ideas, decíamos,
los recuerdos puros llamados desde el fondo de la memoria, se de­
sarrollan en recuerdos-imágenes cada vez más capaces de insertarse
en el esquema motor. A m edida que esos recuerdos toman la forma
de una representación más completa, más concreta y más conciente,
tienden a confundirse más con la percepción que los atrae o cuyo
marco adoptan. Así pues no hay, no puede haber en el cerebro una
región donde los recuerdos se fijen y se acumulen. La pretendida
destrucción de los recuerdos a través de las lesiones cerebrales no
es más que una interrupción del progreso continuo por el cual el
recuerdo se actualiza. Y en consecuencia, si se quiere a toda fuerza
localizar los recuerdos auditivos de palabras, por ejemplo, en un
punto determinado del cerebro, seremos conducidos por razones de
igual valor a distinguir ese centro imaginativo del centro perceptivo,
o a confundir los dos centros conjuntamente. Ahora bien, esto es
precisamente lo que la experiencia verifica.
Notem os en efecto la singular contradicción a la que esta teoría es
conducida, a través del análisis psicológico por una parte, a través de los
hechos patológicos por otra. Por un lado, parece que si la percepción
una vez consumada subsiste en el cerebro en estado de recuerdo alma­
cenado, esto no puede ocurrir más que como una disposición adquirida
de los mismos elementos que la percepción ha impresionado: ¿cómo y
en qué momento preciso iría a buscar a los otros? Y es efectivamente
en esta solución natural que se detienen Bain 73 y Ribot74. Pero por

73BAIN, Lessensetl’inteUigence, p. 304.—C£ SPENCER, Principesdepsychologie, 1.1, p. 483.


74 RIBOT, Les maladies de la mémoire, Paris, 1881, p. 10.
otra parte ahí está la patología que nos advierte que la totalidad de ios
recuerdos de un cierto tipo puede escapársenos mientras que la facultad
correspondiente de percibir permanece intacta. La ceguera psíquica no
impide ver, igual que la sordera psíquica oír. M ás específicamente, en
lo que concierne a la pérdida de los recuerdos auditivos de palabras -la
única que nos ocupa- existen numerosos hechos que la muestran regu­
larmente asociada a una lesión destructiva de la primera y la segunda
circunvolución tempo-esfenoidai izquierda73, sin que se conozca un
sólo caso en que esta lesión haya provocado la sordera propiamente
dicha: incluso se la ha podido producir experimentalmente en el mono
sin determinar en él otra cosa que la sordera psíquica, es decir una
impotencia en interpretar los sonidos que continúa oyendo76. Será
preciso pues asignar a la percepción y al recuerdo elementos nerviosos
distintos. Pero esta hipótesis tendrá entonces en contra la observación
psicológica más elemental; pues vemos que un recuerdo, a medida
que se vuelve más claro y más intenso, tiende a hacerse percepción,
sin que haya un momento preciso en que una transformación radical
se opere y en que se pueda decir, en consecuencia, que se transportan
elementos imaginativos a los elementos sensoriales. Así estas dos hipó­
tesis contrarias, la primera que identifica los elementos de percepción
con los elementos de memoria, la segunda que los distingue, son de
tal naturaleza que cada una de ellas reenvía a la otra sin que podamos
atenernos a ninguna.
¿Cóm o podría ser esto de otro modo? A quí todavía se considera
percepción distinta y recuerdo-imagen en estado estático, como cosas
la primera de las cuales estaría ya completa sin la segunda, en lugar
de considerar el progreso dinámico por el cual una deviene la otra.
Por un lado, en efecto, la percepción completa no se define y no
se distingue más que por su coalescencia con una imagen-recuerdo

75Ver la enumeración de los casos más puros en ei artículo de SHAW, The sensory
side o f Aphasia (Brain, 1893, p. 501). Varios autores limitan por otra parte a la primera
circunvolución la lesión característica de la pérdida de las imágenes verbales auditivas.
Ver en particular BALLET, Lelangage intérieur, p. 153.
76LUCIANI, citado por j. SOURY, Lesfonctions du cerveau, París, 1892, p. 2 11.
que lanzamos a su encuentro. La atención ocurre a este precio, y sin
la atención no hay más que una yuxtaposición pasiva de sensaciones
acompañadas de una reacción maquinal. Pero por otro lado, como
lo mostraremos más adelante, la propia imagen-recuerdo reducida al
estado de recuerdo puro permanecería ineficaz. Virtual, ese recuerdo
no puede devenir actual más que por la percepción que lo atrae.
Impotente, tom a su vida y su fuerza de la sensación presente en que
se materializa. ¿Esto no equivale a decir que la percepción distinta es
provocada por dos corrientes de sentidos contrarios, una de las cuales,
centrípeta, viene del objeto exterior, y la otra, centrífuga, tiene por
punto de partida lo que llam amos el «recuerdo puro»? La primera
corriente, completamente sola, no daría más que una percepción
pasiva con las reacciones maquinales que la acompañan. La segunda,
dejada a sí misma, tiende a dar un recuerdo actualizado, cada vez
más actual a medida que la corriente se acentuara. Reunidas, esas dos
corrientes forman, en el punto donde se encuentran, la percepción
distinta y reconocida.
He aquí lo que dice la observación interior. Pero no tenemos
el derecho de detenernos aquí. D esde luego es grande el peligro en
aventurarse, sin suficiente luz, en el medio de las oscuras cuestiones
de localización cerebral. Pero hemos dicho que la separación de la
percepción com pleta y de la imagen-recuerdo ponía a la observación
clínica en pugna con el análisis psicológico y que de ahí resultaba
una grave antinomia para la doctrina de la localización de los re­
cuerdos. Estam os obligados a investigar en qué devienen los hechos
conocidos cuando uno deja de considerar el cerebro como depósito
de recuerdos77.

77 La teoría que esbozamos aquí se asemeja además, por un lado, a la de Wundt.


Señalamos de inmediato el punto común y la diferencia esencial. Con “Wundt
estimamos que la percepción distinta implica una acción centrífuga, y por eso somos
conducidos a suponer con él (aunque en un sentido un poco diferente) que los centros
llamados imaginativos son más bien centros de agolpamiento de las impresiones
sensoriales. Pero mientras que, según Wundt, la acción centrífuga consiste en una
«estimulación aperceptiva» cuya naturaleza no es definible más que de una manera
Supongam os un instante, para simplificar la exposición, que exci­
taciones venidas de afuera dan nacimiento, sea en la corteza cerebral
sea en los otros centros, a sensaciones elementales. N unca tenemos
aquí más que sensaciones elementales. Ahora bien, de hecho, cada
percepción envuelve un número considerable de esas sensaciones,
todas coexistentes y dispuestas en un orden determinado. ¿De dónde
viene ese orden, y qué es lo que asegura esta coexistencia? En el caso
de un objeto material presente no es dudosa la respuesta: orden y
coexistencia vienen de un órgano de los sentidos impresionado por un
objeto exterior. Este órgano está exactamente construido en vista de
permitir a una pluralidad de excitaciones simultáneas impresionarlo
de una cierta manera y en un cierto orden, distribuyéndose todas a
la vez sobre partes escogidas de su superficie. Es pues un inmenso
teclado sobre el cual el objeto exterior ejecuta de un golpe su acorde
de mil notas, provocando así, en un orden determinado y en un
único momento, una enorme multitud de sensaciones elementales
correspondientes a todos los puntos interesados del centro sensorial.
Ahora supriman el objeto exterior, o el órgano de los sentidos, o
ambos: las mismas sensaciones elementales pueden ser excitadas,
pues las mismas cuerdas están aquí prestas a resonar de la misma
manera; pero ¿dónde está el teclado que permitirá atacar miles y miles
de ellas a la vez y reunir tantas notas simples en el mismo acorde?
Conform e a nuestro sentir, la «región de las imágenes», si ella exis-

general y que parece corresponder a lo que se llama de ordinario la fijación de la


atención, nosotros pretendemos que esta acción centrífuga reviste en cada caso una
forma distinta, la del «objeto virtual» que tiende gradualmente a actualizarse. De ahí
surge una diferencia importante en la concepción del papel de los centros. Wundt es
conducido a plantean Io un órgano general de apercepción, ocupando el lóbulo frontal;
2o centros particulares que, incapaces sin dudas de almacenar imágenes, conservan
sin embargo tendencias o disposiciones para reproducirlas. Nosotros sostenemos al
contrario que no puede quedar nada de una imagen en la sustancia cerebral, y que
tampoco podría existir un centro de apercepción, sino que sencillamente hay, en esta
sustancia, órganos de percepción virtual, influidos por la intención del recuerdo, como
hay en la periferia órganos de percepción real, influidos por la acción del objeto. Ver
la Psychologiephysiologique, t. I, p. 242-252).
te, no puede ser más que un teclado de este tipo. Desde luego, no
habría nada de inconcebible en que una causa puramente psíquica
accionara directamente todas las cuerdas interesadas. Pero en el caso
de la audición mental -el único que nos ocupa- la localización de la
función parece cierta puesto que una lesión determinada del lóbulo
temporal la suprime, y por otra parte hemos expuesto las razones
que hacen que no podam os admitir ni incluso concebir residuos de
imágenes depositados en una región de la sustancia cerebral. U na
única hipótesis permanece pues plausible: es que esta región ocupa, en
relación al centro mismo de la audición, el lugar simétrico al órgano
de los sentidos que es aquí el oído: se trataría de un oído mental.
Pero entonces la contradicción señalada se disipa. Se comprende,
por una parte, que la imagen auditiva rememorada pone en juego
los mismos elementos nerviosos que la percepción primera, y que
el recuerdo se transforma así gradualmente en percepción. Y se
comprende también, por otra parte, que la facultad de rememorar
sonidos complejos, com o las palabras, pueda comprometer otras
partes de la sustancia nerviosa que la facultad de percibirlas: por eso
en la sordera psíquica la audición real sobrevive a la audición mental.
Las cuerdas están todavía aquí, y aún vibran bajo la influencia de los
sonidos exteriores; lo que falta es el teclado interior.
En otros términos en fin, los centros donde nacen las sensaciones
elementales pueden en cierto m odo ser accionados por dos lados di­
ferentes, por delante y por detrás. Por delante reciben las impresiones
de los órganos de los sentidos y en consecuencia de un objeto real; por
detrás sufren, de intermediario en intermediario, la influencia de un
objeto virtual. Los centros de imágenes, si ellos existen, no pueden
ser más que los órganos simétricos a los órganos de los sentidos en
relación a esos centros sensoriales. Ellos no son depositarios de los
recuerdos puros, es decir de los objetos virtuales, más de lo que los
órganos de los sentidos lo son de los objetos reales.
Añadamos que esto es una traducción, infinitamente abreviada,
de lo que puede suceder en realidad. Las diversas afasias sensoriales
prueban suficientemente que la evocación de una imagen auditiva
no es un acto simple. Lo más frecuente es que entre la intención,
que sería lo que llamamos el recuerdo puro, y la imagen-recuerdo
auditiva propiamente dicha, vengan a intercalarse recuerdos inter­
mediarios, que deben ante todo realizarse en imágenes-recuerdos
en centros más o menos alejados. Es entonces por grados sucesivos
que la idea llega a tomar cuerpo en esta imagen particular que es la
imagen verbal. Por eso la audición mental puede estar subordinada
a la integridad de los diversos centros y de las vías que conducen a
ellos. Pero estas complicaciones no cambian nada del fondo de las
cosas. Cualquiera que sean el número y la naturaleza de los términos
interpuestos, no vamos de la percepción a la idea, sino de la idea a
la percepción, y el proceso característico del reconocimiento no es
centrípeto, sino centrífugo.
Restaría saber, es verdad, cómo excitaciones que emanan del
interior pueden dar nacimiento a sensaciones, a través de su acción
sobre la corteza cerebral o sobre los otros centros. Y es evidente que
no hay aquí más que una manera cóm oda de expresarse. El recuerdo
puro, a m edida que se actualiza, tiende a provocar en el cuerpo todas
las sensaciones correspondientes. Pero esas sensaciones virtuales, para
devenir reales, deben tender a hacer actuar el cuerpo, a imprimirle los
movimientos y actitudes de las que ellas son el antecedente habitual.
Las conmociones de los centros llamados sensoriales, conmociones
que preceden habitualm ente a los m ovim ientos consum ados o
esbozados por el cuerpo, y que tienen incluso por rol normal el de
preparar el cuerpo al comenzarlos, son pues menos la causa real de la
sensación que la marca de su potencia y la condición de su eficacia.
El progreso por el cual la imagen virtual se realiza no es otra cosa que
la serie de etapas por las cuales esta imagen llega a obtener del cuerpo
trayectos útiles. La excitación de los centros llamados sensoriales es la
última de esas etapas; es el preludio a una reacción motriz, el inicio
de una acción en el espacio. En otros términos, la imagen virtual
evoluciona hacia la sensación virtual, y la sensación virtual hacia el
movimiento real: este movimiento, realizándose, realiza a la vez la
sensación de la que sería prolongación natural y la imagen que ha
debido formar cuerpo con la sensación. Vam os a profundizar en
estos estados virtuales y, al penetrar más adelante en el mecanismo
interior de las acciones psíquicas y psicofísicas, vamos a mostrar a
través de qué progreso continuo el pasado, al actualizarse, tiende a
reconquistar su influencia perdida.

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